Lecturas: El hombre que mató a Durruti

El pasado viernes mi colega y amigo Pedro de Paz nos regaló una impagable velada en la que presentó en Madrid  su última creación: ‘El hombre que mató a Durruti’. Impagable por varios aspectos: una preciosa librería que no tenía el gusto de conocer (Estudio en Escarlata); un presentador que embaucaba con su voz y sus conocimientos sobre el tema (Jorge Díaz); unos familiares directos de uno de los protagonistas de la novela (José Manzana), con múltiples sorpresas y anécdotas acerca de cómo es la vida de un exiliado; y un tipo que escribe como los ángeles. Y que, además, en las cortas distancias gana. Y mucho. Ese tipo es Pedro de Paz. Y la novela en cuestión, la ya mencionada ‘El hombre que mató a Durruti’.

Curiosamente, su última novela es la primera. Se trata de la reedición de la obra con la que obtuvo el Premio Internacional ‘José Saramago’ 2003, y que tantos elogios recibió por parte de la crítica y de los afortunados, pocos, lectores que pudieron leerla, dada la testimonial edición lanzada ex profeso. Por ello, ha sido ahora la editorial Aladena la encargada de reeditar esta novela que tiene muchas e interesantes sorpresas por descubrir. Y eso hay que agradecérselo. El tipo, como digo, escribe como pocos; te atrapa con la manera de contar las cosas, tan particular, tan propia; y, además, es un tío íntegro, de los que suelta a la cara lo que piensa en cada momento. Rara avis, sin duda, pero de agradecer y reconocer.

‘El hombre que mató a Durruti’ narra las pesquisas de Fernández Duran, un antiguo miembro del cuerpo de vigilancia de la policía gubernativa y comandante del ejército republicano en 1937, momento en el que tiene lugar la historia, y de su compañero en este trance, el teniente Alcázar. Su misión no es otra que averiguar quién mató al mítico líder anarquista Buenaventura Durruti, fallecido en extrañas circunstancias unos meses antes, en noviembre de 1936, en el frente de la  Ciudad Universitaria de Madrid. Los acontecimientos, avatares de la investigación e interrogatorios a los personajes que, de una forma u otra tuvieron protagonismo en el incidente, propiciarán una conclusión tan inesperada como inquietante.

La novela, que se lee de una sentada (algo más de 80 páginas), ofrece interesantes valores que la convierten en una acertada lectura tanto para los amantes de la novela negra y policiaca, como para los adictos a la novela histórica. Unos y otros no se sentirán defraudados. Para los primeros, Pedro de Paz ofrece una novela en la que, según sus propias palabras, rinde un homenaje a Sir Arthur Conan Doyle. Y a fe que lo logra. Los dos personajes que, a modo de Holmes y Watson, van desentrañando la verdad del caso al que se enfrentan, despejando el polvo de la paja y quedándose con los ingredientes que propiciarán una solución tan inimaginable como certera; una trama rápida, cohesionada y poco dada a efectismo y juegos de artificio; y unos diálogos precisos, bien diseñados y tejidos de tal forma que, sin darte cuenta, te conducen a esa conclusión que, aún hoy en día, y siendo la más plausible de todas para explicar porqué y de qué manera murió Buenaventura Durruti, es motivo de peleas y de enfrentamientos dialécticos entre estudiosos del tema e historiadores. Mientras, para los lectores de la novela histórica se trata de una obra que analiza y cuenta al detalle un hecho tan puntual como importante dentro de uno de los episodios fundamentales de nuestra historia, como es la Guerra Civil. Y lo hace de manera sencilla, que no vacua, ágil y rápida que se hace corta. Tan corta que uno se queda con la sensación de querer y necesitar más. Unos y otros llegarán a un final tan sorprendente como sorpresivo, original y espectacular a la vez. Un consejo: no perder de vista en ningún momento los certeros interrogatorios que realiza el comandante Fernández Durán ni los comentarios de algunos de los interrogados. La respuesta la hallarán al final de la novela.

