En homenaje a un hombre

Suele pasar. En este país somos así. Afortunadamente, y en este caso, se rompió la tradición y, ya en vida, se le reconoció su inmensa trayectoria como actor. A Manuel Alexandre se le ha catalogado de todo tras su fallecimiento. Y razón no le falta a ninguna opinión. Pocos actores llenaron la pantalla con una presencia tan sencilla, tan frágil… Tan natural. Pues ése, y no otro, es el gran papel del actor: la naturalidad. Ser como eres, inculcarlo en cada papel, en cada representación. En todos los órdenes de la vida. Mi colega y amigo Pedro de Paz cuenta en su blog una anécdota que viene ni que pintada al caso. Seguramente sea una de tantas, pues en tan larga vida se sucederían una tras otra. Por fortuna, a Manuel Alexandre se le reconoció en vida su trayectoria con un más que merecido Goya de Honor. Un premio a un personaje fiel, a un secundario de lujo, a un escudero que supo hacer más grandes, si cabe, a los actores, de lo mejorcito del cine español, que se apoyaron en él para enriquecerse personal y profesionalmente. En cada película. En cada momento de su vida.

Personalmente, me quedo con su interpretación en esa inclasificable joya que José Luis Cuerda decidió rodar en Albacete en 1988. Aquella película, ‘Amanece que no es poco’, pasó sin pena ni gloria por las carteleras de cine. Hoy, es una película de culto; posiblemente, la mejor muestra de humor inteligente y surrealista que nunca se haya rodado, ni se ruede, en este país. En ella, Manuel Alexandre dejó varios momentos inolvidables para la historia del cine. Dos de ellos, realmente sobrenaturales: la discusión sobre la fe con Cassen y el pregón en la plaza del pueblo.

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Y con ellos quiero recordarle y homenajearle. Aunque, a estas alturas, y esté donde esté, seguramente rezongue ya algo harto de tanta palabrarería regalada. El, poco amante de los homenajes y de los reconocimientos. Que le vaya bien, Don Manuel. Ha sido un gustazo.

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El hombre que mató a Durruti

Quien lo quiera saber, que vaya a una librería, centro comercial o, como diría el gran Alfonso Arús, a la tienda donde venden libros, y que adquiera el ejemplar que lleva el mismo nombre. ‘El hombre que mató a Durruti’ es la ‘nueva’ novela de mi colega y amigo Pedro de Paz. Y digo lo de ‘nueva’ porque se trata de la reedición, ampliada y revisasa, y para eso Pedro es exquisito y pulcro hasta niveles insospechados, de la obra ganadora del Premio Internacional de Novela Corta ’José Saramago’ de 2003. La obra tuvo en su momento una excelente acogida y, sobre todo, se ganó los encendidos elogios de autores como Lorenzo Silva, Jorge Díaz, Jerónimo Tristante, Javier Puebla o Montero Glez, entre otros. Incluso, llegó a ser traducida el inglés en 2005 y publicada por el sello editorial ChristieBooks de Stuart Christie, referente histórico del anarquismo europeo. Sin embargo, al tratarse de una obra premiada, la edición sé esfumó en un pis pas. Ahora, y gracias a la editorial Aladena, volvemos a tener la posibilidad de releer la opera prima de Pedro de Paz.

La novela recrea el hecho histórico y las vicisitudes que rodean la misteriosa muerte del líder anarquista Buenaventura Durruti con una lectura frenética, envuelta en un alarde documental preciso, extenso y pulcro, como todos los trabajos de Pedro de Paz. Como valor añadido, incluye un interesante epílogo con nuevos e inéditos datos investigados por el autor referentes a la muerte y trayectoria del citado líder anarquista. Una obra de referencia para los amantes de las novelas policiacas, y para los que estén dispuestos a que un libro les abofetee la cara tantas veces como ellos deseen.

‘El hombre que mató a Durruti’, de Pedro de Paz, saldrá a la venta en noviembre y será presentada de manera oficial el día 19 del mismo en la Librería Escarlata de Madrid. Para los más impacientes, el autor hará una ‘premiere’ el próximo 23 de octubre, a las 13:00 horas, en el transcurso de la 3ª edición del festival de novela negra ‘Getafe Negro’, que se celebrará a partir de la próxima semana en Getafe (Madrid).

