Sobre empalaos

Valverde de la Vera, Cáceres. 12 de la noche.
Silencio.
Al menos, eso rezan las distintas pancartas que cuelgan de los balcones. Plazas y calles jalonadas del mudo recordatorio. Silencio. ¿Es posible hallarlo, sentirlo, palparlo, cuando cerca de 10.000 personas han llegado a lo largo del día a un pueblo de apenas 600 habitantes, para asistir a este rito-espectáculo?

- ¿Qué es un “empalado”? -pregunta, entre curioso y asustado, un niño, poco antes de que el primero de ellos salga a las empedradas calles de Valverde, en busca de catorce cruces; catorce llagas en su alma, una tras otra, que le redimirán de su promesa o manda. Es el vía crucis que tiene que recorrer para dar por cumplida su promesa.
Pues eso, y no otra cosa, es lo que impulsa al empalao.
La Manda.
Silencio.
En cualquier casa, poco antes de las doce de la noche, el anónimo penitente, únicamente vestido con unas blancas enaguas, levanta los brazos en alto y los vestidores comienzan a cincelar su cuerpo con la dura soga de esparto.
- ¡Ojo que no le muerda! -advierte uno de ellos.
El secreto del empalao. Que la cuerda no “muerda” la carne, es decir, que ésta no quede apresada entre vuelta y vuelta de soga. El límite entre cerrar la noche en paz o padecer el dolor del empalao durante días sucesivos.
- ¡Ese madero! -pide el otro.
El madero no es otra cosa que un timón de arado que reposa sobre los hombros del penitente. Luego, la soga comienza a devorar los brazos hasta ocultarlos en una maraña de esparto.
- Ya no siento este brazo… -replica el empalao.
Los vestidores asienten. Es el primero. El izquierdo. Un intenso hormigueo. La sangre parece que detiene su paso y deja de cabalgar por sus venas.
Silencio.
El penitente agacha la cabeza. Ya tiene los brazos atados al madero. El murmullo se extiende por la planta baja de la casa hasta que cesa por un instante. Suenan las vilortas, dos pares de cadenas de hierro que colgarán en cada uno de sus extremos. Serán la señal de aviso de la llegada del empalao.
- ¡El velo! ¡Que traigan el velo!
El penitente verá a partir de ese momento todo lo que le rodea a través de una blanca malla, en unos casos, negra, en los pocos. Dicen que preserva su intimidad. Todos le conocen, pero nadie sabe quién es.
- ¡Vamos!
La puerta, de doble hoja,se abre para dar paso al empalao. Por delante, catorce cruces. Catorce estaciones que ha de recorrer para expiar sus culpas o dar gracias por la manda recibida. Por cualesquiera motivos. Nadie los sabe, sólo él. En su camino, se cruzará con otros empalaos y nazarenos. Hombres y mujeres con la esperanza del Jueves Santo. Todos han esperado, tiempo al tiempo, para que llegar este momento. Tanta espera diluida en una hora, a lo sumo. Para ellos merece la pena. Otros, muchos, quizás, no lo entienden así. ¿Quién entiende los secretos del alma? 
Silencio.
El penitente arrastra sus desnudos pies por las empedradas calles de Valverde. El agua salta las regueras y los moja. Las regueras, esos surcos de agua que horadan el duro empedrado. El penitente suspira por terminar su recorrido. No sabe porqué, pero cuando la cuesta se encrespa parecen sobrarle los alientos. Pesan el madero, las cuerdas y las vilortas pero vuela el alma. El alma le hace ascender por la dura pendiente camino de las últimas cruces, en la parte alta del pueblo, donde iglesia y castillo son uno.
Silencio.
Los asistentes contemplan el espectáculo. Ha merecido la pena la espera. ¿8.000? ¿10.000 personas? Los flashes iluminan la lúgubre estampa del empalao y la imprimen en las paredes. Queda poco. El penitente emprende el camino de vuelta.
Las dos hojas de la puerta vuelven a abrirse.
- ¡Dejen paso!
La muchedumbre se dispersa para franquearle el paso. El penitente respira hondo. Suspira. Los vestidores se aprestan a quitarle el velo y las vilortas.
- ¡Cuidado con los brazos!
Es el peor momento. La soga cae muerta al suelo y los deja desnudos. Las marcas surcan cada centímetro de la piel del penitente. Son el testigo de la hazaña. De pronto, de la nada surgen infinidad de manos y se aferran a los brazos. El bote de alcohol pasa de unas a otras y, empapadas, se restriegan duramente para devolverlos a la vida.
- Ya, ya…-susura el penitente.
La sangre vuelve a fluir por sus brazos. Está contento, aunque el rostro aún muestra los rasgos de la tensión. El penitente se ve libre de las sogas. Por fin. Sólo le quedan las enaguas como recuerdo. Dentro de unos segundos se las quitará y la ducha se llevará los últimos restos de la jornada vivida.
En la calle, la muchedumbre comienza a dispersarse. De cuando en cuando, se escucha el tintineo de las vilortas. Llega un empalao.
Silencio.
Jueves Santo. 12 de la noche. Valverde de la Vera, Cáceres.

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