La Colina de las Piedras Plancas

Hace no mucho tiempo anuncié en esta página el lanzamiento al mercado de la nueva aventura literaria de mi querido paisano José Luis Gil Soto, La Colina de las Piedras Blancas. Si con su primera novela, La Traición del Rey, alcanzó un éxito considerable y el interés unánime de la crítica, su segunda novela, La Colina de las Piedras Blancas, va por el mismo camino. O más.

La Colina de las Piedras Blancas narra las aventuras y desventuras, y nunca mejor dicho, de un hidalgo toledano, Rodrigo Díaz de Montiel, quien, tras diversas campañas militares para mayor gloria del rey Felipe II, decide embarcarse en ese despropósito histórico que vino a llamarse la Armada Invencible. Con una agilidad narrativa que para sí quisieran muchos otros, Gil Soto nos adentra en la formación de tan inmensa flota, los avatares de la misma desde su salida de Lisboa, tragedias en forma de tomentas y tempestades a lo largo del camino y el combate que terminó con la vida, sueños e ilusiones de miles de soldados. Los restantes, los que tuvieron la desgracia de sobrevivir, y para comprobarlo sólo hay que leer las impresionantes descripciones que realiza Gil Soto, supieron que el infierno del mar no era nada comparado con el que les esperaba en tierras irlandesas, a cuyos acantilados fue a parar una buena parte de las naves que componían la gloriosa armada española.

A partir de ese momento, comienza un impresionante relato que combina la maravillosa descripción de las tierras irlandeses con la de sus gentes, conflictos y realidades, en el que sobresale la imperiosa necesidad de sobrevivir de un hombre y de tantos y tantos compañeros, como él, abandonados a su suerte en tierras indómitas y acechadas por las tropas inglesas, las mismas a las que el propio Rodrigo Díaz de Montiel y otros miles de soldados vinieron a aniquilar en tan arriesgado como mal planificado combate.

Amor, pasión, celos y desgracias, muchas y variadas, se sucederán en los dos años que penó Díaz de Montiel desde su llegada a Irlanda hasta su vuelta a tierras españolas. Páginas en las que se puede sentir la desgraciada vida de las tropas, carne de cañón para mayor gloria de su rey, la amistad y camaradería que preside las relaciones entre los soldados, pero también las traiciones, envidias y rencores. Y un siniestro personaje, Martín Ledesma, al que dan ganas de darle una buena ración de toledana en todo momento. Aunque, como todo en la vida, cada cual tiene su destino…

En definitiva, una preciosa novela histórica que combina una buena y documentada dosis de historia, con una gran descripción de las tierras irlandesas y una sucesión de personajes (Idíaquez, Francisco de Cuéllar, ‘El Carbonero’, Álvaro de Mejía) que ejemplifican lo que fue el siglo XVI: una época de dolor y gloria protagonizada por valerosos soldados que, por encima de todas las cosas, ansiaban defender a su rey y a su patria. Gente valerosa, con honor y agallas, muchas agallas. Las que no tenían otros, en cuyas manos empezaba a la languidecer la grandeza de un imperio.

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Ya no hay más Pelotas

Perplejo. Reconozco que me quedé perplejo tras conocer la decisión de TVE, la ‘televisión de todos’, de no renovar el contrato a la productora de la serie Pelotas. O sea, tras dos temporadas, se acabó lo que se daba. Lo han confirmado sus directores, Corbacho y Cruz. Las razones: su bajada de audiencia. En la televisión pública, que se financia con el dinero de las demás televisiones, tras abandonar el formato publicitario. Por bajada de audiencia. ¿Pero no decían que no les importaba la audiencia y sí una televisión de calidad? Con dos pelotas, sí señor.

