Estampas: Cabo Vilán

 

 Al frente, la inmensidad del Atlántico, que en días despejados se funde con el cielo para crear un velo sin comienzo ni final. Es una de las estampas más sobrecogedoras de la Península, en una, ya de por sí, sobrecogedora tierra. Es la Costa da Morte, allí donde lo conocido deja de existir para dar paso a lo desconocido; la antesala de la nada, reinos en los que sólo los valientes se atreven a entrar. Una tierra que penetra en el mar, agreste, dura, y que, a su vez, consiente que el mar la horade, se ensañe con ella muchas millas adentro para crear esos brazos de agua, las rías, en las que vida surgió para quedarse.

Son muchas las estampas que ofrece la Costa da Morte, esa que, algunos, dicen que va desde Muros hasta Malpica, frente a las Islas Sisargas, y otros la extienden más allá de A Coruña, cerca de Cedeira, donde las almas que no lo han hecho en vida acuden en peregrinación, en medio de la bruma, a San Andrés de Teixidó, donde o vas vivo o vas muerto. Una de esas estampas es la de Cabo Vilán, cerca de Camariñas.

Alguno dirá que es un faro más, como tantos otros que jalonan estas tierras; puntos de luz salvadores, ángeles de la guarda de barcos y marineros que miraron, miran y mirarán estas luces para dar gracias a Dios y a la Virgen, si es que regresan a puerto, o las tendrán como referencia para no estrellarse contra estos farallones de piedra. Porque, de eso, en Cabo Vilán, o Cabo Vilano, como lo llaman los del país, saben mucho. No lejos, en el Cementerio de los Ingleses, moran las almas de los que perecieron en el naufragio del Serpent, en 1890. Desde entonces, los barcos ingleses que pasan delante de él gimen por los muertos con sus bocinas. Es la señal de duelo y de homenaje, pero también de respeto. Y por otras tantas naves, grandes o pequeñas, que conocieron el mismo sino. Es la Costa da Morte. ¿Alguien dudaba aún por qué se le llama así?

Respeto por un pedazo de la misma tan bello como asesino. No sólo es la costa; lo es tan bien lo que la rodea. Esas agujas, promontorios y rocas que emergen de las aguas como antesala de la destrucción. La muralla de piedra no lo es más que el Vilán de Fora, que, surgiendo del mar, no avisa, como traidor, de lo que hay detrás de él cuando las brumas se adueñan de todo y de todos. Incluso los piratas, que haberlos también los hubo por estos lares, los llamados raqueiros, supieron sacar provecho de lo que la naturaleza les ofrecía para sus malas artes. Para ello, encendían fuegos en las proximidades del antiguo faro, cuyos restos pueden aún contemplarse, y atraían a los barcos engañados para asaltarlos una vez fueran a estrellarse contra las rocas.

En este enclave se levanta el faro eléctrico más antiguo de España, de 1933, con una curiosa manga que conecta el edificio con el mismo faro para que, en días de temporal, el farero acceda a él sin soportar las inclemencias del tiempo, que son muchas. Quizá aún recuerde la ola de casi veinte metros de altura que en mayo de 2008 levantó las ariscas aguas del Atlántico y las precipitó contra este ingenio que los hombres levantaron para ayudar a quienes osan luchar contra ellas por arrancarles el sustento suyo y de sus familias. Allí, en los días de quietud, se pueden ver pasar los barcos, oscuras manchas de día, lánguidos puntos de noche, que surcan sus aguas, van y vienen, de todas y ninguna parte. Por eso, cuando el sol tiñe con sus últimos rayos el horizonte, pareciera como si la sangre de los marinos subiera al horizonte y lo impregnara con su recuerdo, antes de que la oscuridad lo envuelva todo con su negra y estrellada alfombra. En la Costa da Morte, en uno de sus faros, el de Cabo Vilán.

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