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Cuento para cuentacuentos y demás cuentistas

Hola de nuevo, hijo. Hace tiempo que no me decidía a contarte uno de estos cuentos que tan poco te gustan. Sí, ya sé que prefieres los tuyos, los de toda la vida; esos que te cuenta mamá cuando estás enfermo o los que narra papá antes de dormir, y que tanto te gustan. Pero papá también quiere que vayas conociendo el mundo que te espera. Por fortuna, y al menos lucharé para que así sea durante muchos años, no te enterarás de algunas de esas cosas que tanto nos preocupan a los mayores, pero sí es bueno que te suenen, que las tengas ahí, en tu cabecita. Y que sepas que vivimos en un inmenso país, tan grande que en él cabe todo lo bueno y todo lo malo, donde viven las gentes más maravillosas y las más desagradables y evitables. No te preocupes, con los años lo entenderás y las conocerás.

Hay en este país una mujer que es muy famosa y sale todos los días en la tele. ¿Que qué ha hecho para ser tan, tan, tan famosa? Liarse con un torero, tener una hija con él y, a partir de ese momento, ser lista y crearse una imagen y una carrera que le dan para ganarse la vida muy bien. Mejor que papá y otros muchos como él. La mujer, inteligente, lo que se dice inteligente, no es. Papá contó hace tiempo alguna de las cosas que esta mujer dice en la tele. Y le pareció tan aberrante lo que dijo que no se asustó, pues la conoce y sabe como es. Y mucha gente que ve la tele disfruta con esos espectáculos, y hasta disfruta con ellos.

Ella es feliz, vive bien gracias a ello, la gente se olvida de sus problemas por un momento y la televisión que la contrata gana dinero, que es su principal objetivo. Pero ahora, como la cosa de los que mandan está muy revuelta, unas personas han decidido hacer una encuesta, que no es más que recabar la opinión de mucha gente sobre un tema. Y esa encuesta tiene como protagonista a esa mujer, la que se lió con el torero, tuvo una hija con él y ahora vive tan bien gracias a ello. Y resulta que, si ella llegara a presentarse a unas elecciones, la gente la votaría tanto que hasta sería capaz de poner en aprietos a los que mandan tanto.

Esto, hijo mío, da para reflexionar. Y mucho. Primero, el poder que tiene la televisión, que es capaz de convertir a una mujer con poca o ninguna preparación y con menos trayectoria profesional, en toda una estrella, protagonista de programas, tertulias y cuantas cosas se les ocurran. Y, segundo, que la gente pasa bastante, o está muy harta de los que mandan. Harta de que mangoneen lo que quieran o puedan, y más; de que se rían de todo el mundo, o de casi todo el mundo; de sus inmensos privilegios a costa de los que no pueden, ni en sueños, tener la mínima parte de lo que ellos tienen o tendrán en sus vidas; y de que sólo se acuerden de nosotros cada cuatro años, que es cuando te quieren, se afanan y luchar por acercarse a ti para arrancarte eso que buscan con todo ahínco, ese voto, tu confianza, para que puedan seguir chupando del bote durante cuatro años más.

Por eso tanta gente estaría dispuesta a dar su voto a la mujer que es famosa después de liarse con un torero, tener una hija con él y vivir del cuento el resto de su vida. Ella, en un arranque de lucidez, ha confesado que no haría competencia a los que mandan. Y es que, aunque no lo parezca, es muy inteligente; vive bien, no quiere complicaciones y es feliz. Es justo. Pero, y no se lo cuentes a mama, a papá le haría también muy feliz que esta mujer reconsiderara su postura y decidiera presentarse a unas elecciones. Por lo menos, el voto de papá lo tendría. Ya sabes que papa, o no vota, o lo hace al primero que pilla. Y, en este caso, la opción le atrae. Porque se la imagina en el congreso, ese sitio donde se reúnen los que mandan cuando quieren, pues el resto del tiempo está vacío, a pesar de lo que cobran, haciendo callar a todo el mundo; porque la ve repartiendo estopa a diestro y siniestro, diciendo su verdad, que no es ni mejor ni peor que la de los demás, si no su verdad, haciendo enrojecer de vergüenza a todos los que ni la sienten ni la padecen al referirse a los que gobiernan o mandan. Seguramente acabaría como todos ellos, pues parecen una peste, que contagia todo lo que toca, y salvo los que son muy listos y deciden darles un portazo, el resto caen rendidos a sus encantos. Pero qué más da. Con tres o cuatro de esos buenos momentos papá sería feliz, muy feliz.