Para los que se hayan quedado con ganas de más, la obra incluye un ensayo con datos biográficos y aspectos reveladores de la investigación realizada por Pedro de Paz, tanto en el momento de su escritura como tiempo después, por curiosidad o afán de conocer más acerca del personaje, y que enriquecen esta reedición de ‘El hombre que mató a Durruti’.

‘El hombre que mató a Durruti’.

Pedro de Paz.

Editorial Aladena

Precio: 14 euros.


Estampas: mirador de San Nicolás

El viajero tiene metida en la cabeza una imagen. Y quiere verla con sus propios ojos. Por eso lleva unos cuantos minutos por el granadino barrio del Albaicín ascendiendo empinadas cuestas que le llevan por enrevesadas calles y recoletas plazas de no menos evocadores nombres: Paseo de los Tristes, la calle Calderería Nueva… Sube tarareando una canción, la misma que le permitió conocer este lugar hace muchos años. De inglés anda lo justo, pero se la sabe de memoria. Habla de unas chicas en Viena, de candiles húngaros y de disfraces de río con los que bailar un vals en Viena. Habla de un pequeño vals vienés que compuso Lorca, quién si no, y al que Cohen, don Leonard, pues para el viajero es Don Leonard, puso música. Don Leonard quiso grabar el video de dicha canción, a la que tituló ‘Take this waltz’, en Granada, recorriendo todos los lugares que huelen a Lorca. Y es esa imagen de Don Leonard cantando desde el mirador de San Nicolás, en Granada, es lo que le impulsa a conocerlo.

Porque la vista le impresiona, casi le sobrecoge; porque contemplar la Alhambra al atardecer y al anochecer es algo que toda persona debería hacer, al menos, una vez en la vida; porque pocos pueden evitar acordarse de lo más sagrado, una y otra vez, mientras ve cómo el sol tiñe las nieves con una luz especial antes de acostarse en el enrojecido horizonte. Al atardecer para comprender mejor su nombre, el castillo rojo. Claro que dicho así, decepciona. Mejor contemplarla recordando porqué los árabes la llamaron ‘qa’lat al-Hamra’. Y al anochecer… ¡Bendito sea Dios al anochecer!

“Hay un ático en el que los niños están jugando”, canta Don Leonard. Quizá Lorca lo llamara así. Un ático erigido sobre seda verde, en lo alto de la colina de al-Sabika, con sus luces de guirnalda, torres, tejados y ventanas. Eso debió pensar Mohamed ben Al-Hamar, quien dio esplendor a esta maravilla que el viajero, y todos los que le acompañan en este momento contemplan sin pestañear. Dónde podía residir el primer monarca nazarí si no en un lugar como éste. Con calma recuerda todas las ampliaciones acometidas por sus sucesores, que para eso ha tenido la osadía de informarse antes de ver lo que quiere ver: la reforma de la alcazaba y de los palacios, la ampliación del recinto amurallado, la Puerta de la Justicia… Hasta el Patio de Los leones. Obras de Yusuf I y Muhamad V. Aunque no todo esté a la vista. Pero lo sabe, que ya es bastante. Por eso entiende las lágrimas de Muhamad XI entregando las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos. Al que vinieron en llamar Boabdil ‘el Chico’, le tuvo que sentar como una patada en la entrepierna perder esta maravilla. Aunque el viajero cree, como casi todos, que lo que le rompió el alma fue dejar de contemplarla para siempre jamás. El viajero hubiera hecho lo mismo. O alguna otra locura. Quién no estaría dispuesto a hacerla con tal de no perderlas.

Anochece ya cuando el viajero contempla la Alhambra iluminada. Al fondo, Sierra Nevada teñida de blanco. Como si la misma nieve descendiera ladera abajo y hubiera impregnado cada una de las ventanas de esa monumental fortaleza. Mira hacia atrás y se encuentra solo. El silencio le invita a marcharse con pesar, siempre con pesar, pero con una imagen que, ciertamente, vale más que mil palabras. Y recuerda que Don Leonard, y Lorca, tenían toda la razón del mundo; él, el viajero, también estaría dispuesto a enterrar su alma en un álbum de fotos junto a las fotografías, todas las que ha recogido de la Alhambra, y al musgo; estaría dispuesto a caer rendido ante su belleza; y aunque no tenga ni cruces ni violines, se dejaría llevar en su baile por los estanques de sus muñecas. Todo con tal de caer rendido a sus pies.

