Pedro, el de Otxandiano

Pedro, el de Otxandiano.

Pedro, el de Otxandiano.

La historia no puede ser más curiosa. Pedro, el de Otxandiano, es un hostelero que regenta un mesón en esta localidad vizcaína. Esta mañana ha sido noticia porque, tras pasar una larga noche dándole vueltas a la cabeza, se ha levantado, ha ido raudo y veloz al mesón y se ha liado a mamporros con la máquina de tabaco. “Quería tirarla al pantano, pero tras hablar con el presidente de la Asociación de Hostelería de Vizcaya, y para evitar que se me echaran encima los ecologistas, he optado por esta decisión”, confesó todo orgulloso Pedro, el de Otxandiano.

Y alguno se preguntará, ¿qué cable se le ha cruzado a este buen hombre para actuar de esta manera? La recién estrenada ley antitabaco. Vamos, que Pedro, el de Otxandiano, estaba “harto de una ley inútil”. Y sólo lleva dos días en vigor. La cosa promete, desde luego. Porque antes, quien más quien menos entraba en un bar, compraba una cajetilla y, si se terciaba la cosa, que se terciaba, acababa tomándose algo en la barra mientras se fumaba un pitillo. Ahora, dado que no se puede fumar, el que compra el tabaco, si entra a comprar, recoge su cajetilla y se larga. Ni pitillo ni cerveza que lo acompañe. ¿Beneficio para el regente del bar? “Quince céntimos por cajetilla”, responde Pedro, el de Otxandiano, cuando se produce la compra. Y de la consumición, si te he visto no me acuerdo.

Para los que no fumamos, la entrada de la ley antitabaco nos ha regalado nuevos y viejos espacios sin humo, lugares en los que entrar con una sonrisa y sin temor a respirar aire viciado a los cinco minutos. Los que fuman no lo ven así. Y tienen razón, seguramente. Al igual que la tienen los hosteleros que fueron obligados a acondicionar sus establecimientos para amoldarse a los preceptos de la ley en sus inicios. Ahora, ¿quién les paga las obras que realizaron y que ya no sirven para nada?

Todavía habrá alguien que me diga que todo esto se arreglaba prohibiendo el tabaco. Y todos contentos. Lástima que al Estado no le parezca tan buena la idea, dado que se lleva el 80% de los ingresos de la venta de cada cajetilla de tabaco. Como para renunciar a tan pingües cifras. Que una cosa es prohibir y otra ser gilipoyas. Faltaría más.

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Réquiem por CNN+

Anoche se consumó el cierre de CNN+, el canal de noticias que el Grupo Prisa se sacó de la manga hace doce años (los hubiera cumplido el próximo mes de enero) con la bendición de Ted Turner, dueño de la referencia periodística, para bien o para mal, mundial. Anoche echó el cierre su intento español por parecérsele. Criterios empresariales, que se dice ahora. Mala gestión, apuntan otros. Total, que entre todos la mataron y ella solita se murió. Amén.

Con CNN+ se marcha un referente informativo de este país, una plataforma de información, opinión, debate e intercambio de ideas. Un órgano de expresión, una estructura compacta, dinámica y siempre atenta a la noticia allá donde ésta se produjese. Porque, como decía su eslogan, “está pasando, lo estás viendo”. Y sí, anoche servidor vio cómo su careta se desvanecía fundida en la oscuridad hasta que, repentinamente, como una pesadilla, aparecía otra que no pienso mencionar ni publicitar porque la mierda (la basura, pobrecita mía, todavía tiene algo de consideración con respecto a la mierda, pues se puede reciclar. Ésta hasta que se demuestre lo contrario, no) no merece misericordia alguna, como dice un amigo mío.

Los criterios empresariales, los mismos que han marchitado CNN+, son los que imponen sus designios. Son los tiempos que corren. Vende más la mierda que la noticia o el intercambio de ideas. Lo importante es tener aborregada a la sociedad. Así no se piensa, ni se reflexiona ni se discute.

Anoche dijo adiós CNN+ y, como es habitual en ella, la mierda invadió toda la pantalla. Bienvenida sea. Para el que le guste.