Os pongo en antecedentes. Es una serie que se emitía los lunes, hasta este lunes, en la que las vidas y tramas de gente diversa, normal, como la vida misma, giraban en torno a un club de fútbol, La Unión. Un club de fútbol de barrio, de los de toda la vida, sin sus Cristianos, sin sus ferraris, sin sus tonterías. Pero se dejó de emitir este lunes. Y es una lástima, una verdadera lástima. La serie podría gustar más o menos; los guiones seríán mejores o peores, más o menos elaborados y las tramas, facilonas o interesantes, según como lo mire cada uno, que sobre gustos no hay nada escrito. Pero, al menos, era una serie fresca, distinta a las demás. Una serie sobre gente normal, sobre cosas normales, el día a día de gente como yo, como tú y como todos nosotros. Nada de millonarios enseñando sus casas, para que todos nos mordamos las uñas y deseemos tener un muñeco de vudú cerca para desearles lo peor; nada de pijas, pero pijas tontas, tontas, tontas, diciendo que se van a gastar un porrón de dinero, el que un millón de familias de este país no tiene ni para comer ya, en una manicura o un lifting, que desde hace un mes no se retocan el cuerpo; ni de gavilanes, superhéroes caseros y anónimos, ni de amores revueltos tras la Guerra Civil. Nada de nada. Gente normal, vida normal. Pero lo normal no vende. ¡Ay, la normalidad! Asco da, desde luego. Que para vulgaridades ya tenemos el día a día, habrán dicho los lumbreras de TVE. Como para, encima, dedicarle una serie.

Porque, desde luego, sus personajes eran normales. Nada de rubias despampanantes dispuestas a utilizar subterfugios para eliminar a sus posibles rivales en pos del macho de turno, ni potentados que se hacen respetar por todos. Ese Flo, presidente del club de fútbol en el que se basa la serie, interpretado por un inmenso, en todos los sentidos, Ángel de Andrés: tan inmenso, tan mordaz, tan soez. Ese Mejuto con el palillo siempre en la boca, ese Javi, el propietario del bar del club… Gente normal. No vende.

Ni siquiera sus valores: amistad, solidaridad, apoyo, sencillez, familia. ¡Y la vara que se ha dado en este país con lo de la defensa de la familia! Tampoco. No cuela. Las series normales no cuelan. No venden. Venden la que nos enseñan mundos imposibles, ilusos e irrealizables. Mundos en los que podamos soñar con vivir, que nos mantengan alienados. Que nos hagan borregos.

Esos son los mundos que venden. Lo normal nunca vende. ¿Lo han entendido ustedes, señores Corbachos y Cruz?

Pues eso.

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Estampas: Calatañazor y el Valle de la Sangre

Existen en la Península enclaves llenos de historias y leyendas. Y el que refiero ahora merece un recuerdo. Por muchos motivos. Una simple lectura, un atardecer o un momento de calidez son suficientes para despertar sensaciones, evocar momentos pasados. Uno de esos lugares es Calatañazor, promontorio que se yergue sobre la eterna llanura soriana, surcada de montres y valles que se suceden más allá de los confines de la mirada.

Un pueblo de leyenda y con leyenda. Ahora y siempre, separadas por siglos que pasean lentos, ausentes, por delante de sus puertas de cuarterón con distintos herrajes. El caminante lo intuye. Las empinadas calles, de pura piedra, resguardan la historia en cada rincón del pueblo, que, de no andar listo, puede escaparse, humeante, por las muchas chimeneas cónicas cubiertas a teja partida que coronan sus tejados.

 De leyenda, decíamos. En las noches estrelladas, que son multitud, resuenan los pasos del caminante, que asciende por sus calles, en la oscuridad, en pos del castillo que esconde la leyenda. Orson Welles lo hizo, hace más de cincuenta años, y tan prendado quedó del lugar que no dudó en rodar aquí algunas escenas de ‘Campanadas a media noche’, una de sus últimas películas. Shakespeare respira y Welles lo plasma. Quizá el caminante escuche, en la soledad de la noche, las voces de Ricardo II. O las de las alegres comadres de Windsor. O los toques de un tambor, agudos, palpitantes, llamando a la batalla. Al menos, eso afirma también la leyenda.

La leyenda, entonces. Y el tambor. Uno, dos, tres golpes. ¿Era un tambor o la alegría lo que perdió el afamado y ardoroso guerrero por estas tierras? El amanecer baña con su tierna luz las piedras del camino que ascienden hasta el viejo y derruido castillo. Es el final. Antes, a un lado, y antes de acometer las últimas cuestas, quedan los soportales. Delante de ellos, la picota, símbolo de una justicia tan justa como injusta, según como se vea y quien la dictaminase. Arriba, el castillo. Y la leyenda.

