Estampas extremeñas: Garganta la Olla

Es noche cerrada. Mire donde mire sólo ve silencio, tejados prietos y piedras durmientes. Porque las piedras duermen, sí. Y hablan también. Y mucho. Eso lo sabe el viajero. Tiene experiencia en lo que hablar con piedras respecta. Por eso ha llegado de noche al destino que ahora lo absorbe y lo inquieta. Garganta La Olla está llena de unas y de otras cosas. Quizás, el pueblo extremeño con más leyendas a cuestas. Lo ha leído y lo comprobará recorriendo sus empedradas calles, que algo le contarán; subiendo sus pinas cuestas y ascendiendo por la hermosa e interminable escalinata que conduce a la iglesia; bajando pasillos y estrechas veredas y puentes junto a las gargantas. Ahora no ve la torre, pero mañana la podrá observar con detenimiento. Le han dicho que es extraordinaria. Y de curiosa historia. Pero el silencio es lo que importa. Sopla el viento. Si alguien debía de romper este momento que sea él, pues también tiene cosas que contarle. Y le dice que él es el que se adueña de las calles de Garganta durante la noche. Tiene por compinche a un fiel compañero, el rumor del agua de fuentes y regueras. El viajero anda con pausa, como si no quisiera molestar a ninguno de los dos en su lento caminar. Ya tendrá tiempo de recorrer el pueblo con más garbo, pero ahora se deja guiar por esos sonidos. Y le acompañan también en su descanso, con la ventana abierta. Por ella entra el viento para jugar con las cortinas. Le da igual. Lo venía buscando, como el que espera saldar muchas deudas.

A la mañana siguiente, con el buche lleno y el ánimo sereno, el viajero se dispone a recorrer las calles. Pero ahora con los oídos bien abiertos. Las piedras, las calles, las gentes… Todos tienen que contarle cosas, siempre interesantes y curiosas. Las primeras le dirán que la villa es antiquísima. Del tiempo de los vetones, había leído previamente. Distintos restos de castros así lo atestiguan, pero también de romanos, árabes y huellas de la reconquista hasta que el linaje de la Cerda la separa de Plasencia. Luego vendrían pleitos, guerras, refriegas y hazañas tan eternas como la propia villa. Historias de la historia que al viajero ha repasado y que conoce, pero que deja de lado para saborear cada uno de sus recodos, lugares y paisajes.

Porque de paisajes Garganta la Olla va sobrada. Sierras, gargantas y montes la asedian hasta reducirla en un pequeño enclave que respira y se hace sentir, despierta y vivaz, entre aguas, agujas y bancales. ‘Ad Fauces’, como llamaban a esta villa en la antigüedad. O lo que es lo mismo, entre gargantas. La más grande es la Mayor. Para qué inventarse nombres, si con el que viene ya tiene bastante. La Piornala es otra de ellas. Una y otra repletas de frías y torrenciales aguas que bajan desde los neveros de las cercanas montañas. Azoteas y bancales llenos de castaños, olivos, frambuesos y frutos del país completan una exhuberante vista que se queda corta ante las maravillas que oculta ferozmente su casco urbano.

El viajero levanta la vista y, camine por donde camine, sobre todo por las calles más estrechas, apenas vislumbra el cielo entre tejados y voladizos. En aquéllas, la luz no es más que un pequeño haz que tenuemente expande su calor y se refleja en las encaladas paredes, como si quisiera atestiguar que existe, aunque los tejados no quieran dejarlo ver. Pero hay tantas cosas por ver y por descubrir… Ayudan a ello los carteles indicativos repartidos por todo el pueblo; indicaciones con la historia de cada monumento o casa, lo cual es siempre de agradecer. El resto, lo pone la imaginación del viajero, que es mucha. Eso le sucede delante del domicilio de los Carvajal, familia de rancio abolengo. Uno de sus miembros, concretamente la hija, Luisa, salió algo díscola para la época. Dicen unos que no quiso aceptar amores impuestos; otros, que los que tuvo nunca fueron correspondidos. La leyenda dirá que, sea por lo que fuere, la muchacha huyó de casa y se refugió en los montes cercanos. Tiempo después se tuvo noticia de una joven que atraía a todo aquel que pasaba por su cueva con su belleza y dulces cantos y, allí, se abandonaban al mayor de los placeres. Una vez satisfecha, los mataba. Incluso, el acervo popular recoge datos tan macabros como que la moza, saciada de amor, también apagaba su sed bebiendo agua directamente de las calaveras de aquellos a los que previamente había matado. Vivir para ver. El viajero admira los voladizos y la balconada de la casa. Y se imagina a la moza, a la que han cantado Lope de Vega, Vélez de Guevara y tantos otros, allí, donde ella vivía, tal cual:

“Allá en Garganta la Olla
en la Vera de Plasencia
salteóme una serrana
blanca, rubia, ojimorena”.