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Por el placer de escribir

Seguramente no me hubiera planteado estas líneas en este momento. O quizás nunca lo hubiera hecho. O quizás sí. Quizás. Una extraña palabra que envuelve con un halo de misterio todo lo que acontece o nos implica, como algo que está por llegar pero no llega; está por hacer pero no se cumple; está por pasar y no pasa. O pasará. O no. Viene esto a cuento por la polémica surgida con respecto a la Ley Sinde y todo lo que con ella tiene que ver. Que es mucho. No voy a entrar ahora en su conveniencia o no, en su aceptación o negación. Simplemente quiero contar porqué escribo.

Yo empecé a escribir tarde. Muy tarde. Prácticamente, la literatura no se fijó en mí, y no al revés, hasta bien entrada mi juventud. Ni siquiera mi paso por la universidad me incitó a descubrir la sensualidad de las letras, su aroma a misterio, a novedad; su deseo ardiente de impregnar en mi alma una hoguera que quemara voluntades y cuyo humo se transformara en escritos. Por aquel entonces era poco más que un homínido con patas y por seso un balón de fútbol. En parte, aún lo sigo siendo. De poco sirvió que algún profesor dijera que tenía cualidades para juntar cuatro letras y darle sentido a lo que escribía. Un par de revistas de fútbol y dos partidos y la tontería se esfumaba tal y como había venido. Sin dejar rastro.

Pero los caminos del señor son inescrutables. Eso se suele decir, al menos. Y los míos comenzaron un buen día que me dio por juntar esas cuatro letras que al profesor de la facultad tanto atraían. Fue algunos años después de olvidar esa pesadilla educativa que poco o nada dejó de huella en mi interior. Y a esas cuatro letras le acompañaron un profundo, acelerado e intenso navegar por millones de letras ajenas y propias. Universos hasta la fecha desconocidos, inexplorados, carentes de vida hasta que los tocas y los lees. Entonces algo se despierta en tu interior.

¿El qué? Aún me lo sigo preguntando. Tras una novela publicada, otra en camino y cientos de escritos y relatos después, todavía me lo sigo preguntando. Y no encuentro la respuesta. Ni creo que la encuentre. Sólo sé que escribo para vivir. Pero no para vivir materialmente, sino para existir y pervivir. Para que tu recuerdo no se esfume en el viento como una simple ráfaga. Para que tu nombre sea pronunciado por unos labios desconocidos y lejanos sin importar el lugar ni el tiempo. Para que la existencia no sea una efímera sucesión de acontecimientos en la línea de la vida sin más fin que el olvido eterno, y el adiós un paso del que no queda huella alguna.

Escribo porque me gusta. Y si a alguien más le gusta lo que escribo, lo celebro. Y lo celebraré siempre. Por eso escribo.

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Estampas extremeñas: Viriato, “el verato”

A raíz de la exitosa serie ‘Hispania’ que Antena3 emite cada miércoles y que rememora las hazañas del guerrero lusitano Viriato, me ha venido a la memoria un pasaje del programa ‘Un país en la mochila’ dedicado a la Comarca de La Vera. En él, Labordeta recorría sus pueblos más bellos, compartía experiencias con sus gentes y se atrevía a desentrañar el porqué de algunas de las leyendas y misterios que tienen como protagonista a aquella comarca. En uno de sus encuentros con variopintos veratos, uno se llevó la palma de entre todos: Felipe, del Guijo de Santa Bárbara.

Felipe era, por aquel entonces, (recordemos que la serie, en su primera etapa, fue grabada a mediados de la década de los 90 del pasado siglo) un entrañable anciano que guardaba una leyenda que había oído a sus ancestros y que, de generación en generación, pasó hasta llegar a él. Y, como buena leyenda, tal cual la contaba. Labordeta, siempre genio, siempre figura, ni quitó ni añadió una coma a la grabación. Como bien resumía la anécdota el genial aragonés: “Si él (Felipe) así lo cree, quién lo desengañará”. La leyenda, tal cual la contaba el guijeño (o goloso, tal y como también se les ha llamado a los del Guijo de Santa Bárbara), relataba las vivencias y correrías de su paisano Viriato. Sólo me he permitido adaptarla a papel, pues es fruto de la conversación entre él y José Antonio Labordeta, quien va preguntándole sobre distintos aspectos de la vida de su ‘paisano’:

“Cuando nos disponemos a recordar la historia de un personaje como es la de nuestro vecino Viriato, se suele empezar, como casi siempre, por su niñez y donde nació. Viriato vivió en el número 10 de esta pequeña calle, que se llama así para recordar el lugar en el que vino al mundo. Luego, ya de mayor, se marchó a Toledo, a la Academia Militar, donde cursó sus estudios, pues era lo que más le tiraba. De allí salió con el grado de teniente, siendo destinado a una unidad en La Vera. Pasaron unos años hasta que surgió un altercado entre españoles y romanos en esta misma zona. Viriato era el encargado de las tropas españolas destinadas aquí, como digo, y al ver los romanos que no podían derrotarlo, pues sus tácticas causaban muchos heridos y disgustos entre sus filas, se pusieron en contacto con sus lugartenientes por medio de espías. A cambio de que le entregaran a su teniente, les ofrecieron dinero. Y ya se sabe que los españoles apreciamos más el dinero que la honra. Así que, tras aceptar el ofrecimiento, una noche sus propios lugartenientes entraron en la chabola en la que dormía y le cortaron la cabeza para entregársela al general romano con el que estaba enfrentado…”.

Pues eso. Sí Felipe lo creía así, nadie podrá desengañarle nunca, ni tratar de explicarle la verdad de la historia. Si es que alguien la conoce realmente, tal cual ocurrió, desnudando la parte de leyenda que todo hecho antiguo tiene. Porque, muchas veces, la leyenda es más bella que la propia historia. Y por eso, tan sólo por eso, en ocasiones es preferible quedarse con la leyenda.

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Cuento para cuentacuentos y demás cuentistas

Querido hijo:

Llevo bastantes días sopesando la idea de contarte este cuento. Sé que vas a protestar. Lo sé. Y lo entiendo, pero mi única intención con éste y otros que ya te he contado es que vayas conociendo paso a paso el mundo que te espera. Un mundo muy distinto al que aparece en los cuentos, leyendas e historias que papá y mamá te contamos cada noche. Desde luego cuántos desearían que todos ellos fueran reales, además de los únicos, pues eso significaría que nadie sería más infeliz que nadie y que el mundo es mucho mejor de lo que pueda parecer. Pero no lo es. Nada lo es. Por eso, y aunque sea durante unos minutos, quiero contarte este cuento que, seguramente, dentro de unos años no sólo entenderás, sino que también me agradecerás.

En los últimos días, mientras cenamos, habrás visto y oído en la televisión que la gente de fuera está muy nerviosa con lo que se está cociendo en este país. La gente de fuera tiene miedo de que nos pase lo que ha sucedido con Grecia o Irlanda, que son países que, como nosotros, forman parte de una unión de estados llamada Unión Europea que, según quien te lo cuente, es buena para muchas cosas y mala para otras tantas. En este caso, esos dos países han tenido que recurrir a los demás porque, en un caso, los que mandan allí, en Grecia, han gastado y dilapidado todo lo que se puede dilapidar y más, o han falseado sus cuentas ante los que forman parte de esa unión. Y se han visto con la soga al cuello, por lo que han pedido ayuda a sus amigos los de la unión. Y estos amigos han dicho que sí, que les van a ayudar con el dinero que les haga falta pero a costa de bajar sueldos y subir impuestos a los de siempre, o sea, a gente como mamá y como yo mientras los culpables siguen ahí, con más cara que un saco de sellos de correos. Lo de Irlanda ha sido peor, porque los que mandan allí decidieron rescatar a los culpables de sus males, los bancos, que se dedicaron alegremente a financiar casas, y más casas, y muchas más casas con el dinero de todos. Y ahora se han dado cuenta de que con ese dinero, con el suyo, no tienen ni para empezar, pues tal ha sido la desmesura de sus bancos, por lo que no tienen más remedio que reclamar dinero a sus amigos para que la cosa no vaya a mayores. Y ¿quiénes pagan todo eso? Efectivamente, los irlandeses como mamá y papá. Y también sus políticos siguen ahí, como si nada; que si convocan elecciones o no, si se van antes de que los echen o buscan una salida digna y sin que se les note demasiado.

Y aquí… Bueno, lo que se dice aquí, el miedo de nuestros amigos viene por las dos partes. Tienen miedo de que debamos más de lo que ingresemos, pero que mucho más. Porque aquí gastan todos hasta por dos y por tres pero sólo ingresa uno y, claro, no se sabe realmente cuánto se debe y hasta cuándo se va a deber eso. Y, por otro lado, muchos bancos se dedicaron los últimos años a dar alegremente hipotecas, como hicieron con papá y mamá, o a financiar la construcción de casas y más casas que ahora no se venden. Y claro, los de fuera, nuestros amigos, dicen que no nos prestan más dinero. Y si nos lo prestan es devolviéndolo pero mucho más caro. Tanto, que creen que no lo vamos a poder devolver y por eso, todos nerviosos, quieren que nos pase como a Grecia o a Irlanda. Con lo que ello supone para papá, mamá y para todos los que vivimos en este país.