Porque da para mucho. Tanto, que hasta se ha levantado un monumento, en una coqueta plaza cercana, a su protagonista. El del tambor. ¿Quién no ha escuchado aquello de que ‘En Calatañazor perdió Almanzor su tambor’? ¿O acaso era el ‘atabor’? La llamada a sus tropas o la alegría. En uno y otro caso, ¿quién lo sabe? Mejor dejar que la leyenda lo cuente. Ya que Abu Amir Muhammad ibn Abi Amir, Al-Mansur, el ‘victorioso por Alá, para los musulmanes, y Almanzor, para los cristianos, no puede hacerlo.

La historia dice que en este valle amplio que se abre al pie del castillo, unos y otros libraron una gran batalla en el año 1002. Por él corre un río en el que el sol, al ocultarse, refleja sus últimas luces y tornas sus claras aguas en pura sangre. De ahí el citado nombre del Valle de la Sangre. La leyenda, sin embargo, dirá que tras la dura batalla sus tierras quedaron bañadas por los ríos de vida de los que allí dejaron su existencia. Almazor regresaba victorioso de su última razzia por los dominios riojanos, en la que llegó a saquear el Monasterio de San Millán de la Cogolla. Era el momento de regresar a Córdoba. Los reyes castellanos lo sabían y salieron a su encuentro. Almanzor salió con vida de la batalla, pero la poca que le quedaba se le escapaba por momentos. Tras un penoso viaje de dos semanas en litera, y por fin en tierra fronteriza, expiraba la noche del 10 al 11 de agosto de 1002.  Según Lucas de Tuy, el día de su derrota “una especie de pescador gritaba con una voz lamentable a orillas del Guadalquivir, ora en caldeo, ora en Español: En Calatañazor/perdió Almanzor/el atabor”. En Calatañazor, el Victorioso por Alá perdió su timbal, es decir, su alegría. Otra vez la leyenda: su cuerpo fue enterrado en las proximidades de Medinaceli. Quién pudiera desmentirlo…

El Valle de la Sangre es la última vista que contempla el caminante antes de abandonar el castillo. El sol plega sus rayos en el horizonte y baña con su postrera luz las tierras circundantes. Un velo rojo lo cubre todo, y sus brillos le obligan a llevarse las manos por encima de los ojos para protegerlos. Es hora de volver. ¿A dónde? Donde el caminante quiera. Puede dejarse llevar por la realidad o por la leyenda, pero vaya donde vaya portará consigo el sonido de la quietud, los golpes de sus botas contra las empedradas cuestas e, incluso, puede que también los tenues quejidos de un herrumbroso tambor.

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Recordatorios

Ahora, cuando la tormenta arrecia, cuando muchos, cada vez más, se preguntan qué narices hacen nuestras señorías y cómo justifican sus sueldos, dietas y componendas, se impone la lectura de las ‘Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados’. Las firma su señoría más respondona, íntegra y cabal que haya posado sus reales posaderas en un escaño: José Antonio Labordeta.

Son un ejercicio de lenguaje llano, preciso y eficaz. Labordeta en estado puro. Miedos, reflexiones, escepticismo y mordaz crítica se suceden en unas páginas tan vivas como su persona. Desde el análisis e impresiones personales acerca de ciertos diputados con los que compartió debates, enfrentamientos y relaciones en un quítame allá esas comisiones, hasta los momentos más decisivos de las dos legislaturas que vivió como diputado de la Chunta Aragonesista; las primera de ellas, al amparo de Aznar. Impagables los comentarios sobre el ex presidente del Gobierno, plagados de fina ironía aragonesa.

Una delicia para quien quiera conocer qué se cuece y de qué manera en la casona de la Carrera de San Jerónimo. Palabras de un luchador insancable, cantor de libertades imaginarias, pasadas y futuras y maestro cicerone de un país que guardó en su mochila, amplia y eterna. La misma que algunos quieren desgajar en nombre de cualquier libertad, pues de lo grande que es, todas caben en ella. Y, si alguno se empeña en salirse del tiesto, siempre quedará la posibilidad, parafraseando su coletilla más famosa, de mandarlo “¡A LA MIERDA!”.

