Hola de nuevo, hijo. Hace tiempo que no me decidía a contarte uno de estos cuentos que tan poco te gustan. Sí, ya sé que prefieres los tuyos, los de toda la vida; esos que te cuenta mamá cuando estás enfermo o los que narra papá antes de dormir, y que tanto te gustan. Pero papá también quiere que vayas conociendo el mundo que te espera. Por fortuna, y al menos lucharé para que así sea durante muchos años, no te enterarás de algunas de esas cosas que tanto nos preocupan a los mayores, pero sí es bueno que te suenen, que las tengas ahí, en tu cabecita. Y que sepas que vivimos en un inmenso país, tan grande que en él cabe todo lo bueno y todo lo malo, donde viven las gentes más maravillosas y las más desagradables y evitables. No te preocupes, con los años lo entenderás y las conocerás.
Hay en este país una mujer que es muy famosa y sale todos los días en la tele. ¿Que qué ha hecho para ser tan, tan, tan famosa? Liarse con un torero, tener una hija con él y, a partir de ese momento, ser lista y crearse una imagen y una carrera que le dan para ganarse la vida muy bien. Mejor que papá y otros muchos como él. La mujer, inteligente, lo que se dice inteligente, no es. Papá contó hace tiempo alguna de las cosas que esta mujer dice en la tele. Y le pareció tan aberrante lo que dijo que no se asustó, pues la conoce y sabe como es. Y mucha gente que ve la tele disfruta con esos espectáculos, y hasta disfruta con ellos.
Ella es feliz, vive bien gracias a ello, la gente se olvida de sus problemas por un momento y la televisión que la contrata gana dinero, que es su principal objetivo. Pero ahora, como la cosa de los que mandan está muy revuelta, unas personas han decidido hacer una encuesta, que no es más que recabar la opinión de mucha gente sobre un tema. Y esa encuesta tiene como protagonista a esa mujer, la que se lió con el torero, tuvo una hija con él y ahora vive tan bien gracias a ello. Y resulta que, si ella llegara a presentarse a unas elecciones, la gente la votaría tanto que hasta sería capaz de poner en aprietos a los que mandan tanto.
Esto, hijo mío, da para reflexionar. Y mucho. Primero, el poder que tiene la televisión, que es capaz de convertir a una mujer con poca o ninguna preparación y con menos trayectoria profesional, en toda una estrella, protagonista de programas, tertulias y cuantas cosas se les ocurran. Y, segundo, que la gente pasa bastante, o está muy harta de los que mandan. Harta de que mangoneen lo que quieran o puedan, y más; de que se rían de todo el mundo, o de casi todo el mundo; de sus inmensos privilegios a costa de los que no pueden, ni en sueños, tener la mínima parte de lo que ellos tienen o tendrán en sus vidas; y de que sólo se acuerden de nosotros cada cuatro años, que es cuando te quieren, se afanan y luchar por acercarse a ti para arrancarte eso que buscan con todo ahínco, ese voto, tu confianza, para que puedan seguir chupando del bote durante cuatro años más.
Por eso tanta gente estaría dispuesta a dar su voto a la mujer que es famosa después de liarse con un torero, tener una hija con él y vivir del cuento el resto de su vida. Ella, en un arranque de lucidez, ha confesado que no haría competencia a los que mandan. Y es que, aunque no lo parezca, es muy inteligente; vive bien, no quiere complicaciones y es feliz. Es justo. Pero, y no se lo cuentes a mama, a papá le haría también muy feliz que esta mujer reconsiderara su postura y decidiera presentarse a unas elecciones. Por lo menos, el voto de papá lo tendría. Ya sabes que papa, o no vota, o lo hace al primero que pilla. Y, en este caso, la opción le atrae. Porque se la imagina en el congreso, ese sitio donde se reúnen los que mandan cuando quieren, pues el resto del tiempo está vacío, a pesar de lo que cobran, haciendo callar a todo el mundo; porque la ve repartiendo estopa a diestro y siniestro, diciendo su verdad, que no es ni mejor ni peor que la de los demás, si no su verdad, haciendo enrojecer de vergüenza a todos los que ni la sienten ni la padecen al referirse a los que gobiernan o mandan. Seguramente acabaría como todos ellos, pues parecen una peste, que contagia todo lo que toca, y salvo los que son muy listos y deciden darles un portazo, el resto caen rendidos a sus encantos. Pero qué más da. Con tres o cuatro de esos buenos momentos papá sería feliz, muy feliz.
En fin, hijo, que ya es hora de dormir. Arrópate bien, que viene el frío y como te resfríes no podrás ir al colegio. ¿Cómo que no quieres ir al colegio? Vamos, anda, duérmete. El sueño llega, viene poco a poco. Cerrarás los ojos y cuando te quieras dar cuenta estarás tan dormido nada de lo que existe alrededor te preocupará. Entonces estarás en el mejor de los mundos posibles, el de los sueños. El que nos mantiene vivos y nos libera, aunque sea por un instante mínimo, de este mundo que nos ha tocado vivir.