700 años

Aquí os dejo un artículo recientemente publicado en el suplemento ‘La Crónica de la Comarca de la Vera’, de ‘El Periódico de Extremadura’, con el que he querido hacer un pequeño homenaje a mi pueblo, Valverde de la Vera, que este año cumple su 700 aniversario.

 

                                                                     700

La mañana es algo fría, pero el agradable sol, que reverbera a lo lejos, en las nevadas cumbres de la Sierra, es recibido por los caballeros con, al principio, tenues sonrisas. Sin embargo, al poner uno de ellos pie en tierra, su semblante se abre al comprobar las maravillas que sus ojos son incapaces de alcanzar.

- Don Nuño, no es malo el regalo que os ha hecho Nuestra Majestad.

Nuño Pérez de Monroy, placentino de nacimiento y miembro de una de las familias­ más importantes de la zona, asiente con la cabeza el comentario que acaba de dedicarle uno de sus compañeros de viaje. Y no le falta razón; aunque ya aúna entre sus títulos los de Abad de Santander y Arcediano de Campos, como reconocimiento a su formación eclesiástica, el rey Sancho IV había decidido recompensar años atrás sus desvelos y ayudas con la donación de la villa de Valverde y las aldeas de Villanueva, Viandar, Talaveruela y Madrigal.

Las ramas de los robles se agitan nerviosas en cuanto las gélidas rachas de viento se precipitan desde los cerros cercanos; las aún descarnadas olivas, a cierta distancia, reposan en los bancales a la espera de su esperado florecimiento y la corriente de un perdido arroyo arrastra tierras abajo el agua procedente de los deshielos. Nuño Pérez de Monroy se deshace de sus guantes y extrae de un bolsillo la copia del mandamiento por el que Fernando IV, hijo del difunto Sancho, ha decidido otorgarle pocas semanas antes, en la primavera de 1309, las tierras concedidas por su padre. Lo desdobla y vuelve a leer las palabras que casi salen de su boca sin necesidad de leerla:

- “Mi padre, que Dios perdone, y yo vos hicimos de una aldea que vos dimos, que se dice Valverde, que era en término de Plasencia, la cual aldea vos otorgó y vos dio los derechos que ahí había y toda su jurisdicción. Yo, por vos hacer bien y merced y porque me servistes siempre muy bien y muy lealmente, dévosla y otrogóvosla…”

Ñuño Pérez de Monroy levanta la vista; el desvalido caserío de Valverde casi le mueve a la compasión, comparado con el envidiable entorno que la rodea. En su mente bullen las ideas y los proyectos. “Construiré un castillo, que a la vez me sirva de residencia y de aquellos que se ocupen de mis deudos cuando no esté aquí, como de defensa frente a quienes quieran considerarse mis enemigos. Y tal vez no venga mal levantar una iglesia para dar gracias a Nuestro Señor, y que llene a estas gentes de alegría y alivie sus penas cuando no les sean dadas”.

El que ya es Señor de Valverde da cortos pasos sin perder de vista a los caballeros que le observan desde sus monturas; su cabeza es un no parar mientras mira hacia uno y otro lado, a izquierda y derecha, otea los cercanos cerros y se recrea en las suaves lomas que se suceden antes de encajonar con sus riberas las corrientes del Tiétar.

Nuño Pérez de Monroy no lo sabe, o quizá lo anhela pero no lo intuye. Sus posesiones serán de las más importantes en La Vera. Tan importantes que la historia contará que en sus tierras sus descendientes, los Monroyes, mantendrán encarnizadas disputas con otro importante señorío, el de Almaraz. O que el Condado de Monroy dará paso al de Nieva, cuyos primeros señores descansarán en sendos sepulcros cobijados por la iglesia de Valverde, antes de que las 66 familias de judíos, que por estas tierras habitarán desde la mitad del siglo XV, las abandonen tras el Decreto de Expulsión de los Reyes Católicos, mientras los pocos que quedarán tendrán que abrazar, casi falsamente, el cristianismo.

No vivirá para ver la decadencia en que se sumirá el Señorío de Valverde desde finales del siglo XVI; ni para ver la paulatina independencia de las villas y pueblos que lo conformaban; ni las guerras al amparo de la libertad que unos y otros entablarán a lo largo de los siglos por unos intereses siempre discutibles y opacos.

No vivió para ver que esa villa que le fue concedida cumple en 2009 sus primeros 700 años. No vive en carne y hueso para verlo, pero su espíritu se siente en las calles de Valverde y las recorre como un soplo que se desvanece entre tintineos de argollas y dolientes pasos de un empalao, esperando vivir otros 700 años, que bien merecidos los tiene.

En homenaje a la Villa de Valverde y a Ángel Correas, José Bueno Rocha y Susana Mayero, que, cada uno a su manera, se aventuraron a mantener viva la historia de una villa ya eterna. 

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