Sobre coleccionables

Me encanta el mes de septiembre. Lo juro. Debo ser un bicho raro. Pues sí, para qué lo vamos a negar. Y que conste en acta que siento lo mismo que cualquier españolito de a pie que, jurando en arameo, se dirige al curro el primer día de trabajo tras dos semanas sin saber lo que es madrugar, y acostándose, como muy temprano, a la misma hora que el despertador acaba de recordarle que tiene sitio reservado como galeote en su puesto de trabajo. Faltaría más.

Me encanta septiembre porque, como todos los septiembres, es el pistoletazo de salida de los coleccionables. A mi amigo Juanma, quiosquero para más señas, se le ponen los pelos como escarpias cuando llega el momento. Ni que decir tiene que le entiendo y le comprendo. El año pasado me dejé caer por su quiosco y, verdaderamente, era para que se te abrieran las carnes. Para comprar una revista, poco menos que tuve que equiparme como Edurne Pasabán en sus ascensiones a cualquier ocho mil. Piolet por aquí, pisada de crampón por allá y, tras mucho esfuerzo, conseguí pagarle los tres euros que costaba tras dejar atrás lo más granado del fondo editorial.

Y es que, desde luego, estas colecciones son apasionantes. Y picas. Vamos que si picas. Aunque sólo por curiosidad, y por por tener en tus manos la plancha izquierda de la tercera hélice del Titanic. La misma pieza que, 670 entregas después, ni se reconocerá en la maqueta completa. Pero ya has picado. Y hay más; a saber: muñecas de todos los colores, tamaños, materiales y vestimentas; sellos, monedas, billetes y fichas técnicas que aseguran que todos ellos han existido en algún momento determinado de la historia de la humanidad; o la parrilla completa del campeonato del mundo de motociclismo desde que el motociclismo es lo que es. Por poner varios ejemplos, nada más.

Sin embargo, este año hay un coleccionable que me ha llamado la atención. Y mucho. De esos que te hacen preguntarte: “¿A quién narices se le ha ocurrido esto?”. Pues haberlo, haylo. Y el spot televisivo que lo anuncia es de no te menees. La cosa arranca con un pájaro, siento no acordarme de la especie, y un tipo que, de repente, imita su canto con un reclamo. ¿De qué va la colección? ¡Bingo! Reclamos de pájaros. Tropecientos reclamos para salir al campo y llamar la atención de mirlos, golondrinas, totovías y chovas piquigualdas, entre otras especies que alegran sus campos con sus trinos, y que seguramente se ciscarán en la madre del dueño de la cabeza pensante a la que se la ocurrido lanzar esta colección. Al tiempo. Ya veo los campos de este país llenos de aprendices, advenedizos y curiosos con el reclamo de turno intentando atraer a un mochuelo común antes de que éste, con una pachorra de tres al cuarto, se mueva en su rama y mire hacia otro lado disimulando, mire usted, pasando del gachó, por no echarse un vuelecito y obsequiarle con un recuerdo de esos que te entran ganas de soltar el reclamo, agarrar una escopeta de cartuchos y liarse a tiros con el susodicho pajarillo.

Es lo que tiene.

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