Prólogo de La conspiración de Yuste

Valladolid,

18 de septiembre de 1558

 

L

a habitación apestaba; era un olor que apenas se disimulaba entre el desagradable humo que procedía de las velas de sebo y el de un lento fuego. Sobre éste, unas tenacillas ardían al rojo vivo. Sus puntas podían destrozar todo lo que se les pusiera de por medio. Si es que quedaba algo ya por destrozar en su cuerpo.

            Pero la habitación apestaba.

            Apestaba a miedo.

 

            El miedo se había instalado en el alma de Rodrigo Cifuentes, el curtidor de Valladolid, y a través de sus ojos se podía percibir esa sensación que hizo presa en él desde que llegara, días atrás, a la cárcel de la Casa de la Inquisición de la ciudad castellana. Sobre el potro, sus brazos y piernas sangraban sin remedio; a cada empuje de la rueda, las cuerdas los estiraban un poco más y sus miembros se separaban del cuerpo en medio de un áspero crujido de venas y arterias.

            A su lado, Fray Bernardo de Guzmán le miraba con desdén; sus manos, apoyadas en la rueda, esperaban nerviosas una nueva orden para girarla. El silencio, sólo roto por el fuego que crepitaba en una esquina de la habitación, sin embargo, servía de bálsamo a Rodrigo Cifuentes; en pocos instantes, aquélla se llenaría de voces y gritos que le instarían a confesar. Aún entonces, el curtidor tenía tiempo para ordenar sus pensamientos antes de la tormenta que le conduciría, un día más, al igual que el anterior, a experimentar los límites de su dolor físico. Y enorme tenían que ser éstos, pues todavía era capaz de resistir el tormento que se le aplicaba con saña. Por eso veía la muerte, pues eso era lo que le esperaba, tarde o temprano, como su salvación; el fin a una vida que, en los últimos años, él mismo se había encargado de complicarse. O quizá no. Nunca lo sabría. De todas formas, ya era tarde para hacerlo. Y mucho más para salvarse.

            No obstante, no lo era para evitar otra muerte que el curtidor, convencido, sabía que nunca se produciría. O, al menos, no viviría para verla.

            De repente, la puerta de la habitación se abrió. En ella ingresaron el Inquisidor General de Castilla, Fernando de Valdés, con su sempiterno hábito blanco y negro, y la despreciable y oronda figura del oidor de la Real Chancillería de Valladolid, Julio Sanjuán.    

            —¡Bien, Rodrigo Cifuentes! —bramó el Inquisidor General—. ¡Espero que no nos hagáis perder el tiempo como en la jornada de ayer.

            El curtidor, por un momento, trató de girarse para verle; ni siquiera fue capaz de transmitirle odio o asco, porque ni uno ni otro se encontraban ya en su cuerpo. Sólo deseaba acabar con todo aquello cuanto antes. Por eso, como el día anterior, cerró los ojos y la boca y se negó a contestar.

            —¡Maldito hijo de Satanás! —chilló fuera de sí Julio Sanjuán.

            —¡Proceded! —ordenó Fernando de Valdés a Fray Bernardo de Guzmán.

            El fraile, con precisión, comenzó a girar la rueda con lentitud; las cuerdas del potro entraron en tensión. Rodrigo Cifuentes, una vez más, sintió que los brazos y las piernas amenazaban con marcharse de su cuerpo pero no gritó, a pesar de que el dolor se propagaba inmisericorde por aquél.

            —¡Condenado hereje! ¡Pagaréis cara vuestra afrenta! —Estalló, rojo de ira, Fernando de Valdés, ante el silencio del curtidor—. ¡Nunca más volveréis a ver la luz del sol!

            Fray Bernardo de Guzmán giraba la rueda; a cada giro, las venas del curtidor reventaban por doquier y la sangre se vertía en el suelo de la sala tras deslizarse por la madera del potro. Su desdén dejó paso a una mueca de satisfacción; el silencio del curtidor era su mayor aliento para continuar con su trabajo.

            Pero Rodrigo Cifuentes no abría la boca.

            Nervioso, y preso de la ira, Julio Sanjuán se aproximó al potro y, con la cara crispada por el odio, le golpeó el rostro.

            —¿¡Dónde está mi hijo, condenado hereje?! —Chillaba muy enfadado— ¡Abrid vuestra maldita boca, desgraciado hideputa!

            —¡Confesad de una vez! —le apremiaba el Inquisidor General.

            Sin embargo, Rodrigo Cifuentes, siempre con los ojos cerrados, se negaba a hacerlo.

            Fuera de sí, el Inquisidor General apartó a Fray Bernardo de Guzmán de la rueda y, de inmediato, ante la sorpresa del fraile, comenzó a empujarla él mismo.

            —¡Pues si lo que habéis decidido es morir…! —Aulló con vehemencia— ¡Vais a hacerlo ahora mismo!

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