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Estampas Extremeñas

Jerez de los Caballeros rezuma historia. Incluso en un caso, la sangra. Fenicios, romanos y árabes sentaron en estas tierras sus reales, de tal manera que primero se la conoció como ‘Ceret‘, posteriormente como ‘Fama Iulia’ o ‘Caeriana‘ y finalmente como ’Xerixa‘ o ‘Xerix‘. Denominaciones distintas para identificar un mismo enclave, propio de cada pueblo o civilización, pues de lo que se trata es de dejar huella. Ninguno de ellos pudo resistirse al encanto de una zona que reclamaba para sí gloria y leyendas. De todo tuvo. Belleza en forma de amplísimas y extensas vegas regadas por el Ardila, afluente del Guadiana; magia en cada imagen que la retina capta, maravillada, desde el balcón del Parque de Santa Lucía, de sus murallas y de la fortaleza templaria; señorío en forma de puertas como las de Burgos y de la Villa, las únicas que quedan en pie y que compartieron, siglos ha, protagonismo con las de Alconchel, Nueva y Santiago.

Y leyendas. Muchas. Acaso, ¿cómo no pudo dejarlas la Orden que más leyendas acarrea a sus espaldas? Los Caballeros del Temple, los ‘Pauperes commilitones Christi Templique Solomonici’, o lo que es lo mismo, la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo. Hay que remontarse hasta el siglo XIII para identificar su rastro por estas tierras del sur de Badajoz. Los caballeros, a las órdenes del rey Alfonso IX de León, toman la villa y hacen de ella la capital de Baylato de Xerex, que comprendía buena parte de los pueblos de alrededor. Momentos de gloria para el Temple. Reyes que agradecen sus servicios, que los quieren a su lado por temidos y que saben de sus deseos de grandeza. Y lo consiguen. Bajo su protección, el Baylato crece en importancia y se hace cada vez más grande. Tanto, que se convierte en uno de los enclaves más destacados de la Orden en la Península.

Bien lo dijo Newton muchos siglos después: “What goes up, must come down”. Todo lo que sube, baja. La física nunca falla. La ley de los cuerpos. Inefable. Tan pronto sube, tanto tarda en bajar. Las envidias, rencores, miedos… Quienes tienen poder por mediación de terceros, saben que ese poder es finito si no ponen remedio para evitarlo. Y los Caballeros del Temple no pudieron, no supieron o no les dejaron hacerlo. 1312 es la fecha que marca su fin. Y dos personajes, el Papa Clemente V y el rey Felipe IV de Francia, sus protagonistas. El primero, por acusarlos de herejía y de malas prácticas. Y el segundo, por ansiar su poder y riquezas, para lo que no dudó en organizar una inmensa campaña de desprestigio contra la orden. Los reinos cristianos no dieron crédito a las acusaciones contra los templarios, aunque se vieron obligados a acatar la Bula Papal y ordenaron a las diferentes encomiendas templarias que renunciaran a la Orden y que entregaran sus tierras so pena de morir como herejes en la hoguera.

La Torre Sangrienta. Jerez de los Caballeros rezuma sangre, además de historia. Sus caballeros juraron lealtad eterna a la Orden, y decidieron defender su dignidad y posesiones hasta la muerte. Cuenta la leyenda que el asedio contra la fortaleza fue feroz, casi inclemente. Pero los caballeros no sucumbieron. Sí fueron acorralados, lentamente, casi sin esperanza, hasta la Torre del Homenaje. Honor y dignidad por encima de todo. Honra por cumplir su palabra y defenderse de las insidias de un rey ambicioso y de un Papa pusilánime.

La honra vale sangre. Gota a gota, resbala por las piedras, las impregna. Honra y honor. Años de lucha, de respeto y de lealtad quedan reducidos a un pequeño espacio, el de la Torre del Homenaje. Los soldados reales degollan a los últimos caballeros que permanecen vivos antes de arrojar sus cuerpos desde las almenas. La Torre del Homenaje mudó de nombre en homenaje, qué paradoja, de sus últimos moradores. Será para siempre la Torre Sangrienta.

