Un viaje en el metro
El día es gris y áspero. Llueve. El frío, que parecía olvidado, asienta sus reales en calles y plazas, barriendo la melancolía que deja la marcha del sol para dar paso al gris tedioso que ahora lo impregna todo.
Un vagón del metro. Son las nueve de la mañana. Hora punta. Una mano cuelga de la barandilla. Una de tantas, de lo atestada que está. De pronto, otra mano se posa sobre ella. Descuido o interés, nadie lo sabe. Ni ellos siquiera. Los dos leen. Ella, ojos negros, pelo negro, lacio, recogido, levanta la vista. Por un momento deja las aventuras del matón y de la trabajadora de una importante galería de arte, inmersos como están en encontrar un documento robado, y cuya búsqueda le ha sido encomendada al citado matón, que es menos matón de lo que aparenta, y lo mira. Él, pelo alborotado, con pinta de no haber conocido un peine en mucho tiempo, sudadera con gorro, siente el calor de esa mano sobre la suya. Hace tiempo que está aburrido de leer el libro que le tiene a maltraer desde hace tiempo. Prurito personal. “Hay que terminarlo como sea”, maldice para sí un día tras otro.
Sus miradas se cruzan. Sólo serán unos segundos. Quién sabe las cosas que se pueden decir en esos escasos segundos. Sólo ellos lo saben. Las manos no se separan. Ninguno da el primer paso. Ella regresa al libro. Él la imita, pero, no saben por qué, vuelven a mirarse.
El metro se detiene y sus puertas se abren. Los viajeros que salen, los menos, dejan paso a los que entran, los más, y el vagón se llena.
Entonces, sus manos se separan. Definitivamente. Dos animadas chicas, mochilas al hombro, y que discuten a quién se tirarán el próximo fin de semana, se interponen entre ellos.
La distancia entre las manos ya es eterna. Irreparable.
Ella baja los ojos y se zambulle de nuevo en las andanzas del matón y de la galerista. Quien más pierde es él, harto de ese libro que lee con amargura desde hace algo más de un mes y que no sabe cuándo acabará. Quizá en la siguiente estación baje más gente y vuelvan a encontrarse de nuevo. Quizá no.
El metro vuelve a parar. Un asiento queda libre. Ella, indecisa al principio, se acerca y ocupa el lugar libre. Más gente. Él pierde su sitio, vencido, y casi queda empotrado contra una de las puertas opuestas a las de salida. Y así seguirá hasta llegar a su destino. Harto de leer el libro que no quiere y recordando la cálida mano que le hizo ver el día con otros ojos.