Una ópera prima tan redonda como un círculo

Paco Gómez Escribano se ha querido estrenar con esta primera obra narrativa publicada, que no escrita, pues ya confesado que hay otras anteriores a esta aún inéditas, titulada ‘El Círculo Alquímico’. La trama, que se desarrolla entre Toledo, Jerusalén y El Cairo, comienza con el descubrimiento de un fresco en la catedral de la primera de dichas ciudades. Dicho fresco contiene una serie de símbolos de corte alquímico que llevaran a los distintos protagonista de la novela (un profesor de la UNED llamado para investigar el fresco hallado; su hermana; una amiga de ésta; un detective contratado por un mafioso vivamente interesado en la información que contiene el fresco; un extraño y enigmático personaje que irá revelando su personalidad y habilidades a lo largo de la novela; y varios miembros de la comunidad religiosa toledana. Algunos de ellos, como el padre José Luis, digno de crear ipso facto un club de fans a su nombre) a saltar de una ciudad a otra para lograr desentrañar el misterio que encierra dicho fresco.

Así, de buenas a primeras, parece un argumento manido, repetitivo y carente de interés. Una novela más de cuadros que esconden señales que hay que desentrañar para lograr conocer el mensaje que oculta. Craso error. Primero, porque Paco Gómez Escribano consigue captar, y casi cautivar, la atención del lector con una trama que encierra mucho más que eso, pues la novela es un viaje. Un viaje a lo más profundo del alma, de las creencias y del sentimiento vital en el que la alquimia, como saber de los saberes, juega un papel esencial. Y, a caballo entre la novela de aventuras, la novela fantástica y la policiaca, Paco Gómez Escribano cimenta una trama que engancha desde un comienzo, con un inicio tan desconcertante como esclarecedor a mitad que se avanza, con una lectura ágil y rápida apoyada en rápidos y concisos diálogos y precisas y detalladas descripciones de paisajes y lugares.

Una novela que entretiene y que llega a enamorar conforme uno se zambulle en su lectura. Asimismo, un claro ejemplo de trabajo eficaz, serio y documentado por el que la editorial Ledoria decidió apostar, para suerte de Paco Gómez Escribano, y para deleite de los que se sumerjan en su lectura.

Un consejo: si al acabarla alguno se pregunta cómo es posible que libros soporíferos de parecida trama hayan tenido tanto éxito, que no se coma la cabeza y haga caso a las reflexiones de los personajes de la novela: la vida es un continuo viaje en el que el hombre pasa por ella sin conocer que a su alrededor hay ciencias y saberes capaces de cambiar su existencia. Pero para poseerlas, hay que saber. Y, para eso, no todos estamos preparados. Lo mismo sucede con muchos de los autores de esos libros, que desearían poseer la manera de contar las cosas que atesora Paco Gómez Escribano.

El círculo Mágico

Paco Gómez Escribano

Editorial Ledoria.

Precio: 18 euros.


Miltilingüismo en el Senado

La penúltima, pues siempre habrá otra que sorprenda aún más que la anterior. Pero la que nos ocupa es de traca. Ayer dio comienzo el uso de era multilingüe en el Senado. La cosa es muy sencilla: la señoría de turno que ha nacido en una comunidad que posee lengua propia tiene todo el derecho del mundo a expresarse en ella. Derecho legítimo, dicho sea de paso, pues cada cual habla en lo que le dé la gana siempre que se le entienda. Y como tal sube al estrado del Senado y se expresa en su lengua, ya sea catalán, vasco o gallego. Y las demás señorías, las que no entienden o conocen dichas lenguas, hacen uso de un servicio de traducción simultánea. Resultado: todos contentos. Sus señorías bilingües, porque se expresan por fin en la lengua de su comunidad; los traductores simultáneos, porque tienen trabajo tal y como está el patio. Y el contribuyente, también. El más contento de todos: la de ayer cuesta 12.000 euros del ala. 350.000 euros si se extrapola la cantidad al plenario de sesiones. Eso sí, las riñas, llamadas a la atención y demás actuaciones estelares del presidente del Senado, en castellano. Para que le entiendan todos, hasta los traductores simultáneos. Para chulo, él, dirá.