En fin, hijo, que ya es hora de dormir. Arrópate bien, que viene el frío y como te resfríes no podrás ir al colegio. ¿Cómo que no quieres ir al colegio? Vamos, anda, duérmete. El sueño llega, viene poco a poco. Cerrarás los ojos y cuando te quieras dar cuenta estarás tan dormido nada de lo que existe alrededor te preocupará. Entonces estarás en el mejor de los mundos posibles, el de los sueños. El que nos mantiene vivos y nos libera, aunque sea por un instante mínimo, de este mundo que nos ha tocado vivir.

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Estampas extremeñas: Garganta la Olla

Es noche cerrada. Mire donde mire sólo ve silencio, tejados prietos y piedras durmientes. Porque las piedras duermen, sí. Y hablan también. Y mucho. Eso lo sabe el viajero. Tiene experiencia en lo que hablar con piedras respecta. Por eso ha llegado de noche al destino que ahora lo absorbe y lo inquieta. Garganta La Olla está llena de unas y de otras cosas. Quizás, el pueblo extremeño con más leyendas a cuestas. Lo ha leído y lo comprobará recorriendo sus empedradas calles, que algo le contarán; subiendo sus pinas cuestas y ascendiendo por la hermosa e interminable escalinata que conduce a la iglesia; bajando pasillos y estrechas veredas y puentes junto a las gargantas. Ahora no ve la torre, pero mañana la podrá observar con detenimiento. Le han dicho que es extraordinaria. Y de curiosa historia. Pero el silencio es lo que importa. Sopla el viento. Si alguien debía de romper este momento que sea él, pues también tiene cosas que contarle. Y le dice que él es el que se adueña de las calles de Garganta durante la noche. Tiene por compinche a un fiel compañero, el rumor del agua de fuentes y regueras. El viajero anda con pausa, como si no quisiera molestar a ninguno de los dos en su lento caminar. Ya tendrá tiempo de recorrer el pueblo con más garbo, pero ahora se deja guiar por esos sonidos. Y le acompañan también en su descanso, con la ventana abierta. Por ella entra el viento para jugar con las cortinas. Le da igual. Lo venía buscando, como el que espera saldar muchas deudas.

A la mañana siguiente, con el buche lleno y el ánimo sereno, el viajero se dispone a recorrer las calles. Pero ahora con los oídos bien abiertos. Las piedras, las calles, las gentes… Todos tienen que contarle cosas, siempre interesantes y curiosas. Las primeras le dirán que la villa es antiquísima. Del tiempo de los vetones, había leído previamente. Distintos restos de castros así lo atestiguan, pero también de romanos, árabes y huellas de la reconquista hasta que el linaje de la Cerda la separa de Plasencia. Luego vendrían pleitos, guerras, refriegas y hazañas tan eternas como la propia villa. Historias de la historia que al viajero ha repasado y que conoce, pero que deja de lado para saborear cada uno de sus recodos, lugares y paisajes.

Porque de paisajes Garganta la Olla va sobrada. Sierras, gargantas y montes la asedian hasta reducirla en un pequeño enclave que respira y se hace sentir, despierta y vivaz, entre aguas, agujas y bancales. ‘Ad Fauces’, como llamaban a esta villa en la antigüedad. O lo que es lo mismo, entre gargantas. La más grande es la Mayor. Para qué inventarse nombres, si con el que viene ya tiene bastante. La Piornala es otra de ellas. Una y otra repletas de frías y torrenciales aguas que bajan desde los neveros de las cercanas montañas. Azoteas y bancales llenos de castaños, olivos, frambuesos y frutos del país completan una exhuberante vista que se queda corta ante las maravillas que oculta ferozmente su casco urbano.