Jerez de los Caballeros. Tierra de leyendas. Cuentan allí que el espíritu templario vive, se palpa en cada piedra de la fortaleza. Y en alguna parte más. Nadie lo ha visto, nadie los ha visto, pero son muchos los que en noches oscuras, con la luna ahogada, sin más amparo que las estrellas, han oído a los Caballeros del Temple llamar a sus caballerías. Entonces resuenan sus silbidos. Agudos, como cuchillos que rasgan el silencio de la noche; sonidos del más allá, silbidos de rabia y orgullo. Y silban, dicen, los Caballeros. Los han oído. Silban a sus caballos para que los transporten hasta Tierra Santa. Allí todavía tienen una misión por cumplir: proteger a los peregrinos que marchan hasta ella. Los Caballeros del Temple de Jerez saben que es su deber. Es su destino. Lo juraron en vida. Y así será por toda la eternidad.

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Reflexiones

José Montilla quiere, y consigue, hablar en catalán en el senado y la tontería nos cuesta 6.500 euros del ala. Al acabar su discurso, baja del estrado y habla en castellano con los mismos que le han escuchado antes en catalán. El plurilingüismo es lo que tiene, pero es sinónimo de libertad. Para eso está el Senado.

María tiene 67 años, las piernas destrozadas por las varices y carga con un carro de compra que tendrá que subir luego a pulso hasta su casa, cuarto piso, sin ascensor. Le han dicho que el mes que viene verá congelada su pensión. 620 euros. Suspira. En el mercado oye lo de Montilla, cierra los ojos y pide cuarto de jamón de york y algo de mortadela.

Restaurante Jockey, Madrid. 14:30 de la tarde. Tres altos cargos del principal partido de la oposición se reúnen en torno al mantel para discutir la actualidad del día. El restaurante está cerca de la sede, por lo que el viaje de vuelta no será largo. Hablar, al final, hablan poco. Algún chascarrillo sobre un presidente autonómico que le está echando mucha cara al asunto, la inutilidad de otro presidente, éste, del Gobierno, y muchas zafiedades. Bastantes. El cubierto no baja de 60 euros por barba. Faltaría más. Gran escenario para hablar de altos y elevados temas.

Fernando es cartero, funcionario para más señas. El mes que viene le bajarán el sueldo. Aún no sabe cuánto, pero cobrará menos. Tiene 57 años y está cansado. De todo. Pero calla. Se sabe un privilegiado, lo lleva escuchando muchos años, pero desde hace unos meses, más. Le van a bajar el sueldo. Se crispa. Siente que es, son todos como él los elegidos para el Auto de Fe. Alguien tenía que pagar tamaño desaguisado tejido mes a mes, año tras año, por los que, ahora, le señalan con el dedo como culpable de los excesos. Coge un puñado de cartas, abre el portal y las mete, una por una, en sus correspondientes buzones. Y calla.

Sede de UGT, Madrid. Un sindicalista de nuevo cuño, alto, seco y delgado, habla por teléfono. Dice que habrá que hacer algo. Después de tres años, casi. Habrá que hacer algo. Lo de los funcionarios ha calado y hay que moverse. ‘¡Hombre, es que parece que lo de la reforma laboral va a salir por narices!’, le espeta a su interlocutor. Es de otro sindicato, otro igual que él. Pocos palos en la vida, por no decir ninguno. De los viejos sindicalistas, ni rastro. Ni de los que pasaron por la cárcel, ni de los que lucharon por los derechos de sus compañeros, ni de los que estaban en primera línea cuando iban a llover las hostias. Desaparecieron. No interesan. Sindicalismo de nuevo cuño, que se llama ahora. 200 millones de euros al año de subvenciones tienen la culpa. ‘Veremos lo que hacemos, pero algo habrá que hacer’, se despide el sindicalista de su interlocutor.

