Hasta siempre, Manuel Fernández Álvarez

Me han dicho, Don Manuel, y lo sé de muy buena tinta, que le tienen preparada una habitación en un palacio. Es una habitación confortable y menuda, desde la que podrá contemplar lo que quiera. Posee tantas ventanas como desee. Si abre una de ellas, podrá ver España entera. Sí. ¿Cómo que no se lo cree? Sí, es cierto. Esa España dura, agreste, polvorienta, alegre… Esa España que relató tantas y tantas veces la podrá ver todos los días, si lo quiere, desde cualquiera de los balcones de su habitación.

Acomódese en cuanto llegue. Pero sin prisa. Para qué tener prisa. Y descanse primero. Le hará falta. Se lo digo porque el emperador Carlos, al conocer su llegada, arde en deseos de charlar con usted. Y le advierto de que es hombre de mucha conversación. Cuando le vea se sorprenderá… ¿Gota? ¿Achaques? ¡Qué va! Está como en sus mejores tiempos. Si volviera a retratarle ese genio de Tiziano, dé por seguro que quedaría perplejo al verle. ¡No dudaría en encumbrarle de nuevo a lomos de su caballo en los campos de Mühlberg!

También le aviso. Su hijo Felipe, el Prudente, desea verle. Unas cuitas, nada más. Anda enfurruñado porque su padre ha pedido ser el primero en verse con usted. Cosas de padres e hijos. Ya sabe. Pero le diré que si el padre tiene cosas de que hablar con usted, el hijo no lo será menos. A lo mejor, con suerte, le cuenta aquel enredo de su secretario Antonio Pérez. Quizá le guiñe el ojo cuando se lo cuente. Quizá…

Los Reyes Católicos estárán ausentes de palacio por unos días. Pero no se preocupe. Ayer, en cuanto se enteraron de su llegada, dieron orden de que se le alojara como se merece y que les disculpe. La reina Isabel tiene deseos de charlar con usted. El rey Fernando es más retraído, pero también le encantará departir con usted. Su hija Juana es la que me preocupa. Si la encuentra usted en su sano juicio, pídale que le cuente qué paso con aquellos comuneros que se le rebelaron a su hijo Carlos. ¡Ah! No le mencione mucho este nombre. Creo que no andan bien las cosas entre madre e hijo…

¡Uy! Se me olvidada. Don Fernando García de Toledo, ya sabe, el Gran Duque de Alba, ha dado orden expresa de que acuda usted a las afueras de palacio en cuanto su tiempo se lo permita. Él viene poco por aquí. Es más hombre de acción, como usted sabe. Pero le recomiendo que le haga caso. Es un espectáculo verle delante de sus tercios, todo engalanado, con ese porte orgulloso, altivo… ¡Qué le voy a contar que no sepa!

En fin, Don Manuel. No tarde. Resuelva esas cuitas que tiene aún pendientes en ese valle de lágrimas que es el mundo de los hombres. Le estamos esperando.

Deja un comentario

Tienes que estar registrado para escribir un comentario.