Visto lo visto, el viajero no sabría decir si tiene muchas o pocas ganas de encontrarse con ella. Por tanto, decide no tentar a la suerte y continúa su camino Calle Llana abajo (que, de llana, tiene más bien poco). Antes, decide visitar uno de los rincones más bonitos del pueblo, el Barrio de la Huerta, con casas sostenidas por fuertes y centenarias vigas de madera y cuya visión transporta al viajero directamente a la Edad Media. Tras contemplar tan singular y grata vista, desanda el camino y se dirige a la Plaza Mayor. Pero, antes de verla, tiene que cumplir la promesa que hizo la noche anterior. Y, para eso, no le queda más remedio que subir la gradería, esa empinada y dura rampa que conduce a la iglesia. Pero, a mitad de camino, el tormento le regala una impresionante vista de Garganta, de su calle Chorrillo y de las montañas y montes de la Sierra de Tormantos. La iglesia de San Lorenzo es curiosa, interesante. Iglesia, al fin y al cabo, pero lo que realmente llama la atención del viajero es su torre. Primero, porque se construyó después, es decir, que se añadió al conjunto previo. Y, segundo, amén de su carácter defensivo y la magnífica planta que tiene, le atrae la cruz que corona su azotea. La leyenda, otra más, rememora que fue levantada en honor de los que cayeron atraídos por aquella serrana cuya casa conoció en la Calle Llana. Mujer imponente tuvo que ser, desde luego. Tanto, que a las afueras se le ha erigido una estatua que hace justicia a lo que debió ser un bello rostro y no menos atractivo cuerpo.

Similar o, al menos, buen parecido tuvo que ser el de otras mujeres que aquí pacieron y vinieron para aliviar, divertir y entretener a la soldadesca del otro personaje capital que aduvo por estas tierras, el gran Emperador Carlos V. Cerca de la Plaza Mayor, en el comienzo de la Calle Chorrillo, se encuentra la Casa de las Muñecas. Curioso nombre para una casa de meretrices, con su fachada azul (aunque, en la actualidad, se les haya ido la mano con el color) y su estatuilla de piedra en el dintel. Dicen los del lugar que los soldados entraban en ella sobre sus caballos y que, una vez dentro, elegían a la muchacha en cuestión, todas ellas postradas en una barandilla superior. O que, incluso, desde el mismo caballo, aún en el exterior, podían admirarlas subidas en dicha barandilla. Viejos juegos para los soldados de siempre, para solaz de hombres hartos de guerra y ansiosos de placer; tropas custodias de ese hombre que, unas leguas más abajo, decidiera poner su alma en manos de Dios y abandonar el mundo de los vivos para ingresar en el santuario de la historia.

El viajero regresa, andando por la Calle Chorrillo, a su lugar de origen, que no es otro que el que le ha servido de parada y fonda por estos lares. Antes se recrea con la fuente del Chorrillo, la misma que da nombre a la calle. Y le vienen unos versos que leyó previamente a su venida a la villa de Garganta:

“Si piensas que voy por ti voy

a el Chorrillo a beber,

no voy por ti, ni voy por naide,

que voy porque tengo sed”.

Se echa un trago de agua al coleto y descansa. Cae la tarde y el viento sopla recio, anunciando un otoño que será menos duro que el invierno, aunque también se hará notar en estas tierras. No en vano, traerá consigo hojas doradas, suaves atardeceres y una mirada cálida y embelesada tras el encuentro con una villa llena de encanto y de leyendas. Se marcha de ella pero promete regresar por estas tierras. Quedan muchos caminos y pueblos por recorrer. Y no menos historias que contar.


Con el alma en la mochila

Querido José Antonio:

Ahora que has cogido tu mochila para realizar tu postrero viaje, es preciso que ajustemos cuentas con este valle de lágrimas que dejas atrás con más de una lágrima en muchos corazones y almas agradecidas. No sé si irás al cielo, al infierno o al limbo. Ni siquieras si oirás las voces que te reclamen para ir al primero, que es donde te correspondería, si es que existe. Eso de ser sordo del oído izquierdo, quizá por ser republicano, no ha de ser impedimento para escuchar a quienes te reclamen, ya sean ángeles cantores, rollizos querubines o la nada. La inmensa y eterna nada, que es aquella que acoge con gusto a los que descreen de cuentos e historias, pero que han crecido convencidos de que todo tiene sentido, hasta el sinsentido.

