Estampas: San Juan de Duero

“Atad los perros, haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas”.

A primera vista, el viajero, que tiene en mente las palabras de Gustavo Adolfo Becquer, uno de los muchos genios de las letras españolas que se dejaron caer por estas tierras, no puede evitar quedarse boquiabierto. Por lo que ve arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha. Arriba, el Monte de las Ánimas, que Becquer inmortalizó en una leyenda. Aunque no se atreve, ni tampoco tiene ganas de hacerlo, dicen los del lugar que en la noche de difuntos el viento arrastra los lamentos de Álvaro, asediado en dicho monte por aquellas que atrapan sin remedio a quienes osan a adentrarse en sus dominios. Sus gritos, según los lugareños, que de leyendas saben un rato, se cuelan por entre los arcos y llegan hasta el Duero, que los arrastra en su fría corriente. No es lo único que arrastra; los gritos y lloros de Beatriz, tras descubrir la cinta ensagrentada que dejó perdida en el monte, y cuya búsqueda encargó a Álvaro, bajan desde el caserío, arriba Soria, y también son arrastrados por el río. Unos y otros nunca escucharán lo que se dijeron pues el Duero, cuyas aguas todo lo llevan, todo lo arrastran, evita que los enamorados sepan qué fue de ellos.

Arriba, el monte de las ánimas; abajo, San Juan de Duero, el motivo de la visita del viajero. A izquierda y derecha, el Duero, que aquí no canta, recita. Lo quedó escrito Gerardo Diego:

“Quien pudiera como tú,

a la vez, quieto y en marcha

cantar siempre el mismo verso,

pero con distinta agua”.

El viajero decide entrar en el monasterio. San Juan de Duero, extramuros la ciudad de Soria, aquella “fría y pura, cabeza de Estremadura”, levantado en la margen izquierda del gran río castellano, que rara vez se asoma a las ciudades, pero con Soria, y también con Zamora, decide hacer una excepción. El viajero contempla maravillado el Claustro, adosado a la fachada meridional de la iglesia y compuesto por cuatro arquerías diferentes. Entiende lo justo de arte, lo que conoce por libros y lo que le enseñaron en sus años mozos, pero se deja llevar por su belleza, que es infinita. Los arcos se entrelazan, se buscan los unos a los otros en una agonía de piedra que los une por toda la eternidad. Mudos testigos del paso de los tiempos, que todo lo apaga y diluye. Los mira una y otra vez, pasa por sus huecos, dobla sus esquinas y los recorre temiendo, y a la vez deseando, que los Caballeros de la Orden de Hospitalarios de San Juan de Jesusalén, quienes levantaron el monasterio, aparezcan en cualquier momento sobre sus caballos. Se detiene. Por un momento, le ha parecido escuchar cascos de caballos. Vuelve a la cabeza, entre miedoso y sorprendido. El momento se desvanece; no eran cascos de caballo. Una lata de refresco, pues algunos son muy desconsiderados a la hora de romper lo que el silencio domina, ha impactado contra el suelo y destroza los sueños del viajero.

A un lado queda la iglesia, sencilla, rural, muy románica. Del siglo XII, le explican. Le sorprende el interior, sobrio, y dos templetes, en los laterales del arco del triunfo, que comunica la nave con la cabecera, y que adosaron los Caballeros Hospitalarios. Una suerte de adornos, seres fantásticos y pasajes bíblicos. Los libros de quienes no sabían leer, pues sólo creían en lo que veían.

El viajero sale de nuevo al exterior. Agradece el tibio sol soriano de otoño que, aunque tibio, le reconforta tras abandonar la fría y áspera atmósfera de la iglesia. Retorna al Claustro, que venera por última vez antes de marcharse. Levanta la vista y contempla ese monte que las ánimas se apropiaron, según Becquer, para siempre, y, después, echa un postrero vistazo a los arcos. No le duelen prendas decirlo, pero, tras su tierra, que es la Extremadura, es de los rincones que más aprecia y quiere de esta piel de toro ajada, pero viva.

Conforme se aleja, la arboleda oculta la vista del monasterio. Bajo sus pies, cruzando el puente, el Duero fluye tranquilo. Oye su recitar, pues eso es lo que hacía según Gerardo Diego, y tras una pausa encamina sus pasos hacia la pequeña y tranquila Soria, donde pacerá entre Collado y Plaza Mayor, y se dejará caer por el Tubo y Herradores antes de rendir, con la atardecida, el sentido homenaje que se merece el Olmo Seco, esa ruina de árbol a la que Machado, Don Antonio, cantara agradecido:

“¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento”.

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