Todo, como repite Don Leonard, con tal de bailar un vals con ella.

Llega el circo, llega el circo…

Más bien empezó anoche. En Cataluña. Con pegada de carteles incluida. Como Dios manda. El circo electoral. Y nada menos que hasta el 2012. Todo seguido y sin anestesia, que duele más. Locales y autonómicas, generales, elecciones a presidente de comunidad… Una juerga, vamos. Quince días, que es lo que suelen durar estos saraos, durante los cuales los que los que mandan, los que son unos mandaos o dicen mandar bajan a la tierra y reparten folletos, besos, caricias y lo que se les ponga por delante con tal de cazar un voto. Y es que, cual Ricardo Corazón de León, se da lo que haga falta por un voto. Faltaría más.

Pasa que la gente está cada vez más harta y, por consiguiente, con ganas de cuerpo jotero. Y en Cataluña, más. Y los hay que lo hacen sin tapujos, con un par. El caso del CORI, un partido con base en Reus cuyas siglas juegan con la patrona de dicha localidad, la Virgen de la Misericordia o Cori; cuyo cabeza de lista se casó a lo Elvis Presley con una alemana; y que cuenta con otros cabezas de cartel del calibre de Carmen de Mairena como número 2 por Barcelona, o el Pirata el del Gorro como número 3 en la misma localidad.

Pero, agárrense, que las curvas empiezan a ponerse peligrosas. El programa electoral no tiene desperdicio. A saber: plantar marihuana en todas las zonas verdes, instalar coffee-shops, legalizar la prostitución, crear follódromos públicos o que los políticos pasen por un polígrafo para detectar sus mentiras. Item más: vehículos oficiales de color rosa y con asientos de leopardo, aparcamientos y autopistas gratis, más cabarés y salas de fiesta, más comedores sociales para los indigentes, más porno en catalán o limitar los mandados a dos como máximo. Sí señor, más anchos que la muralla china.

¿Frikismo? ¿Publicidad gratuita? Ariel Santamaría, líder y fundador del partido, ha afirmado que el coste de la campaña electoral se elevará hasta la escandalosa cifra de 1.000 euros, recogidos de la venta de lotería y las cuotas de sus 5o afiliados, procedentes en un 80% de Reus, y que pagan un euro al mes. Más payasos, que son pocos, dirá alguno. En efecto, pero estos, por lo menos, salen baratos. El CORI se presentó por primera vez a las elecciones locales de 2003 “para reírnos”, según Santamaría, con una inversión de 300 euros. Resultado: 1.348 votos (Reus cuenta con cerca de 90.000 habitantes). Cuatro años después, tras un periodo de ajuste y reactivación, obtuvo 1.831 votos y un concejal, el propio Santamaría, martillo y azote del alcalde de la localidad, Lluís Miquel Pérez.

Santamaría declara que su partido recoge el voto de la abstención y de los rebotados, “que hace más daño que no votar o hacerlo en blanco”. Y tiene más razón que un santo. Al menos, humor e ironía en un mundo deshumanizado, mentiroso hasta más no poder y desfasado; cada vez menos apegado a la realidad y que genera mayor repulsa y hartazgo. Una propuesta divertida que no pasará de eso. Por fortuna o por desgracia. Claro que mejor esto que cualquier salvapatrias con sueños visionarios capaz de convencer a cualquiera sin dos dedos de frente con tal de llegar al poder. Y de eso, la historia está llena de ejemplos. A cada cual más terrible.

Por cierto, para el que esté interesado, el CORI iniciará su campaña hoy en el Circol de Reus con un acto en el que también participará, amén de su líder y fundador, la ya mítica Carmen de Mairena.

Como para perdérselo.

