Hijo mío, lo que hoy te va a contar papá no es un cuento. O tal vez sí. Fue algo que ocurrió hace muchos años, casi una pesadilla, pero que a la vez es un cuento porque termina bien. Tiene un final feliz, de esos que a ti te gustan tanto. Por eso quiero contártelo. También es un cuento porque hay buenos, malos, gente que está porque tiene que estar y algo de fantasía y de irrealidad. Si no, no sería un cuento.
Hace muchos años, tal día como hoy, papá se levantó de la cama y abrió la persiana para que entrara el sol. No recuerdo si ese día de febrero el cielo estaba despejado o no, pero sí recuerdo que la luz que entraba por la ventana era especial, pues alejaba los negros nubarrones que el día anterior amenazaban tormenta. Y, por lo que decían, la tormenta podía durar mucho, pero que mucho tiempo.
Papá era muy pequeño entonces, algo más grande que tú ahora, pero todavía no sabía las cosas que ha ido aprendiendo con el tiempo. Solo supo, por lo que le dijeron los abuelos, que unos hombres con pintas de un pasado tan trágico como prescindible quisieron llevarnos otra vez a ese pasado que intentábamos olvidar. Y por eso entraron en el Congreso de los Diputados armados con pistolas. Sí, hijo, ese sitio que tiene dos leones en la puerta y en el que, como te dice papá, existe la mayor concentración de inútiles de todo el país. Entonces, no. Por eso entraron allí esos que nos querían devolver al pasado. Porque los que allí estaban reunidos, pues iban a elegir a un nuevo presidente del Gobierno tras dimitir el que nos había devuelto la democracia, eran quienes velaban por nosotros; quienes se encargaban de que los nuevos tiempos perduraran por mucho tiempo. Quienes dirigían este país. Continue reading




