El castigo de corregir
¿Castigo o placer? Mi colega de letras Pedro de Paz decía ayer que corregir es duro. Y tanto que lo es. Y lo entiendo. Y lo comprendo. Darte cuenta de que lo que has hecho hasta el momento, lo que tú considerabas bueno, no merece la pena o se puede mejorar, es duro. Muy duro. Y no tanto por el trabajo tirado a la basura (uno más…), sino por la realidad a la que te enfrentas.
Para unos, es un placer. Para otros, un castigo. Placer por darle la vuelta a lo hecho, rehacer lo escrito, plasmar nuevas ideas que reinventan lo ya inventado, lo que era perfecto. ¿O acaso no lo era? Si lo era, ¿para qué se corrige? El castigo. Se corrige porque nunca se está satisfecho. La satisfacción. Dulce palabra que tus oídos desean escuchar en boca de los demás. ¿Y eso cuándo llega? ¿Tras mucho corregir? ¿Lo toco o no lo toco?
Al final de la tarde, Pedro de Paz se marchó a dar una vuelta. Se fue a que le diera el aire, a ordenar ideas, a responder a la eterna pregunta: ¿Corrijo o lo dejo como está?
Yo ya no me la hago. Para qué, si siempre acabo corrigiendo todo de nuevo…