Dejas atrás un reguero de polvo en el camino de la historia, que diría Ortega y Gasset. Largo o corto, según quién lo mire y cómo te mire. Da igual la historia que sea; la tuya, la de este inmenso país que te metiste en la mochila, la de ese Aragón “que es polvo, niebla, viento y sol, donde hay agua una huerta. Al norte los Pirineos”. Huellas y pasos de una vivencia dura e intensa. Porque eras como todos, “suaves como la arcilla, duros del roquedal”. De haber nacido en la Edad Media hubieran dicho de ti que eras un ser polifacético. De los de verdad. Sí, también te lo decían ahora, en estos tiempos. Pero es que serlo parece un logro. Capaz de conocer y destacar en muchos y variados campos sin desentonar. Cuántos anhelan plasmar su huella en uno solo, por modesto que sea, y dejan su empeño, cuando no su vergüenza, mucha o poca, en lograrlo o se quedan en el intento. Y tú lo hiciste en la música (24 LPs), la docencia (profesor en Teruel y Zaragoza y con algún alumno díscolo a tus espaldas), la poesía y la literarura (decenas de obras y propulsor de ‘Andalán’ en 1972), la política (ese asqueroso lodazal que salpica a cualquiera que se acerca a él, y del que supiste salir con dignidad) o la televisión.

Sí, la televisión. Cuando sorprendiste a muchos, que no a los que ya te conocían y sabían de lo que eras capaz de hacer tras pasear por el Miño y el Bidasoa. Agarraste tu mochila y metiste en ella todo lo mejor de este inmenso país, haciendo caso de lo que dijo tu paisano Gracián, el jesuíta bilbilitano, aquello de que “pero en la monarquía de España, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucho para unir”. Y lo recorriste mostrándolo tal y como es, por mucho que algunos se empeñen en emponzoñar sus vidas y sus gentes. ¡Ah, la tele! Como aquel episodio que concluías cantando al pie de un acantilado y una buena señora, poco después, y al verlo, te dijo que qué bien cantabas. Y perdonaste su ignorancia, pues la ignorancia, si es ignorante por naturaleza, es tan perdonable como admirable, tras 30 años con la guitarra a cuestas, atada al hombro, como la mochila. Pero es la tele, mi querido José Antonio, la tele. Que te lanza a la fama o te hunde en la mierda, por muchos años a la espalda que tuvieras de cantar por pueblos y veredas, plazas y teatros insuflando algo de ánimo y mucho de sueños cuando a este país le hacían falta bastante de lo primero y todos los segundos. Entonces, con un Canto a la Libertad las voces y los corazones se unían y pedían un imposible por entonces, posible después y real ahora.

Te has ido, querido José Antonio. Aunque nunca te irás. Cierto es, porque ese regusto y esa retranca aragonesa permanecen. Y permanecerán. Tanta y tan guasona como para mandar a la mierda a los de siempre, a esos que mandaron, mandan y mandarán dando la espalda a represaliados, contrarios y olvidados. A ti te lo iban a decir, hijo de un represaliado de la guerra civil. Y tan a gusto que te quedaste. Eso es la política. Y la pudiste conocer. Pero Aragón estaba por encima de todo y bien valía la pena que se escuchara su voz en ese campo árido por el que reptan serpientes y se pasean alacranes mostrando su aguijón venenoso, listo para picar a lo que se interponga en su camino. Y se escuchó. Durante ocho años. Luego a casa. A descansar.

Ahora, ha venido la guadaña y te ha arrancado de ese descanso terrenal para llevarte a otro, dejándonos huérfanos. No sé si será mejor o peor que el que abandonas, eso sólo lo sabrás tú. No obstante, y como te decía antes, siempre estarás aquí. Porque, al fin y al cabo, tú, yo, todos “somos como esos viejos árboles, batidos por el viento que azota por el mar”. Árboles de poderosas y profundas raíces. Y por fuerte que sople el viento nunca se moverán, pues quedan impertérritos y enrraizados en la tierra. En la tuya.

Adiós, querido José Antonio. Hasta siempre. Y que te vaya bien.

‘El Perdío’

Esta historia me la contaron tal cual. Tan real como la vida misma. Por eso me decido a contarla y a recrearla. Por razones que me reservo, omito el lugar en el que ocurrió y quién fue su protagonista. Sólo haré referencia al apodo con el que, desde entonces, se le conoce. Quien quiera creerla, que lo haga y quien no, también. Cada cual es libre de hacerlo. Sólo sé que quien me la contó lo cree porque así lo vio. Y eso, para mí, es suficiente.

Anochecía. Las tibieblas sumían al pueblo y las escasas farolas apenas iluminaban las solitarias calles. Una brisa fresca, más de lo normal por aquella época del año, que debía ser finales de verano, descendía de la sierra, en cuyas faldas se asentaba el pequeño caserío. El día había sido benigno, apenas sin nubes en el cielo, que se cuajó de estrellas en cuanto el sol desapareció. Un grupo de niños juega en los arrabales del pueblo. La noche empieza a correr. El sonido de las campanas de la torre de la iglesia marca una hora ya demasiado tardía. Suenan voces que los reclaman. Casa por casa. Los niños remolonean. Las voces los apremian y todos, salvo unos cuantos, deciden regresar. Dos o tres, a lo sumo, aún aguantan y deciden terminar el juego.

