En el principio fue el verbo, y el verbo se hizo carne. Luego fue palabra. Y la palabra se extendió por todos los confines. Porque la palabra fluye, se transmite de boca en boca, de generación en generación. Corre, vuela, salta de un lado a otro, se transforma y se amplifica. Pero, si es pura, nunca pierde su misterio. Pues eso es el verbo.
El Evangelio de San Juan enseña esa palabra, trae al mundo una palabra para que sea escuchada. Pero también para que sea vista. Ahí radica el misterio que encierra la palabra: no se trata de escuchar, sino de ver. Ver lo que hay más allá de ella. De sentir al que dice la palabra, de quien la pone en boca de los demás. El Evangelio de San Juan recorre el camino de la palabra, pero también la vida de quien tiene que ser y es, el único capaz de conocer esa palabra y de transmitirla. A él se le irán uniendo quienes lo han visto, aunque no sepan todavía el qué, pero lo intuyen; lo ven. La palabra es tan misteriosa como el hombre que la propaga por toda Judea. No entiende de barreras, ni de sexos ni razas. Él es la palabra. Y todos comienzan a seguirle, a venerarle, a entender su palabra. Ven el misterio de la palabra y a quien la representa. Porque la palabra es libre. Pero choca con un mundo ciego y corrupto; choca con el poder. Y el poder se encarga de crucificar a la palabra porque no la ve. Ni la entiende.
Es el misterio de la palabra, el misterio del Evangelio de San Juan. El misterio que Rafael Álvarez, ‘El Brujo‘ hace palabra en el Teatro Infanta Isabel de Madrid. Hasta el 15 de mayo. Para todo aquel que quiera conocer el misterio de la palabra.