Querido hijo:
Llevo bastantes días sopesando la idea de contarte este cuento. Sé que vas a protestar. Lo sé. Y lo entiendo, pero mi única intención con éste y otros que ya te he contado es que vayas conociendo paso a paso el mundo que te espera. Un mundo muy distinto al que aparece en los cuentos, leyendas e historias que papá y mamá te contamos cada noche. Desde luego cuántos desearían que todos ellos fueran reales, además de los únicos, pues eso significaría que nadie sería más infeliz que nadie y que el mundo es mucho mejor de lo que pueda parecer. Pero no lo es. Nada lo es. Por eso, y aunque sea durante unos minutos, quiero contarte este cuento que, seguramente, dentro de unos años no sólo entenderás, sino que también me agradecerás.
En los últimos días, mientras cenamos, habrás visto y oído en la televisión que la gente de fuera está muy nerviosa con lo que se está cociendo en este país. La gente de fuera tiene miedo de que nos pase lo que ha sucedido con Grecia o Irlanda, que son países que, como nosotros, forman parte de una unión de estados llamada Unión Europea que, según quien te lo cuente, es buena para muchas cosas y mala para otras tantas. En este caso, esos dos países han tenido que recurrir a los demás porque, en un caso, los que mandan allí, en Grecia, han gastado y dilapidado todo lo que se puede dilapidar y más, o han falseado sus cuentas ante los que forman parte de esa unión. Y se han visto con la soga al cuello, por lo que han pedido ayuda a sus amigos los de la unión. Y estos amigos han dicho que sí, que les van a ayudar con el dinero que les haga falta pero a costa de bajar sueldos y subir impuestos a los de siempre, o sea, a gente como mamá y como yo mientras los culpables siguen ahí, con más cara que un saco de sellos de correos. Lo de Irlanda ha sido peor, porque los que mandan allí decidieron rescatar a los culpables de sus males, los bancos, que se dedicaron alegremente a financiar casas, y más casas, y muchas más casas con el dinero de todos. Y ahora se han dado cuenta de que con ese dinero, con el suyo, no tienen ni para empezar, pues tal ha sido la desmesura de sus bancos, por lo que no tienen más remedio que reclamar dinero a sus amigos para que la cosa no vaya a mayores. Y ¿quiénes pagan todo eso? Efectivamente, los irlandeses como mamá y papá. Y también sus políticos siguen ahí, como si nada; que si convocan elecciones o no, si se van antes de que los echen o buscan una salida digna y sin que se les note demasiado.
Y aquí… Bueno, lo que se dice aquí, el miedo de nuestros amigos viene por las dos partes. Tienen miedo de que debamos más de lo que ingresemos, pero que mucho más. Porque aquí gastan todos hasta por dos y por tres pero sólo ingresa uno y, claro, no se sabe realmente cuánto se debe y hasta cuándo se va a deber eso. Y, por otro lado, muchos bancos se dedicaron los últimos años a dar alegremente hipotecas, como hicieron con papá y mamá, o a financiar la construcción de casas y más casas que ahora no se venden. Y claro, los de fuera, nuestros amigos, dicen que no nos prestan más dinero. Y si nos lo prestan es devolviéndolo pero mucho más caro. Tanto, que creen que no lo vamos a poder devolver y por eso, todos nerviosos, quieren que nos pase como a Grecia o a Irlanda. Con lo que ello supone para papá, mamá y para todos los que vivimos en este país.
Dirás que aquí quién es el culpable. Lo somos todos, hijo. Los bancos por dar dinero tan alegremente y por financiar a diestro y siniestro la construcción de más y más casas; nosotros por comprar esas casas por precios que no se correspondían con la realidad, pero como nunca iba a pasar nada todos éramos felices y la vida era de color de rosa; y los políticos, que siempre callan la verdad y pasean la mentira con tal de mantener su chiringuito a costa de los demás.
Así que, hijo, este país navega a la deriva hasta que, si es así, nuestros amigos de fuera vengan de verdad a ayudarnos y entonces todo sea real. Tan real como este mundo en el que nos toca vivir y tan diferente de tus cuentos, sencillos y tiernos, que son los que aún te han de entretener durante algún tiempo. Si eso ocurriera, ya te lo contaríamos mamá y papá con más detalle pero, mientras, disfruta de ellos, hijo, porque el resto de cuentos, como éste y otros que te he contado, los padeceremos los demás con el sueño de que, algún día no sean más que eso, cuentos, y tú nunca tengas que vivirlos ni contarlos a tus hijos.