Llevan más de una hora enzarzados en un pilla-pilla que no tiene fin. Ni sus ganas. Corren por las últimas calles del pueblo y merodean los primeros olivos, plantados sobre bancales que descienden en cascada hasta más allá donde se pierde la vista. Cuando esto ocurre, se guían por la luz, escasa, de una farola que ilumina la entrada del pueblo. A partir de ahí, como si de un negro telón se tratara, la oscuridad ya ha devorado todo. Los niños abusan de sus inagotables fuerzas en carreras que, en algunos casos, dan con sus huesos en el polvoriento suelo, si tienen suerte, o en el empedrado de las calles. Más de uno regresará aquella noche con heridas a su casa.

De nuevo, las voces, las últimas, los reclaman. Ahora se escuchan más nítidas. En la misma calle. Los gritos secos, casi furiosos, convencen a los últimos niños. Regresan con el miedo en sus caras por el castigo que les pueda caer. Algún ¡ay! lastimero resuena en la calle antes de que entren en casa. Sin embargo, un niño se queda rezagado. Le cuesta adivinar el camino de vuelta al pueblo. Ha ido demasiado lejos en su afán porque no le encontraran. Mira a todos lados y sólo ve oscuridad, estrellas en el cielo y una lúgubre sensación que se acrecienta con el paso de los minutos: está perdido. Trata de desandar el camino que lo conduzca al pueblo, pero no lo encuentra. Pisa tierra, recorre senderos y aparta con los pies zarzas y matorrales que dificultan su caminar. Gira los ojos, nervioso; sólo ve troncos retorcidos de olivos y oscuridad. Y una soledad sólo rota por el canto de un mochuelo. Los nervios se han transformado en un sollozo que, en nada, se convertirá en un llanto sin consuelo. Entonces, llora. Está perdido.

Sin saberlo, en el pueblo ya se ha formado un grupo de personas para salir en su encuentro. Sus amigos no saben dónde está. Creen, intuyen, quizá, pero no lo saben. Armados con linternas, baten los alrededores del pueblo sin éxito. Gritan su nombre, si más respuesta que un eco frío. Pero no se rinden. Redoblan los esfuerzos y se internan más allá de los olivares y tierras de labranza que rodean el pueblo. Gritan de nuevo su nombre. La noche refresca conforme avanza pero nadie siente el frío. Salvo el niño, que se rinde y se acurruca al cobijo de un árbol. Junto al tronco encuentra acomodo y se queda dormido. Encoge las piernas, entelerido, y se deja vencer por el sueño a la espera de que llegue el día y encuentre el camino para regresar al pueblo.

En sus sueños, se imagina corriendo hacia él junto a sus amigos. Levanta los ojos y parpadea. El sol le hace daño, pero lo agradece. Hace calor y es feliz. El canto del mochuelo le ha despertado. Ni rastro del sol. Miles de estrellas brillan en el cielo, pero no le transmiten calor y sí un frío que cala hasta sus huesos. Se levanta el cuello de la camisa y rodea su tronco con los brazos en busca de ese calor que tanto ansía. La partida de hombres prosigue la infructuosa búsqueda. No lo encuentran. Y hace demasiado frío ya. Incluso, y aunque no lo dice, alguno duda de que sea capaz de aguantarlo. Lo conoce. Sabe cómo es. Por eso duda.

 Amanece cuando el grupo, muy disgregado, pregona su nombre a los cuatro vientos. El niño, entonces, oye el rumor de las voces, como entre sueños. Pero no lo son. Abre los ojos. La oscuridad ha desaparecido. Y grita al escucharlas cercanas. Los hombres acuden en tropel, unos acertadamente y otros con el rumbo equivocado, pero finalmente lo encuentran. Uno de sus tíos se abalanza hacia él y lo abraza entre lloros. Y le pregunta si ha tenido miedo y frío.

El niño, entonces, los deja helados a todos. Dice que sí, que ha tenido miedo. Mucho miedo. Y frío. Mucho frío. Hasta que apareció una señora. Una señora joven, de bello rostro y blanco vestido, que le tendió una manta con la que lo tapó y que se quedó a su lado mientras se dormía, susurrándole que no le pasaría nada y que, a la mañana siguiente, le encontrarian. Los hombres se miran desconcertados. No hay rastro de la mujer ni de la manta. Pero el niño no tiene frío. Su cara irradia felicidad y una calma que desconcierta a todos. Pero, al fin y al cabo, lo han encontrado y regresan con él a pueblo. Regresan con ‘El Perdío’.