Por el placer de ver TEATRO

 

Por eso mismo. Porque no es un género que uno frecuente. Por descubrir si todo lo que te cuentan de una obra, en este caso, ‘Por el Placer de volver a verla’, es cierto o no. Por adivinar si realmente él, Miguel Ángel Solá, es tan bueno como aparenta ser y ella, Blanca Oteyza, se come las tablas. Por entender que una y otra realidad son ciertas.

Por quedarte boquiabierto ante un monstruo de la escena como Solá, capaz de hacerte pasar de la carcajada y de la mueca feliz, abierta y sincera, al sobrecogimiento y al llanto. Por contenerte y no saltar al escenario para preguntarle al tipo cómo carajo es capaz de hacer esas cosas con una facilidad tan aparente que te deslumbra, aunque tras ella haya mucho, pero que mucho trabajo. Por contemplar lo feliz que es sobre el escenario, dirigiendo, sincronizando, conduciendo el ritmo de la obra con la mano de quien sabe que está ante amigos y que a ellos nunca podrá engañarles, porque a los amigos se les emociona, se les hace reír o llorar. Pero nunca se les engaña.

Por deleitarte con Blanca Oteyza, su alter ego. Tan inmensa, sin techo ni límites. Por reconocer que ha llegado a un momento en el que es capaz de replicar a Solá, que es mucho replicar. Por caer rendido ante su gracia, desparpajo, expresiones y cambios de reacción. Por no levantarte del asiento y espetarle, a voz en grito: “¡Dios, pero ¿tú sabes lo que estás haciendo?”! Por quedarte esperando su próxima salida, siempre mejor que la anterior, pero no que la siguiente.

Por no entender cómo es posible que Solá y Oteyza tengan un reducto tan limpio, pero a la vez tan pequeño, mientras la mediocridad se extiende a su alrededor. Por reclamar esos espacios para volver a encontrarte con la esencia de las cosas, tan sencillas y difíciles de hacer. Por emocionarte sabiendo que para hacerte pasar un buen rato tan sólo es necesario dos personas con ganas de eso, sin más alardes que ellos mismos.

Y que todo te lo agradezcan con un sincero, casi humilde, “gracias”.

Por darles las gracias. Por todo.  

Y por el placer de volver a verles. Cuanto antes si es posible, por favor.

Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza representan “Por el placer de volver a verla” en el Teatro Amaya de Madrid.

Otra muerte de un hombre de verdad

Si hay algo o alguien, allá donde sea, que se haya propuesto retirar de este valle de lágrimas a hombres de verdad, lo está consiguiendo. A la perfección. En pocas semanas, a lo sumo meses, han desaparecido José Antonio Labordeta y Manuel Alexandre. Ahora, Marcelino Camacho. Su muerte me cogió por sorpresa allende los mares, en la tierra hermana argentina. Fue un flash rápido en medio de una vorágina veloz, sin pausa. Pero un flash de los que deja huella. Como el personaje.

Se podrá estar o no de acuerdo con sus ideales y postulados; con sus pensamientos y sus sueños; con la manera de ser y sentir la defensa de los derechos de los demás en un momento en el que sus defensores sólo se defienden a sí mismo, que ya es bastante. Pero nadie puede negar su integridad, identidad y pasión, tanto en los años de presidio, tiñendo con su clara voz las bóvedas de la Cárcel de Carabanchel, como en los momentos en los que el trabajador, los trabajadores, eran su denuedo e impulso. Su fuerza de ser y existencia. Su desvelo.

Años pasados y figuras pasadas, añoradas en unos casos y denostadas por otros. Pero íntegras. Fiel a su compañera de toda la vida, a sus amigos, a sus jerseys de cuello alto. A su vida. Si una vez confesó que había luchado, ahora se ha ganado el descanso merecido tras tanto batallar. Es de ley. Y merecido.

Marcelino, los que hoy quieren parecerse a ti no saben se duelen de no haber hablado contigo lo suficiente, pues no tienen ni idea de cómo hacerlo. Y mucho menos de cómo conseguirlo. Bastante tienen con lo que son. Que no es poco.