El viajero levanta la vista y, camine por donde camine, sobre todo por las calles más estrechas, apenas vislumbra el cielo entre tejados y voladizos. En aquéllas, la luz no es más que un pequeño haz que tenuemente expande su calor y se refleja en las encaladas paredes, como si quisiera atestiguar que existe, aunque los tejados no quieran dejarlo ver. Pero hay tantas cosas por ver y por descubrir… Ayudan a ello los carteles indicativos repartidos por todo el pueblo; indicaciones con la historia de cada monumento o casa, lo cual es siempre de agradecer. El resto, lo pone la imaginación del viajero, que es mucha. Eso le sucede delante del domicilio de los Carvajal, familia de rancio abolengo. Uno de sus miembros, concretamente la hija, Luisa, salió algo díscola para la época. Dicen unos que no quiso aceptar amores impuestos; otros, que los que tuvo nunca fueron correspondidos. La leyenda dirá que, sea por lo que fuere, la muchacha huyó de casa y se refugió en los montes cercanos. Tiempo después se tuvo noticia de una joven que atraía a todo aquel que pasaba por su cueva con su belleza y dulces cantos y, allí, se abandonaban al mayor de los placeres. Una vez satisfecha, los mataba. Incluso, el acervo popular recoge datos tan macabros como que la moza, saciada de amor, también apagaba su sed bebiendo agua directamente de las calaveras de aquellos a los que previamente había matado. Vivir para ver. El viajero admira los voladizos y la balconada de la casa. Y se imagina a la moza, a la que han cantado Lope de Vega, Vélez de Guevara y tantos otros, allí, donde ella vivía, tal cual:

“Allá en Garganta la Olla
en la Vera de Plasencia
salteóme una serrana
blanca, rubia, ojimorena”.

Visto lo visto, el viajero no sabría decir si tiene muchas o pocas ganas de encontrarse con ella. Por tanto, decide no tentar a la suerte y continúa su camino Calle Llana abajo (que, de llana, tiene más bien poco). Antes, decide visitar uno de los rincones más bonitos del pueblo, el Barrio de la Huerta, con casas sostenidas por fuertes y centenarias vigas de madera y cuya visión transporta al viajero directamente a la Edad Media. Tras contemplar tan singular y grata vista, desanda el camino y se dirige a la Plaza Mayor. Pero, antes de verla, tiene que cumplir la promesa que hizo la noche anterior. Y, para eso, no le queda más remedio que subir la gradería, esa empinada y dura rampa que conduce a la iglesia. Pero, a mitad de camino, el tormento le regala una impresionante vista de Garganta, de su calle Chorrillo y de las montañas y montes de la Sierra de Tormantos. La iglesia de San Lorenzo es curiosa, interesante. Iglesia, al fin y al cabo, pero lo que realmente llama la atención del viajero es su torre. Primero, porque se construyó después, es decir, que se añadió al conjunto previo. Y, segundo, amén de su carácter defensivo y la magnífica planta que tiene, le atrae la cruz que corona su azotea. La leyenda, otra más, rememora que fue levantada en honor de los que cayeron atraídos por aquella serrana cuya casa conoció en la Calle Llana. Mujer imponente tuvo que ser, desde luego. Tanto, que a las afueras se le ha erigido una estatua que hace justicia a lo que debió ser un bello rostro y no menos atractivo cuerpo.