Dirás que aquí quién es el culpable. Lo somos todos, hijo. Los bancos por dar dinero tan alegremente y por financiar a diestro y siniestro la construcción de más y más casas; nosotros por comprar esas casas por precios que no se correspondían con la realidad, pero como nunca iba a pasar nada todos éramos felices y la vida era de color de rosa;  y los políticos, que siempre callan la verdad y pasean la mentira con tal de mantener su chiringuito a costa de los demás.

Así que, hijo, este país navega a la deriva hasta que, si es así, nuestros amigos de fuera vengan de verdad a ayudarnos y entonces todo sea real. Tan real como este mundo en el que nos toca vivir y tan diferente de tus cuentos, sencillos y tiernos, que son los que aún te han de entretener durante algún tiempo. Si eso ocurriera, ya te lo contaríamos mamá y papá con más detalle pero, mientras, disfruta de ellos, hijo, porque el resto de cuentos, como éste y otros que te he contado, los padeceremos los demás con el sueño de que, algún día no sean más que eso, cuentos, y tú nunca tengas que vivirlos ni contarlos a tus hijos.

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Lecturas: El hombre que mató a Durruti

El pasado viernes mi colega y amigo Pedro de Paz nos regaló una impagable velada en la que presentó en Madrid  su última creación: ‘El hombre que mató a Durruti’. Impagable por varios aspectos: una preciosa librería que no tenía el gusto de conocer (Estudio en Escarlata); un presentador que embaucaba con su voz y sus conocimientos sobre el tema (Jorge Díaz); unos familiares directos de uno de los protagonistas de la novela (José Manzana), con múltiples sorpresas y anécdotas acerca de cómo es la vida de un exiliado; y un tipo que escribe como los ángeles. Y que, además, en las cortas distancias gana. Y mucho. Ese tipo es Pedro de Paz. Y la novela en cuestión, la ya mencionada ‘El hombre que mató a Durruti’.

Curiosamente, su última novela es la primera. Se trata de la reedición de la obra con la que obtuvo el Premio Internacional ‘José Saramago’ 2003, y que tantos elogios recibió por parte de la crítica y de los afortunados, pocos, lectores que pudieron leerla, dada la testimonial edición lanzada ex profeso. Por ello, ha sido ahora la editorial Aladena la encargada de reeditar esta novela que tiene muchas e interesantes sorpresas por descubrir. Y eso hay que agradecérselo. El tipo, como digo, escribe como pocos; te atrapa con la manera de contar las cosas, tan particular, tan propia; y, además, es un tío íntegro, de los que suelta a la cara lo que piensa en cada momento. Rara avis, sin duda, pero de agradecer y reconocer.

‘El hombre que mató a Durruti’ narra las pesquisas de Fernández Duran, un antiguo miembro del cuerpo de vigilancia de la policía gubernativa y comandante del ejército republicano en 1937, momento en el que tiene lugar la historia, y de su compañero en este trance, el teniente Alcázar. Su misión no es otra que averiguar quién mató al mítico líder anarquista Buenaventura Durruti, fallecido en extrañas circunstancias unos meses antes, en noviembre de 1936, en el frente de la  Ciudad Universitaria de Madrid. Los acontecimientos, avatares de la investigación e interrogatorios a los personajes que, de una forma u otra tuvieron protagonismo en el incidente, propiciarán una conclusión tan inesperada como inquietante.

