Réquiem por CNN+

Anoche se consumó el cierre de CNN+, el canal de noticias que el Grupo Prisa se sacó de la manga hace doce años (los hubiera cumplido el próximo mes de enero) con la bendición de Ted Turner, dueño de la referencia periodística, para bien o para mal, mundial. Anoche echó el cierre su intento español por parecérsele. Criterios empresariales, que se dice ahora. Mala gestión, apuntan otros. Total, que entre todos la mataron y ella solita se murió. Amén.

Con CNN+ se marcha un referente informativo de este país, una plataforma de información, opinión, debate e intercambio de ideas. Un órgano de expresión, una estructura compacta, dinámica y siempre atenta a la noticia allá donde ésta se produjese. Porque, como decía su eslogan, “está pasando, lo estás viendo”. Y sí, anoche servidor vio cómo su careta se desvanecía fundida en la oscuridad hasta que, repentinamente, como una pesadilla, aparecía otra que no pienso mencionar ni publicitar porque la mierda (la basura, pobrecita mía, todavía tiene algo de consideración con respecto a la mierda, pues se puede reciclar. Ésta hasta que se demuestre lo contrario, no) no merece misericordia alguna, como dice un amigo mío.

Los criterios empresariales, los mismos que han marchitado CNN+, son los que imponen sus designios. Son los tiempos que corren. Vende más la mierda que la noticia o el intercambio de ideas. Lo importante es tener aborregada a la sociedad. Así no se piensa, ni se reflexiona ni se discute.

Anoche dijo adiós CNN+ y, como es habitual en ella, la mierda invadió toda la pantalla. Bienvenida sea. Para el que le guste.


Por el placer de escribir

Seguramente no me hubiera planteado estas líneas en este momento. O quizás nunca lo hubiera hecho. O quizás sí. Quizás. Una extraña palabra que envuelve con un halo de misterio todo lo que acontece o nos implica, como algo que está por llegar pero no llega; está por hacer pero no se cumple; está por pasar y no pasa. O pasará. O no. Viene esto a cuento por la polémica surgida con respecto a la Ley Sinde y todo lo que con ella tiene que ver. Que es mucho. No voy a entrar ahora en su conveniencia o no, en su aceptación o negación. Simplemente quiero contar porqué escribo.

Yo empecé a escribir tarde. Muy tarde. Prácticamente, la literatura no se fijó en mí, y no al revés, hasta bien entrada mi juventud. Ni siquiera mi paso por la universidad me incitó a descubrir la sensualidad de las letras, su aroma a misterio, a novedad; su deseo ardiente de impregnar en mi alma una hoguera que quemara voluntades y cuyo humo se transformara en escritos. Por aquel entonces era poco más que un homínido con patas y por seso un balón de fútbol. En parte, aún lo sigo siendo. De poco sirvió que algún profesor dijera que tenía cualidades para juntar cuatro letras y darle sentido a lo que escribía. Un par de revistas de fútbol y dos partidos y la tontería se esfumaba tal y como había venido. Sin dejar rastro.

Pero los caminos del señor son inescrutables. Eso se suele decir, al menos. Y los míos comenzaron un buen día que me dio por juntar esas cuatro letras que al profesor de la facultad tanto atraían. Fue algunos años después de olvidar esa pesadilla educativa que poco o nada dejó de huella en mi interior. Y a esas cuatro letras le acompañaron un profundo, acelerado e intenso navegar por millones de letras ajenas y propias. Universos hasta la fecha desconocidos, inexplorados, carentes de vida hasta que los tocas y los lees. Entonces algo se despierta en tu interior.

¿El qué? Aún me lo sigo preguntando. Tras una novela publicada, otra en camino y cientos de escritos y relatos después, todavía me lo sigo preguntando. Y no encuentro la respuesta. Ni creo que la encuentre. Sólo sé que escribo para vivir. Pero no para vivir materialmente, sino para existir y pervivir. Para que tu recuerdo no se esfume en el viento como una simple ráfaga. Para que tu nombre sea pronunciado por unos labios desconocidos y lejanos sin importar el lugar ni el tiempo. Para que la existencia no sea una efímera sucesión de acontecimientos en la línea de la vida sin más fin que el olvido eterno, y el adiós un paso del que no queda huella alguna.