Similar o, al menos, buen parecido tuvo que ser el de otras mujeres que aquí pacieron y vinieron para aliviar, divertir y entretener a la soldadesca del otro personaje capital que aduvo por estas tierras, el gran Emperador Carlos V. Cerca de la Plaza Mayor, en el comienzo de la Calle Chorrillo, se encuentra la Casa de las Muñecas. Curioso nombre para una casa de meretrices, con su fachada azul (aunque, en la actualidad, se les haya ido la mano con el color) y su estatuilla de piedra en el dintel. Dicen los del lugar que los soldados entraban en ella sobre sus caballos y que, una vez dentro, elegían a la muchacha en cuestión, todas ellas postradas en una barandilla superior. O que, incluso, desde el mismo caballo, aún en el exterior, podían admirarlas subidas en dicha barandilla. Viejos juegos para los soldados de siempre, para solaz de hombres hartos de guerra y ansiosos de placer; tropas custodias de ese hombre que, unas leguas más abajo, decidiera poner su alma en manos de Dios y abandonar el mundo de los vivos para ingresar en el santuario de la historia.

El viajero regresa, andando por la Calle Chorrillo, a su lugar de origen, que no es otro que el que le ha servido de parada y fonda por estos lares. Antes se recrea con la fuente del Chorrillo, la misma que da nombre a la calle. Y le vienen unos versos que leyó previamente a su venida a la villa de Garganta:

“Si piensas que voy por ti voy

a el Chorrillo a beber,

no voy por ti, ni voy por naide,

que voy porque tengo sed”.

Se echa un trago de agua al coleto y descansa. Cae la tarde y el viento sopla recio, anunciando un otoño que será menos duro que el invierno, aunque también se hará notar en estas tierras. No en vano, traerá consigo hojas doradas, suaves atardeceres y una mirada cálida y embelesada tras el encuentro con una villa llena de encanto y de leyendas. Se marcha de ella pero promete regresar por estas tierras. Quedan muchos caminos y pueblos por recorrer. Y no menos historias que contar.

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Con el alma en la mochila

Querido José Antonio:

Ahora que has cogido tu mochila para realizar tu postrero viaje, es preciso que ajustemos cuentas con este valle de lágrimas que dejas atrás con más de una lágrima en muchos corazones y almas agradecidas. No sé si irás al cielo, al infierno o al limbo. Ni siquieras si oirás las voces que te reclamen para ir al primero, que es donde te correspondería, si es que existe. Eso de ser sordo del oído izquierdo, quizá por ser republicano, no ha de ser impedimento para escuchar a quienes te reclamen, ya sean ángeles cantores, rollizos querubines o la nada. La inmensa y eterna nada, que es aquella que acoge con gusto a los que descreen de cuentos e historias, pero que han crecido convencidos de que todo tiene sentido, hasta el sinsentido.

Dejas atrás un reguero de polvo en el camino de la historia, que diría Ortega y Gasset. Largo o corto, según quién lo mire y cómo te mire. Da igual la historia que sea; la tuya, la de este inmenso país que te metiste en la mochila, la de ese Aragón “que es polvo, niebla, viento y sol, donde hay agua una huerta. Al norte los Pirineos”. Huellas y pasos de una vivencia dura e intensa. Porque eras como todos, “suaves como la arcilla, duros del roquedal”. De haber nacido en la Edad Media hubieran dicho de ti que eras un ser polifacético. De los de verdad. Sí, también te lo decían ahora, en estos tiempos. Pero es que serlo parece un logro. Capaz de conocer y destacar en muchos y variados campos sin desentonar. Cuántos anhelan plasmar su huella en uno solo, por modesto que sea, y dejan su empeño, cuando no su vergüenza, mucha o poca, en lograrlo o se quedan en el intento. Y tú lo hiciste en la música (24 LPs), la docencia (profesor en Teruel y Zaragoza y con algún alumno díscolo a tus espaldas), la poesía y la literarura (decenas de obras y propulsor de ‘Andalán’ en 1972), la política (ese asqueroso lodazal que salpica a cualquiera que se acerca a él, y del que supiste salir con dignidad) o la televisión.