La novela, que se lee de una sentada (algo más de 80 páginas), ofrece interesantes valores que la convierten en una acertada lectura tanto para los amantes de la novela negra y policiaca, como para los adictos a la novela histórica. Unos y otros no se sentirán defraudados. Para los primeros, Pedro de Paz ofrece una novela en la que, según sus propias palabras, rinde un homenaje a Sir Arthur Conan Doyle. Y a fe que lo logra. Los dos personajes que, a modo de Holmes y Watson, van desentrañando la verdad del caso al que se enfrentan, despejando el polvo de la paja y quedándose con los ingredientes que propiciarán una solución tan inimaginable como certera; una trama rápida, cohesionada y poco dada a efectismo y juegos de artificio; y unos diálogos precisos, bien diseñados y tejidos de tal forma que, sin darte cuenta, te conducen a esa conclusión que, aún hoy en día, y siendo la más plausible de todas para explicar porqué y de qué manera murió Buenaventura Durruti, es motivo de peleas y de enfrentamientos dialécticos entre estudiosos del tema e historiadores. Mientras, para los lectores de la novela histórica se trata de una obra que analiza y cuenta al detalle un hecho tan puntual como importante dentro de uno de los episodios fundamentales de nuestra historia, como es la Guerra Civil. Y lo hace de manera sencilla, que no vacua, ágil y rápida que se hace corta. Tan corta que uno se queda con la sensación de querer y necesitar más. Unos y otros llegarán a un final tan sorprendente como sorpresivo, original y espectacular a la vez. Un consejo: no perder de vista en ningún momento los certeros interrogatorios que realiza el comandante Fernández Durán ni los comentarios de algunos de los interrogados. La respuesta la hallarán al final de la novela.

Para los que se hayan quedado con ganas de más, la obra incluye un ensayo con datos biográficos y aspectos reveladores de la investigación realizada por Pedro de Paz, tanto en el momento de su escritura como tiempo después, por curiosidad o afán de conocer más acerca del personaje, y que enriquecen esta reedición de ‘El hombre que mató a Durruti’.

‘El hombre que mató a Durruti’.

Pedro de Paz.

Editorial Aladena

Precio: 14 euros.

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Estampas: mirador de San Nicolás

El viajero tiene metida en la cabeza una imagen. Y quiere verla con sus propios ojos. Por eso lleva unos cuantos minutos por el granadino barrio del Albaicín ascendiendo empinadas cuestas que le llevan por enrevesadas calles y recoletas plazas de no menos evocadores nombres: Paseo de los Tristes, la calle Calderería Nueva… Sube tarareando una canción, la misma que le permitió conocer este lugar hace muchos años. De inglés anda lo justo, pero se la sabe de memoria. Habla de unas chicas en Viena, de candiles húngaros y de disfraces de río con los que bailar un vals en Viena. Habla de un pequeño vals vienés que compuso Lorca, quién si no, y al que Cohen, don Leonard, pues para el viajero es Don Leonard, puso música. Don Leonard quiso grabar el video de dicha canción, a la que tituló ‘Take this waltz’, en Granada, recorriendo todos los lugares que huelen a Lorca. Y es esa imagen de Don Leonard cantando desde el mirador de San Nicolás, en Granada, es lo que le impulsa a conocerlo.

Porque la vista le impresiona, casi le sobrecoge; porque contemplar la Alhambra al atardecer y al anochecer es algo que toda persona debería hacer, al menos, una vez en la vida; porque pocos pueden evitar acordarse de lo más sagrado, una y otra vez, mientras ve cómo el sol tiñe las nieves con una luz especial antes de acostarse en el enrojecido horizonte. Al atardecer para comprender mejor su nombre, el castillo rojo. Claro que dicho así, decepciona. Mejor contemplarla recordando porqué los árabes la llamaron ‘qa’lat al-Hamra’. Y al anochecer… ¡Bendito sea Dios al anochecer!

“Hay un ático en el que los niños están jugando”, canta Don Leonard. Quizá Lorca lo llamara así. Un ático erigido sobre seda verde, en lo alto de la colina de al-Sabika, con sus luces de guirnalda, torres, tejados y ventanas. Eso debió pensar Mohamed ben Al-Hamar, quien dio esplendor a esta maravilla que el viajero, y todos los que le acompañan en este momento contemplan sin pestañear. Dónde podía residir el primer monarca nazarí si no en un lugar como éste. Con calma recuerda todas las ampliaciones acometidas por sus sucesores, que para eso ha tenido la osadía de informarse antes de ver lo que quiere ver: la reforma de la alcazaba y de los palacios, la ampliación del recinto amurallado, la Puerta de la Justicia… Hasta el Patio de Los leones. Obras de Yusuf I y Muhamad V. Aunque no todo esté a la vista. Pero lo sabe, que ya es bastante. Por eso entiende las lágrimas de Muhamad XI entregando las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos. Al que vinieron en llamar Boabdil ‘el Chico’, le tuvo que sentar como una patada en la entrepierna perder esta maravilla. Aunque el viajero cree, como casi todos, que lo que le rompió el alma fue dejar de contemplarla para siempre jamás. El viajero hubiera hecho lo mismo. O alguna otra locura. Quién no estaría dispuesto a hacerla con tal de no perderlas.

