Don Miguel
Hará dos viernes parte de mi alma quedó huérfana. Me había desayunado con la noticia del grave estado de salud de Miguel Delibes. A media mañana, decidía dejar este mundo del que hacía tiempo que había abdicado como escritor. Abdicado a la fuerza.
Decía Don Miguel que el día que entró en el quirófano, poco después de entregar su última novela, El Hereje, el escritor se quedó en la mesa de operaciones y de ella salió un inútil. El alma del escritor, cuando es despojada de su esencia, queda vacía, nula. Los sentimientos se agotan, la creación se esfuma y el corazón deja de palpitar y se queda a ralentí. Razón no le podía faltar a quien hizo de la prosa el mejor regalo que Castilla, la vieja Castilla, nunca pudo recibir. Castilla, siempre Castilla.
El cazador. El pescador. El hombre de la tierra. El hombre bueno. Vinieron los homenajes, las palabras, el recuerdo de lo que fue y será siempre. Él, siempre dado a la modestia y a la discreción, seguramente se hubiera sentido aturdido ante tanta muestra de respeto. Diría Azarías, el protagonista de El Disputado Voto del Señor Cayo, que tanta zalamería algo debía tener. Seguro. Valladolid se rendía ante su escritor más universal. Clamor en las calles. Paradojas de la vida. La misma ciudad que, casi cinco siglos atrás, quemó vivo a su Cipriano Salcedo en la hoguera por ser luterano convencido. “El Hereje es un homenaje a Valladolid, mi ciudad”. Palabra de Don Miguel. Dar es corresponder. ¿Quién dio más a quién?
Don Miguel se fue. Pero nos dejó mucho. Un legado tan alargado como la sombra de un ciprés cuya lectura da para más de cinco horas, ya sean en soledad o con Mario. Emprendió su camino al encuentro de esa Señora de Rojo sobre fondo gris por un camino tan anhelado como soñado, desde Valladolid hasta Sedano, bajo un cielo límpido que cruzan aquellas palomas huérfanas de la escopeta del cazador. La Señora de Rojo que tanto le dio, su sustento, ahora le tiene cerca de nuevo.
Se marchó una persona íntegra. Se quedó, nos queda para siempre el escritor profundo, amado, tímido. Castilla, la yerma Castilla, ya es más ancha. Ancha como el camino hacia la eternidad. Tanto como la obra de quien la engrandeció y la llenó de personajes vivos. Castilla mira hacia el cielo, orgullosa, y espera que Don Miguel se siga acordando de ella. Y viceversa. Porque en este mundo las cosas son siempre de dos. Castilla y Delibes; Valladolid y Delibes; la escritura y Delibes; el mundo y Delibes.
Gracias, Don Miguel.

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