Escribo porque me gusta. Y si a alguien más le gusta lo que escribo, lo celebro. Y lo celebraré siempre. Por eso escribo.


Estampas extremeñas: Viriato, “el verato”

A raíz de la exitosa serie ‘Hispania’ que Antena3 emite cada miércoles y que rememora las hazañas del guerrero lusitano Viriato, me ha venido a la memoria un pasaje del programa ‘Un país en la mochila’ dedicado a la Comarca de La Vera. En él, Labordeta recorría sus pueblos más bellos, compartía experiencias con sus gentes y se atrevía a desentrañar el porqué de algunas de las leyendas y misterios que tienen como protagonista a aquella comarca. En uno de sus encuentros con variopintos veratos, uno se llevó la palma de entre todos: Felipe, del Guijo de Santa Bárbara.

Felipe era, por aquel entonces, (recordemos que la serie, en su primera etapa, fue grabada a mediados de la década de los 90 del pasado siglo) un entrañable anciano que guardaba una leyenda que había oído a sus ancestros y que, de generación en generación, pasó hasta llegar a él. Y, como buena leyenda, tal cual la contaba. Labordeta, siempre genio, siempre figura, ni quitó ni añadió una coma a la grabación. Como bien resumía la anécdota el genial aragonés: “Si él (Felipe) así lo cree, quién lo desengañará”. La leyenda, tal cual la contaba el guijeño (o goloso, tal y como también se les ha llamado a los del Guijo de Santa Bárbara), relataba las vivencias y correrías de su paisano Viriato. Sólo me he permitido adaptarla a papel, pues es fruto de la conversación entre él y José Antonio Labordeta, quien va preguntándole sobre distintos aspectos de la vida de su ‘paisano’:

“Cuando nos disponemos a recordar la historia de un personaje como es la de nuestro vecino Viriato, se suele empezar, como casi siempre, por su niñez y donde nació. Viriato vivió en el número 10 de esta pequeña calle, que se llama así para recordar el lugar en el que vino al mundo. Luego, ya de mayor, se marchó a Toledo, a la Academia Militar, donde cursó sus estudios, pues era lo que más le tiraba. De allí salió con el grado de teniente, siendo destinado a una unidad en La Vera. Pasaron unos años hasta que surgió un altercado entre españoles y romanos en esta misma zona. Viriato era el encargado de las tropas españolas destinadas aquí, como digo, y al ver los romanos que no podían derrotarlo, pues sus tácticas causaban muchos heridos y disgustos entre sus filas, se pusieron en contacto con sus lugartenientes por medio de espías. A cambio de que le entregaran a su teniente, les ofrecieron dinero. Y ya se sabe que los españoles apreciamos más el dinero que la honra. Así que, tras aceptar el ofrecimiento, una noche sus propios lugartenientes entraron en la chabola en la que dormía y le cortaron la cabeza para entregársela al general romano con el que estaba enfrentado…”.

Pues eso. Sí Felipe lo creía así, nadie podrá desengañarle nunca, ni tratar de explicarle la verdad de la historia. Si es que alguien la conoce realmente, tal cual ocurrió, desnudando la parte de leyenda que todo hecho antiguo tiene. Porque, muchas veces, la leyenda es más bella que la propia historia. Y por eso, tan sólo por eso, en ocasiones es preferible quedarse con la leyenda.

Cuento para cuentacuentos y demás cuentistas

Querido hijo:

Llevo bastantes días sopesando la idea de contarte este cuento. Sé que vas a protestar. Lo sé. Y lo entiendo, pero mi única intención con éste y otros que ya te he contado es que vayas conociendo paso a paso el mundo que te espera. Un mundo muy distinto al que aparece en los cuentos, leyendas e historias que papá y mamá te contamos cada noche. Desde luego cuántos desearían que todos ellos fueran reales, además de los únicos, pues eso significaría que nadie sería más infeliz que nadie y que el mundo es mucho mejor de lo que pueda parecer. Pero no lo es. Nada lo es. Por eso, y aunque sea durante unos minutos, quiero contarte este cuento que, seguramente, dentro de unos años no sólo entenderás, sino que también me agradecerás.