Y que conste que lo que se critica no es el uso de tal o cual lenguaje, pues todas, por estar reconocidas en la Constitución, tienen el mismo derecho a ser utilizadas que el castellano. Lo que no es de recibo, y más en una época de peticiones de sacrificios, moderaciones y apreturas, es tirar el dinero en semejante gilipoyez. Tal cual. 60 millones de las antiguas pesetas, así como suena, porque sus señorías se cuenten lo que se deban contar en catalán, gallego o euskera cuando luego, en los pasillos, en el bar o en el restaurante donde se reúnan a comer o a tomarse copas, se peguen jartadas a reír en la lengua que todos conocen y comparten. El multilingüismo, que tiene estas cosas. Muy divertidas, por lo que se ve.

Tan divertidas como lo que oí ayer a un grupo de ancianos discutiendo bajo mi casa. Lo que se suele llamar el Congreso, el Senado o La Moncloa según los lugares y la guasa que le echen al asunto. Uno de ellos elevó su voz sobre la de los demás y se quedó más ancho que largo al soltar la siguiente: “Pues nada, un día me planto allí, les suelto que este año me han congelado otra vez los 650 euros de pensión que cobro al mes y, ya de paso, les mando a tomar por culo a todos en catalán, gallego y vasco”. Los demás le rieron la gracia. Y yo, el que más. Mejor tomarse estas cosas a chanza. Que las ideas las carga el diablo, y últimamente a la gente se le ocurren cosas muy malas. Pero que muy malas…


Pedro, el de Otxandiano

Pedro, el de Otxandiano.

Pedro, el de Otxandiano.

La historia no puede ser más curiosa. Pedro, el de Otxandiano, es un hostelero que regenta un mesón en esta localidad vizcaína. Esta mañana ha sido noticia porque, tras pasar una larga noche dándole vueltas a la cabeza, se ha levantado, ha ido raudo y veloz al mesón y se ha liado a mamporros con la máquina de tabaco. “Quería tirarla al pantano, pero tras hablar con el presidente de la Asociación de Hostelería de Vizcaya, y para evitar que se me echaran encima los ecologistas, he optado por esta decisión”, confesó todo orgulloso Pedro, el de Otxandiano.

Y alguno se preguntará, ¿qué cable se le ha cruzado a este buen hombre para actuar de esta manera? La recién estrenada ley antitabaco. Vamos, que Pedro, el de Otxandiano, estaba “harto de una ley inútil”. Y sólo lleva dos días en vigor. La cosa promete, desde luego. Porque antes, quien más quien menos entraba en un bar, compraba una cajetilla y, si se terciaba la cosa, que se terciaba, acababa tomándose algo en la barra mientras se fumaba un pitillo. Ahora, dado que no se puede fumar, el que compra el tabaco, si entra a comprar, recoge su cajetilla y se larga. Ni pitillo ni cerveza que lo acompañe. ¿Beneficio para el regente del bar? “Quince céntimos por cajetilla”, responde Pedro, el de Otxandiano, cuando se produce la compra. Y de la consumición, si te he visto no me acuerdo.

Para los que no fumamos, la entrada de la ley antitabaco nos ha regalado nuevos y viejos espacios sin humo, lugares en los que entrar con una sonrisa y sin temor a respirar aire viciado a los cinco minutos. Los que fuman no lo ven así. Y tienen razón, seguramente. Al igual que la tienen los hosteleros que fueron obligados a acondicionar sus establecimientos para amoldarse a los preceptos de la ley en sus inicios. Ahora, ¿quién les paga las obras que realizaron y que ya no sirven para nada?

Todavía habrá alguien que me diga que todo esto se arreglaba prohibiendo el tabaco. Y todos contentos. Lástima que al Estado no le parezca tan buena la idea, dado que se lleva el 80% de los ingresos de la venta de cada cajetilla de tabaco. Como para renunciar a tan pingües cifras. Que una cosa es prohibir y otra ser gilipoyas. Faltaría más.