Anochece ya cuando el viajero contempla la Alhambra iluminada. Al fondo, Sierra Nevada teñida de blanco. Como si la misma nieve descendiera ladera abajo y hubiera impregnado cada una de las ventanas de esa monumental fortaleza. Mira hacia atrás y se encuentra solo. El silencio le invita a marcharse con pesar, siempre con pesar, pero con una imagen que, ciertamente, vale más que mil palabras. Y recuerda que Don Leonard, y Lorca, tenían toda la razón del mundo; él, el viajero, también estaría dispuesto a enterrar su alma en un álbum de fotos junto a las fotografías, todas las que ha recogido de la Alhambra, y al musgo; estaría dispuesto a caer rendido ante su belleza; y aunque no tenga ni cruces ni violines, se dejaría llevar en su baile por los estanques de sus muñecas. Todo con tal de caer rendido a sus pies.

Todo, como repite Don Leonard, con tal de bailar un vals con ella.

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Llega el circo, llega el circo…

Más bien empezó anoche. En Cataluña. Con pegada de carteles incluida. Como Dios manda. El circo electoral. Y nada menos que hasta el 2012. Todo seguido y sin anestesia, que duele más. Locales y autonómicas, generales, elecciones a presidente de comunidad… Una juerga, vamos. Quince días, que es lo que suelen durar estos saraos, durante los cuales los que los que mandan, los que son unos mandaos o dicen mandar bajan a la tierra y reparten folletos, besos, caricias y lo que se les ponga por delante con tal de cazar un voto. Y es que, cual Ricardo Corazón de León, se da lo que haga falta por un voto. Faltaría más.

Pasa que la gente está cada vez más harta y, por consiguiente, con ganas de cuerpo jotero. Y en Cataluña, más. Y los hay que lo hacen sin tapujos, con un par. El caso del CORI, un partido con base en Reus cuyas siglas juegan con la patrona de dicha localidad, la Virgen de la Misericordia o Cori; cuyo cabeza de lista se casó a lo Elvis Presley con una alemana; y que cuenta con otros cabezas de cartel del calibre de Carmen de Mairena como número 2 por Barcelona, o el Pirata el del Gorro como número 3 en la misma localidad.

Pero, agárrense, que las curvas empiezan a ponerse peligrosas. El programa electoral no tiene desperdicio. A saber: plantar marihuana en todas las zonas verdes, instalar coffee-shops, legalizar la prostitución, crear follódromos públicos o que los políticos pasen por un polígrafo para detectar sus mentiras. Item más: vehículos oficiales de color rosa y con asientos de leopardo, aparcamientos y autopistas gratis, más cabarés y salas de fiesta, más comedores sociales para los indigentes, más porno en catalán o limitar los mandados a dos como máximo. Sí señor, más anchos que la muralla china.

¿Frikismo? ¿Publicidad gratuita? Ariel Santamaría, líder y fundador del partido, ha afirmado que el coste de la campaña electoral se elevará hasta la escandalosa cifra de 1.000 euros, recogidos de la venta de lotería y las cuotas de sus 5o afiliados, procedentes en un 80% de Reus, y que pagan un euro al mes. Más payasos, que son pocos, dirá alguno. En efecto, pero estos, por lo menos, salen baratos. El CORI se presentó por primera vez a las elecciones locales de 2003 “para reírnos”, según Santamaría, con una inversión de 300 euros. Resultado: 1.348 votos (Reus cuenta con cerca de 90.000 habitantes). Cuatro años después, tras un periodo de ajuste y reactivación, obtuvo 1.831 votos y un concejal, el propio Santamaría, martillo y azote del alcalde de la localidad, Lluís Miquel Pérez.

Santamaría declara que su partido recoge el voto de la abstención y de los rebotados, “que hace más daño que no votar o hacerlo en blanco”. Y tiene más razón que un santo. Al menos, humor e ironía en un mundo deshumanizado, mentiroso hasta más no poder y desfasado; cada vez menos apegado a la realidad y que genera mayor repulsa y hartazgo. Una propuesta divertida que no pasará de eso. Por fortuna o por desgracia. Claro que mejor esto que cualquier salvapatrias con sueños visionarios capaz de convencer a cualquiera sin dos dedos de frente con tal de llegar al poder. Y de eso, la historia está llena de ejemplos. A cada cual más terrible.

