Reflexiones
José Montilla quiere, y consigue, hablar en catalán en el senado y la tontería nos cuesta 6.500 euros del ala. Al acabar su discurso, baja del estrado y habla en castellano con los mismos que le han escuchado antes en catalán. El plurilingüismo es lo que tiene, pero es sinónimo de libertad. Para eso está el Senado.
María tiene 67 años, las piernas destrozadas por las varices y carga con un carro de compra que tendrá que subir luego a pulso hasta su casa, cuarto piso, sin ascensor. Le han dicho que el mes que viene verá congelada su pensión. 620 euros. Suspira. En el mercado oye lo de Montilla, cierra los ojos y pide cuarto de jamón de york y algo de mortadela.
Restaurante Jockey, Madrid. 14:30 de la tarde. Tres altos cargos del principal partido de la oposición se reúnen en torno al mantel para discutir la actualidad del día. El restaurante está cerca de la sede, por lo que el viaje de vuelta no será largo. Hablar, al final, hablan poco. Algún chascarrillo sobre un presidente autonómico que le está echando mucha cara al asunto, la inutilidad de otro presidente, éste, del Gobierno, y muchas zafiedades. Bastantes. El cubierto no baja de 60 euros por barba. Faltaría más. Gran escenario para hablar de altos y elevados temas.
Fernando es cartero, funcionario para más señas. El mes que viene le bajarán el sueldo. Aún no sabe cuánto, pero cobrará menos. Tiene 57 años y está cansado. De todo. Pero calla. Se sabe un privilegiado, lo lleva escuchando muchos años, pero desde hace unos meses, más. Le van a bajar el sueldo. Se crispa. Siente que es, son todos como él los elegidos para el Auto de Fe. Alguien tenía que pagar tamaño desaguisado tejido mes a mes, año tras año, por los que, ahora, le señalan con el dedo como culpable de los excesos. Coge un puñado de cartas, abre el portal y las mete, una por una, en sus correspondientes buzones. Y calla.
Sede de UGT, Madrid. Un sindicalista de nuevo cuño, alto, seco y delgado, habla por teléfono. Dice que habrá que hacer algo. Después de tres años, casi. Habrá que hacer algo. Lo de los funcionarios ha calado y hay que moverse. ‘¡Hombre, es que parece que lo de la reforma laboral va a salir por narices!’, le espeta a su interlocutor. Es de otro sindicato, otro igual que él. Pocos palos en la vida, por no decir ninguno. De los viejos sindicalistas, ni rastro. Ni de los que pasaron por la cárcel, ni de los que lucharon por los derechos de sus compañeros, ni de los que estaban en primera línea cuando iban a llover las hostias. Desaparecieron. No interesan. Sindicalismo de nuevo cuño, que se llama ahora. 200 millones de euros al año de subvenciones tienen la culpa. ‘Veremos lo que hacemos, pero algo habrá que hacer’, se despide el sindicalista de su interlocutor.
Fidel tiene 63 años. De CC.OO de toda la vida. Algunos meses en Carabanchel, antes de morir Franco, por tirar unas octavillas en la fábrica de Villaverde donde trabajaba. Trabajaba. La fábrica cerró hace un año y medio. Se quedó sin fuerzas. De gritar, de protestar y de esperar. De esperar a que sus compañeros hicieran algo. Vanas palabras. Algunas, incluso, bonitas. Ardor sindicalista, que se le llamaba antes. Luego, nada. Un año y medio en el paro. Le queda otro medio, y con 64 se verá con una mano delante y otra detrás, en puertas de la jubilación. Se siente engañado. Mira su carné de afiliado y le dan ganas de estrujarlo, de romperlo en mil pedazos. Pero no lo hace. Piensa en todos los compañeros de verdad, en los que lucharon, en todos los que se vieron en la misma situación y acabaron igual, o peor. Sus ojos se llenan de lágrimas. Tanta lucha para esto. Olvidados.
Así, así, así es este país, que cantaban los de Ska-P. Ellos sí que sabían…
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