En los últimos días, mientras cenamos, habrás visto y oído en la televisión que la gente de fuera está muy nerviosa con lo que se está cociendo en este país. La gente de fuera tiene miedo de que nos pase lo que ha sucedido con Grecia o Irlanda, que son países que, como nosotros, forman parte de una unión de estados llamada Unión Europea que, según quien te lo cuente, es buena para muchas cosas y mala para otras tantas. En este caso, esos dos países han tenido que recurrir a los demás porque, en un caso, los que mandan allí, en Grecia, han gastado y dilapidado todo lo que se puede dilapidar y más, o han falseado sus cuentas ante los que forman parte de esa unión. Y se han visto con la soga al cuello, por lo que han pedido ayuda a sus amigos los de la unión. Y estos amigos han dicho que sí, que les van a ayudar con el dinero que les haga falta pero a costa de bajar sueldos y subir impuestos a los de siempre, o sea, a gente como mamá y como yo mientras los culpables siguen ahí, con más cara que un saco de sellos de correos. Lo de Irlanda ha sido peor, porque los que mandan allí decidieron rescatar a los culpables de sus males, los bancos, que se dedicaron alegremente a financiar casas, y más casas, y muchas más casas con el dinero de todos. Y ahora se han dado cuenta de que con ese dinero, con el suyo, no tienen ni para empezar, pues tal ha sido la desmesura de sus bancos, por lo que no tienen más remedio que reclamar dinero a sus amigos para que la cosa no vaya a mayores. Y ¿quiénes pagan todo eso? Efectivamente, los irlandeses como mamá y papá. Y también sus políticos siguen ahí, como si nada; que si convocan elecciones o no, si se van antes de que los echen o buscan una salida digna y sin que se les note demasiado.

Y aquí… Bueno, lo que se dice aquí, el miedo de nuestros amigos viene por las dos partes. Tienen miedo de que debamos más de lo que ingresemos, pero que mucho más. Porque aquí gastan todos hasta por dos y por tres pero sólo ingresa uno y, claro, no se sabe realmente cuánto se debe y hasta cuándo se va a deber eso. Y, por otro lado, muchos bancos se dedicaron los últimos años a dar alegremente hipotecas, como hicieron con papá y mamá, o a financiar la construcción de casas y más casas que ahora no se venden. Y claro, los de fuera, nuestros amigos, dicen que no nos prestan más dinero. Y si nos lo prestan es devolviéndolo pero mucho más caro. Tanto, que creen que no lo vamos a poder devolver y por eso, todos nerviosos, quieren que nos pase como a Grecia o a Irlanda. Con lo que ello supone para papá, mamá y para todos los que vivimos en este país.

Dirás que aquí quién es el culpable. Lo somos todos, hijo. Los bancos por dar dinero tan alegremente y por financiar a diestro y siniestro la construcción de más y más casas; nosotros por comprar esas casas por precios que no se correspondían con la realidad, pero como nunca iba a pasar nada todos éramos felices y la vida era de color de rosa;  y los políticos, que siempre callan la verdad y pasean la mentira con tal de mantener su chiringuito a costa de los demás.

Así que, hijo, este país navega a la deriva hasta que, si es así, nuestros amigos de fuera vengan de verdad a ayudarnos y entonces todo sea real. Tan real como este mundo en el que nos toca vivir y tan diferente de tus cuentos, sencillos y tiernos, que son los que aún te han de entretener durante algún tiempo. Si eso ocurriera, ya te lo contaríamos mamá y papá con más detalle pero, mientras, disfruta de ellos, hijo, porque el resto de cuentos, como éste y otros que te he contado, los padeceremos los demás con el sueño de que, algún día no sean más que eso, cuentos, y tú nunca tengas que vivirlos ni contarlos a tus hijos.