Por cierto, para el que esté interesado, el CORI iniciará su campaña hoy en el Circol de Reus con un acto en el que también participará, amén de su líder y fundador, la ya mítica Carmen de Mairena.

Como para perdérselo.

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Por el placer de ver TEATRO

 

Por eso mismo. Porque no es un género que uno frecuente. Por descubrir si todo lo que te cuentan de una obra, en este caso, ‘Por el Placer de volver a verla’, es cierto o no. Por adivinar si realmente él, Miguel Ángel Solá, es tan bueno como aparenta ser y ella, Blanca Oteyza, se come las tablas. Por entender que una y otra realidad son ciertas.

Por quedarte boquiabierto ante un monstruo de la escena como Solá, capaz de hacerte pasar de la carcajada y de la mueca feliz, abierta y sincera, al sobrecogimiento y al llanto. Por contenerte y no saltar al escenario para preguntarle al tipo cómo carajo es capaz de hacer esas cosas con una facilidad tan aparente que te deslumbra, aunque tras ella haya mucho, pero que mucho trabajo. Por contemplar lo feliz que es sobre el escenario, dirigiendo, sincronizando, conduciendo el ritmo de la obra con la mano de quien sabe que está ante amigos y que a ellos nunca podrá engañarles, porque a los amigos se les emociona, se les hace reír o llorar. Pero nunca se les engaña.

Por deleitarte con Blanca Oteyza, su alter ego. Tan inmensa, sin techo ni límites. Por reconocer que ha llegado a un momento en el que es capaz de replicar a Solá, que es mucho replicar. Por caer rendido ante su gracia, desparpajo, expresiones y cambios de reacción. Por no levantarte del asiento y espetarle, a voz en grito: “¡Dios, pero ¿tú sabes lo que estás haciendo?”! Por quedarte esperando su próxima salida, siempre mejor que la anterior, pero no que la siguiente.

Por no entender cómo es posible que Solá y Oteyza tengan un reducto tan limpio, pero a la vez tan pequeño, mientras la mediocridad se extiende a su alrededor. Por reclamar esos espacios para volver a encontrarte con la esencia de las cosas, tan sencillas y difíciles de hacer. Por emocionarte sabiendo que para hacerte pasar un buen rato tan sólo es necesario dos personas con ganas de eso, sin más alardes que ellos mismos.

Y que todo te lo agradezcan con un sincero, casi humilde, “gracias”.

Por darles las gracias. Por todo.  

Y por el placer de volver a verles. Cuanto antes si es posible, por favor.

Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza representan “Por el placer de volver a verla” en el Teatro Amaya de Madrid.

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Otra muerte de un hombre de verdad

Si hay algo o alguien, allá donde sea, que se haya propuesto retirar de este valle de lágrimas a hombres de verdad, lo está consiguiendo. A la perfección. En pocas semanas, a lo sumo meses, han desaparecido José Antonio Labordeta y Manuel Alexandre. Ahora, Marcelino Camacho. Su muerte me cogió por sorpresa allende los mares, en la tierra hermana argentina. Fue un flash rápido en medio de una vorágina veloz, sin pausa. Pero un flash de los que deja huella. Como el personaje.

Se podrá estar o no de acuerdo con sus ideales y postulados; con sus pensamientos y sus sueños; con la manera de ser y sentir la defensa de los derechos de los demás en un momento en el que sus defensores sólo se defienden a sí mismo, que ya es bastante. Pero nadie puede negar su integridad, identidad y pasión, tanto en los años de presidio, tiñendo con su clara voz las bóvedas de la Cárcel de Carabanchel, como en los momentos en los que el trabajador, los trabajadores, eran su denuedo e impulso. Su fuerza de ser y existencia. Su desvelo.

Años pasados y figuras pasadas, añoradas en unos casos y denostadas por otros. Pero íntegras. Fiel a su compañera de toda la vida, a sus amigos, a sus jerseys de cuello alto. A su vida. Si una vez confesó que había luchado, ahora se ha ganado el descanso merecido tras tanto batallar. Es de ley. Y merecido.

Marcelino, los que hoy quieren parecerse a ti no saben se duelen de no haber hablado contigo lo suficiente, pues no tienen ni idea de cómo hacerlo. Y mucho menos de cómo conseguirlo. Bastante tienen con lo que son. Que no es poco.

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