Fidel tiene 63 años. De CC.OO de toda la vida. Algunos meses en Carabanchel, antes de morir Franco, por tirar unas octavillas en la fábrica de Villaverde donde trabajaba. Trabajaba. La fábrica cerró hace un año y medio. Se quedó sin fuerzas. De gritar, de protestar y de esperar. De esperar a que sus compañeros hicieran algo. Vanas palabras. Algunas, incluso, bonitas. Ardor sindicalista, que se le llamaba antes. Luego, nada. Un año y medio en el paro. Le queda otro medio, y con 64 se verá con una mano delante y otra detrás, en puertas de la jubilación. Se siente engañado. Mira su carné de afiliado y le dan ganas de estrujarlo, de romperlo en mil pedazos. Pero no lo hace. Piensa en todos los compañeros de verdad, en los que lucharon, en todos los que se vieron en la misma situación y acabaron igual, o peor. Sus ojos se llenan de lágrimas. Tanta lucha para esto. Olvidados.

Así, así, así es este país, que cantaban los de Ska-P. Ellos sí que sabían…

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Experiencias, aventuras y demás paseos por el mundo

Sí. Yo estuve en la Final de la Copa del Rey que jugó el Atlético de Madrid, mi Atleti, en Barcelona el pasado miércoles. Y, como yo, otros 50.000. Familias enteras, generaciones que no se han visto en otra como esta desde hace años. Ilusiones, muchas ilusiones. Padres explicándoles a sus hijos lo que supone el viaje, por duro y cansado que sea, mientras ven en sus ojos la misma ilusión, el mismo orgullo que sintieron ellos cuando eran su padre o su abuelo el que repetía esas palabras.

Porque la final, lo que es en sí el partido, muchas veces queda en un plano secundario. Y más si es el caso de esta temporada, con un título ya en el bolsillo. Lo principal, lo importante, es disfrutarla. Disfrutar con cada momento del día, instantáneas que quedan inmortalizadas para siempre en miles de cámaras de foto; imágenes que plasman una realidad imposible de describir, pero que, más allá de las cámaras habidas y por haber, quedan guardadas en el disco duro de tu corazón y con copias de seguridad en tu cerebro y en tu alma. Y todas ellas son más importantes que cualesquiera fotos y vídeo. Esa cerveza que compartes con el desconocido que nunca más verás, pero que en ese momento es tu camarada; ese grito al unísono con otros miles que, como tú, se dejan la garganta para lanzar un sentimiento al cielo de Barcerlona; esos balcones engalanados, atestados de gente sorprendida, los unos, participativos, los más; vivencias que sientes en el momento y que no puedes explicar. ¿Acaso la razón puede explicar lo que el corazón narra atropelladamente?

Decía una de las múltiples campañas de publicidad del Atlético de Madrid, mi Atleti, que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y tanto. ¿Acaso entiende la razón que, tras perder tu equipo, 50.000 personas se queden animando a sus jugadores, alentádoles, dejándose lo poco que les queda de garganta, sólo para expresar ese sentimiento que la razón no puede entender? Veinte minutos que resumen una filosofía, un estilo de vida y una forma de ser irrepetible.

- Papá, ¿por qué somos del Atleti?

- Por todo esto, hijo, por todo esto somos del Atleti.

Pasen diez, quince o veinte años, pasen los años que pasen, habrá de nuevo jornadas como la vivida el miércoles. Todas distintas, irrepetibles. Jornadas que darán derecho a soñar, a sentirse orgulloso de lo que uno es y de lo que siente. Días que te permitirán olvidar, por unas horas, esta asquerosa sociedad plagada de estafadores, chorizos, payasos y demás políticos de la peor calaña; de paro, miedos, inseguridades e insatisfacciones; de lo que nos queda por pasar es lo peor y que Dios nos coja confesados, porque las vamos a pasar putas.

Orgulloso de ser ATLÉTICO.

¡Ah! Por cierto, el Atlético de Madrid, mi Atleti, perdió 0-2 la final de la Copa del Rey contra el Sevilla F.C.

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Cuento para cuentacuentos y demás cuentistas

Querido hijo:

Hoy te voy a contar un cuento nuevo, distinto. Es más, no es un cuento al uso porque me lo acabo de inventar. Leer es lo que tiene. Y si escuchas la radio y ves la tele, el cóctel es explosivo. El cuento es el siguiente: hay un señor, que manda mucho, y que va a bajar el sueldo a otros señores que trabajan para él, a los que hace unos años también trabajaron para él y a los que no. Además, se va gastar menos, por no decir nada, en muchas cosas. Y todo porque unos señores de fuera, que nos llevan diciendo desde hace unos cuantos años que tuviéramos cuidado con lo que hacíamos, se han puesto serios y nos han dicho que hasta aquí hemos llegado. Y que, o les hacemos caso, o se ponen serios. Y se han puesto serios.

