Cuento para cuentacuentos y demás cuentistas
Querido hijo:
Hoy te voy a contar un cuento nuevo, distinto. Es más, no es un cuento al uso porque me lo acabo de inventar. Leer es lo que tiene. Y si escuchas la radio y ves la tele, el cóctel es explosivo. El cuento es el siguiente: hay un señor, que manda mucho, y que va a bajar el sueldo a otros señores que trabajan para él, a los que hace unos años también trabajaron para él y a los que no. Además, se va gastar menos, por no decir nada, en muchas cosas. Y todo porque unos señores de fuera, que nos llevan diciendo desde hace unos cuantos años que tuviéramos cuidado con lo que hacíamos, se han puesto serios y nos han dicho que hasta aquí hemos llegado. Y que, o les hacemos caso, o se ponen serios. Y se han puesto serios.
Has de saber, hijo, que en este país hemos vivido durante muchos años a cuerpo de rey. Había dinero para aburrir. Sí, eso que dicen los bancos que ahora no hay. Pues lo hubo. Y mucho. Hasta sobraba. Tanto, que te comprabas un piso a 40 años y el del banco decía que, por un poquito más, te podías comprar un buen coche. Como el del vecino, que se fue con él a su pueblo y dio siete vueltas a la plaza para que lo vieran bien todos.
Pero llegó un día en el que las cosas se complicaron fuera de aquí. Aquí, no. ¿Te acuerdas que lo dijo un señor de gafitas con barba canosa? No pasaba nada. Y si pasaba, se le saludaba. Pues eso, hijo, éramos los mejores. Pero no, no lo éramos. Y lo peor es que tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que las cosas empeoraban con rapidez, con mucha rapidez. Y lo que era malo fuera, aquí se convirtió en peor. Mucho peor. Y los señores que se dicen las cosas los unos a los otros, perros iguales con distinto collar, se empezaron a decir cosas muy feas, feísimas, pero nunca pasaba nada. Bueno, sí pasó. Que los bancos, los que antes daban dinero como churros, dijeron que se acabó. Que como ellos no tenían, o decían que no tenían, que tampoco había para los demás.
Y lo que antes era blanco se convirtió en negro. Pero negro zahíno. Y lo que antes sobraba ahora faltaba. Entonces, los de fuera vieron que las cosas se complicaban, sobre todo en otros sitios, también de fuera, y a nosotros nos podía llegar a pasar lo mismo. Y nos dijeron que, o hacíamos algo para que no nos pasara eso, o nos acabaría pasando. Por eso, ese señor que manda mucho, para que los de fuera no se enfadaran con nosotros, ha hecho lo que te he contado antes. Y lo mejor de todo es que hay otros señores, unos que viven del cuento, igual que el que te estoy contando yo, y que antes no hacían nada, que ahora dicen que van a hacerlo. Dicen que es por defender a esos que les van a bajar el sueldo. Yo creo, hijo, que no; que es porque han oído que les van a quitar algo de lo que les dan para vivir del cuento. Y, claro, se enfadan. Como todos. Como esos señores que trabajan para ese señor que les va a bajar el sueldo, o esos señores que trabajaron para él y también los que no trabajaron para él.
En fin, hijo. Ahora, a dormir, que ya es tarde. Mañana, si te portas bien, papá te contará cómo su equipo de alma, nuestro Atleti, nos hizo felices por unas horas y consiguió que olvidáramos a todos los del cuento: al señor que baja sueldos; a los que son iguales, como los perros, pero con distinto collar; a los bancos y cajas; y a los señores de fuera que tanto nos quieren. Aunque eso también lo sabían hacer muy bien los romanos. Quizá ese cuento también te lo cuente otro día, para que veas que apenas hemos cambiado en 2.000 años de historia. Y lo que antes valía, ahora también. Pero a lo bestia.

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Eres un mostruo, Víctor. Muy bueno.
Abrazos.
Para que lo entienda hasta el que menos sepa, Pedro. Ni más ni menos.
Un abrazo
Muy bueno, Víctor. ¡Esperamos el próximo cuento! Un abrazo
Víctor, esta noche, se lo cuento a mis dos princesas. Te ha quedado estupendo, de verdad. Mejor que muchos editoriales de El Pais o El Mundo. Un abrazo, amigo. PP.
Como siempre genial. Besos
Muy bueno. Espero que algún día puedas contar una segunda parte en el que todos sean felices y coman perdices. ¿Pasará? Cuenta el de romanos… ya!
El de romanos, Esther, para otro día, Será muy divertido, ya lo verás…