Sí, la televisión. Cuando sorprendiste a muchos, que no a los que ya te conocían y sabían de lo que eras capaz de hacer tras pasear por el Miño y el Bidasoa. Agarraste tu mochila y metiste en ella todo lo mejor de este inmenso país, haciendo caso de lo que dijo tu paisano Gracián, el jesuíta bilbilitano, aquello de que “pero en la monarquía de España, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas, los climas encontrados, así como es menester gran capacidad para conservar, así mucho para unir”. Y lo recorriste mostrándolo tal y como es, por mucho que algunos se empeñen en emponzoñar sus vidas y sus gentes. ¡Ah, la tele! Como aquel episodio que concluías cantando al pie de un acantilado y una buena señora, poco después, y al verlo, te dijo que qué bien cantabas. Y perdonaste su ignorancia, pues la ignorancia, si es ignorante por naturaleza, es tan perdonable como admirable, tras 30 años con la guitarra a cuestas, atada al hombro, como la mochila. Pero es la tele, mi querido José Antonio, la tele. Que te lanza a la fama o te hunde en la mierda, por muchos años a la espalda que tuvieras de cantar por pueblos y veredas, plazas y teatros insuflando algo de ánimo y mucho de sueños cuando a este país le hacían falta bastante de lo primero y todos los segundos. Entonces, con un Canto a la Libertad las voces y los corazones se unían y pedían un imposible por entonces, posible después y real ahora.

Te has ido, querido José Antonio. Aunque nunca te irás. Cierto es, porque ese regusto y esa retranca aragonesa permanecen. Y permanecerán. Tanta y tan guasona como para mandar a la mierda a los de siempre, a esos que mandaron, mandan y mandarán dando la espalda a represaliados, contrarios y olvidados. A ti te lo iban a decir, hijo de un represaliado de la guerra civil. Y tan a gusto que te quedaste. Eso es la política. Y la pudiste conocer. Pero Aragón estaba por encima de todo y bien valía la pena que se escuchara su voz en ese campo árido por el que reptan serpientes y se pasean alacranes mostrando su aguijón venenoso, listo para picar a lo que se interponga en su camino. Y se escuchó. Durante ocho años. Luego a casa. A descansar.

Ahora, ha venido la guadaña y te ha arrancado de ese descanso terrenal para llevarte a otro, dejándonos huérfanos. No sé si será mejor o peor que el que abandonas, eso sólo lo sabrás tú. No obstante, y como te decía antes, siempre estarás aquí. Porque, al fin y al cabo, tú, yo, todos “somos como esos viejos árboles, batidos por el viento que azota por el mar”. Árboles de poderosas y profundas raíces. Y por fuerte que sople el viento nunca se moverán, pues quedan impertérritos y enrraizados en la tierra. En la tuya.

Adiós, querido José Antonio. Hasta siempre. Y que te vaya bien.

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‘El Perdío’

Esta historia me la contaron tal cual. Tan real como la vida misma. Por eso me decido a contarla y a recrearla. Por razones que me reservo, omito el lugar en el que ocurrió y quién fue su protagonista. Sólo haré referencia al apodo con el que, desde entonces, se le conoce. Quien quiera creerla, que lo haga y quien no, también. Cada cual es libre de hacerlo. Sólo sé que quien me la contó lo cree porque así lo vio. Y eso, para mí, es suficiente.

Anochecía. Las tibieblas sumían al pueblo y las escasas farolas apenas iluminaban las solitarias calles. Una brisa fresca, más de lo normal por aquella época del año, que debía ser finales de verano, descendía de la sierra, en cuyas faldas se asentaba el pequeño caserío. El día había sido benigno, apenas sin nubes en el cielo, que se cuajó de estrellas en cuanto el sol desapareció. Un grupo de niños juega en los arrabales del pueblo. La noche empieza a correr. El sonido de las campanas de la torre de la iglesia marca una hora ya demasiado tardía. Suenan voces que los reclaman. Casa por casa. Los niños remolonean. Las voces los apremian y todos, salvo unos cuantos, deciden regresar. Dos o tres, a lo sumo, aún aguantan y deciden terminar el juego.

Llevan más de una hora enzarzados en un pilla-pilla que no tiene fin. Ni sus ganas. Corren por las últimas calles del pueblo y merodean los primeros olivos, plantados sobre bancales que descienden en cascada hasta más allá donde se pierde la vista. Cuando esto ocurre, se guían por la luz, escasa, de una farola que ilumina la entrada del pueblo. A partir de ahí, como si de un negro telón se tratara, la oscuridad ya ha devorado todo. Los niños abusan de sus inagotables fuerzas en carreras que, en algunos casos, dan con sus huesos en el polvoriento suelo, si tienen suerte, o en el empedrado de las calles. Más de uno regresará aquella noche con heridas a su casa.