Has de saber, hijo, que en este país hemos vivido durante muchos años a cuerpo de rey. Había dinero para aburrir. Sí, eso que dicen los bancos que ahora no hay. Pues lo hubo. Y mucho. Hasta sobraba. Tanto, que te comprabas un piso a 40 años y el del banco decía que, por un poquito más, te podías comprar un buen coche. Como el del vecino, que se fue con él a su pueblo y dio siete vueltas a la plaza para que lo vieran bien todos.

Pero llegó un día en el que las cosas se complicaron fuera de aquí. Aquí, no. ¿Te acuerdas que lo dijo un señor de gafitas con barba canosa? No pasaba nada. Y si pasaba, se le saludaba. Pues eso, hijo, éramos los mejores. Pero no, no lo éramos. Y lo peor es que tardamos mucho tiempo en darnos cuenta de que las cosas empeoraban con rapidez, con mucha rapidez. Y lo que era malo fuera, aquí se convirtió en peor. Mucho peor. Y los señores que se dicen las cosas los unos a los otros, perros iguales con distinto collar, se empezaron a decir cosas muy feas, feísimas, pero nunca pasaba nada. Bueno, sí pasó. Que los bancos, los que antes daban dinero como churros, dijeron que se acabó. Que como ellos no tenían, o decían que no tenían, que tampoco había para los demás.

Y lo que antes era blanco se convirtió en negro. Pero negro zahíno. Y lo que antes sobraba ahora faltaba. Entonces, los de fuera vieron que las cosas se complicaban, sobre todo en otros sitios, también de fuera, y a nosotros nos podía llegar a pasar lo mismo. Y nos dijeron que, o hacíamos algo para que no nos pasara eso, o nos acabaría pasando. Por eso, ese señor que manda mucho, para que los de fuera no se enfadaran con nosotros, ha hecho lo que te he contado antes. Y lo mejor de todo es que hay otros señores, unos que viven del cuento, igual que el que te estoy contando yo, y que antes no hacían nada, que ahora dicen que van a hacerlo. Dicen que es por defender a esos que les van a bajar el sueldo. Yo creo, hijo, que no; que es porque han oído que les van a quitar algo de lo que les dan para vivir del cuento. Y, claro, se enfadan. Como todos. Como esos señores que trabajan para ese señor que les va a bajar el sueldo, o esos señores que trabajaron para él y también los que no trabajaron para él.

En fin, hijo. Ahora, a dormir, que ya es tarde. Mañana, si te portas bien, papá te contará cómo su equipo de alma, nuestro Atleti, nos hizo felices por unas horas y consiguió que olvidáramos a todos los del cuento: al señor que baja sueldos; a los que son iguales, como los perros, pero con distinto collar; a los bancos y cajas; y a los señores de fuera que tanto nos quieren. Aunque eso también lo sabían hacer muy bien los romanos. Quizá ese cuento también te lo cuente otro día, para que veas que apenas hemos cambiado en 2.000 años de historia. Y lo que antes valía, ahora también. Pero a lo bestia.

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Querido Carlos

Tu padre Antonio me acaba de decir que has decidido venir a este mundo. Cosa lógica, por otra parte, pues ya te estaban esperando. Sobre todo tu madre, Patricia. Era la que más ganas tenía de que vinieras. Razones obvias, ya lo entenderás. No te creas, que es una experiencia trabajar, dormir, levantarte, sentarte y vivir contigo durante nueve meses en la barriga.

Pero lo que cuenta es que ya estás aquí. Y, por ahora, enterarte, lo que se dice enterarte, no vas a saber mucho acerca de lo que te rodea. Mejor. Dormirás, comerás, dormirás, comerás… Te parecerá una vida un tanto monótona, pero, hazme caso, disfrútala. Ya tendrás tiempo de ver lo que se cuece ahí fuera, nada bueno, o nada malo, según cómo te cuenten las cosas.

