Sobre el Monasterio de Yuste
Mi cuerpo sepulto descansa en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Mi hijo, al que llamasteis El Prudente, decidió trasladar mis restos desde el de Yuste, allá en la Vera de Plasencia. Pero mi alma sigue allí, impregnada en cada piedra, en cada árbol, en cada hoja que cae al estanque donde gustaba de pescar, cuando la gota me lo permitía. Mi alma sigue presente en aquella balconada, abierta al cerro de San Simón, donde me placía escuchar a mi lector Fray Bernardo de Salinas relatar viejos sueños borgoñones, o desde donde contemplaba los bellos atardeceres de esa tierra bendita en la que mi cuerpo fue a parar a la tierra.
Por eso, duéleme el alma. Y duéleme harto. Duéleme por las noticias confusas procedentes de ese enclave que tan adentro llevo. Dicen los unos que los monjes del Monasterio de Yuste, los descendientes de aquellos venerables y respetables jerónimos que tanto hicieron por mi alma, van a ser trasladados a otro cenobio situado en las tierras segovianas. Les expulsan, he llegado a oír, porque donde ahora se levanta el edificio jerónimo quieren hacer unas mercedes de la zona un alojamiento digno de reyes. No digno de mi alcurnia, desde luego, pues siempre fue deseo mío acabar mis días lo más cerca de Dios que pude, alejado de tentaciones, mundanidad y llevando una vida frugal y tranquila. Un alojamiento digno de reyes y príncipes, me dicen. Un suntuoso alojamiento cuya sola mención lleve a la zona los oropeles y el trasiego de la notoriedad. Tal sería el revuelo que, pocos días después, esas mercedes dicen que de alojamiento real, nada de nada. Una confusión, apostillan. Los monjes jerónimos serán trasladados al cenobio segoviano mientras se acometen obras de mejora en el de Yuste. ¿A quién creer? ¿Quién puede consolar mi afligida alma?
Sea como fuere, llora mi alma por mi última morada, por los planes e intenciones, reales o imaginarios, que quieren convertirlo en lo que no es. Llora incomprendida. Llora porque los símbolos son efímeros. El mío lo fue, como todos, y su mutabilidad es corriente. El pasado no es más que eso, pasado. Un lastre que está condenado a perecer frente a la codicia, a intereses partidistas en pro del desarrollo y de la sostenibilidad, que le llaman ahora.
Llora mi alma, sea verdad o sea mentira lo que mis oídos han oído. Morí rodeado del cariño de los monjes jerónimos, los mismos que ahora corren incierta suerte, al igual que el Monasterio que los cobija.
Morí cinco siglos antes para no ver esto. Pero mi alma, siempre viva, no lo hizo. Por eso me duele. Harto me duele.
Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico
Me gusta el texto. Me gusta mucho.
Un abrazo