Con el tiempo te irás dando cuenta de que la infancia es una etapa bonita. Aunque, realmente, lo son todas. Sólo tienes que tomarte cada minuto de tu vida como si fuera el último y bebértela de un trago. Así, lo mismo te parecerán la infancia, la adolescencia, la madurez, la tercera edad… Y, si al llegar al final de tu vida, para lo que quedan muchos pero que muchos años, te das cuenta de que estás contento con lo hecho y que, además, eres feliz, te irás con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Dónde? ¡Ay, hijo! Eso son historias que sólo tú podrás descubrir. Y que sólo tú tendrás que creer por tí mismo, sin que nadie te imponga creencias ni estereotipos. Siempre sé libre para pensar. Cuanto más lo seas, mejor te irá.

Verás que la vida es muy bonita. Vivir es un regalo. Ten siempre los ojos abiertos, muy abiertos, la nariz atenta y los oídos inquietos. Un amanecer, un atardecer, el sonido de la lluvia, las gotas de agua repicando en los tejados y tú oyéndolas desde la cama, bien cubierto, al abrigo del hogar (esto son cosas de tu padre, que te las cuente, que te las cuente…), el olor de la tierra mojada, el del pan recién hecho… Sí, Carlos, la vida es maravillosa. Pero también es un infierno. Un valle de lágrimas. Un quiero y no puedo. Pero lo mejor es que eso lo vayas descubriendo con el tiempo. ¿Cuándo? Con el tiempo, te repito. Pero que lo malo nunca transforme tu manera de ver las cosas. Lo malo se desvanece, tiende a desaparecer, como las nieblas en los campos, que al principio son densas y pesadas y, a media mañana, han dejado paso a un sol reluciente. Lo bueno siempre permanece, pase lo que pase. Quédate con lo bueno. Y lo demás: toros, fútbol, etc., vendrá de la mano. Si lo sabré yo. Un consejo: no digas nunca que José Tomás es un loco de los ruedos, ni que el Rayo Vallecano no subirá nunca a primera, entre otras cosas. ¡Ah! Y Mahou es la mejor cerveza del mundo. Y eso te lo dirá tu padre, te lo diré yo y hasta el Sursumcorda, si hace falta.

Tú ahora dedícate a lo tuyo, a lo que te he dicho antes, o sea, a comer y a dormir. El resto, lo tienes cubierto. ¡Ah! Un consejo: aprovecha todo lo que puedas, que luego, conforme crezcas, lo de dormir está bastante complicado. ¿Que te vas a aburrir de tanto dormir? Ya me lo contarás, dentro de unos años me lo contarás.

Descansa mientras, tú que puedes, y bienvenido a la vida.

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Sobre empresarios

Hay empresarios honestos, de los que se dejan la piel en el día a día. Empresarios a los que se les parte el alma cuando, con los tiempos que corren, tienen que echar a trabajadores con muchos años de historías en común. Empresarios que se lanzan a la aventura con ilusión, deseosos de compartir sus sueños y anhelos y que, por culpa de la crisis (¡puta crisis!) se ven obligados a dejar de soñar para arrastrar su desgracia durante años en forma de deudas. Empresarios que merecen toda la consideración, respeto y admiración. La mía y la de todos. Gente de verdad, leal, luchadora. Empresarios con dos cojones, aunque a muchos se les quiten las ganas de volver a intentarlo si se les presenta de nuevo la oportunidad.
Y luego, están los otros. Empresarios sin escrúpulos. Empresarios para echarlos de comer aparte. De los de primero yo, luego yo y, si hace falta alguien más, finalmente yo. Empresarios de los que saquean sus empresas a gusto. Facturas falsas, dobles contabilidades, gastos desmesurados cargados a su cuenta. Auténticos hijos de puta que no merecerían ni recibir las balas de un pelotón de fusilamiento. Empresarios a los que sus trabajadores les importa un chavo, pues para eso están, para servirle. Y si no son buenos, siempre habrá otros dispuestos a ocupar su lugar por un mísero sueldo, faltaría más. Así es de desgraciada la condición humana.

Empresarios a los que es un insulto llamarlos empresarios.

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