De nuevo, las voces, las últimas, los reclaman. Ahora se escuchan más nítidas. En la misma calle. Los gritos secos, casi furiosos, convencen a los últimos niños. Regresan con el miedo en sus caras por el castigo que les pueda caer. Algún ¡ay! lastimero resuena en la calle antes de que entren en casa. Sin embargo, un niño se queda rezagado. Le cuesta adivinar el camino de vuelta al pueblo. Ha ido demasiado lejos en su afán porque no le encontraran. Mira a todos lados y sólo ve oscuridad, estrellas en el cielo y una lúgubre sensación que se acrecienta con el paso de los minutos: está perdido. Trata de desandar el camino que lo conduzca al pueblo, pero no lo encuentra. Pisa tierra, recorre senderos y aparta con los pies zarzas y matorrales que dificultan su caminar. Gira los ojos, nervioso; sólo ve troncos retorcidos de olivos y oscuridad. Y una soledad sólo rota por el canto de un mochuelo. Los nervios se han transformado en un sollozo que, en nada, se convertirá en un llanto sin consuelo. Entonces, llora. Está perdido.

Sin saberlo, en el pueblo ya se ha formado un grupo de personas para salir en su encuentro. Sus amigos no saben dónde está. Creen, intuyen, quizá, pero no lo saben. Armados con linternas, baten los alrededores del pueblo sin éxito. Gritan su nombre, si más respuesta que un eco frío. Pero no se rinden. Redoblan los esfuerzos y se internan más allá de los olivares y tierras de labranza que rodean el pueblo. Gritan de nuevo su nombre. La noche refresca conforme avanza pero nadie siente el frío. Salvo el niño, que se rinde y se acurruca al cobijo de un árbol. Junto al tronco encuentra acomodo y se queda dormido. Encoge las piernas, entelerido, y se deja vencer por el sueño a la espera de que llegue el día y encuentre el camino para regresar al pueblo.

En sus sueños, se imagina corriendo hacia él junto a sus amigos. Levanta los ojos y parpadea. El sol le hace daño, pero lo agradece. Hace calor y es feliz. El canto del mochuelo le ha despertado. Ni rastro del sol. Miles de estrellas brillan en el cielo, pero no le transmiten calor y sí un frío que cala hasta sus huesos. Se levanta el cuello de la camisa y rodea su tronco con los brazos en busca de ese calor que tanto ansía. La partida de hombres prosigue la infructuosa búsqueda. No lo encuentran. Y hace demasiado frío ya. Incluso, y aunque no lo dice, alguno duda de que sea capaz de aguantarlo. Lo conoce. Sabe cómo es. Por eso duda.

 Amanece cuando el grupo, muy disgregado, pregona su nombre a los cuatro vientos. El niño, entonces, oye el rumor de las voces, como entre sueños. Pero no lo son. Abre los ojos. La oscuridad ha desaparecido. Y grita al escucharlas cercanas. Los hombres acuden en tropel, unos acertadamente y otros con el rumbo equivocado, pero finalmente lo encuentran. Uno de sus tíos se abalanza hacia él y lo abraza entre lloros. Y le pregunta si ha tenido miedo y frío.

El niño, entonces, los deja helados a todos. Dice que sí, que ha tenido miedo. Mucho miedo. Y frío. Mucho frío. Hasta que apareció una señora. Una señora joven, de bello rostro y blanco vestido, que le tendió una manta con la que lo tapó y que se quedó a su lado mientras se dormía, susurrándole que no le pasaría nada y que, a la mañana siguiente, le encontrarian. Los hombres se miran desconcertados. No hay rastro de la mujer ni de la manta. Pero el niño no tiene frío. Su cara irradia felicidad y una calma que desconcierta a todos. Pero, al fin y al cabo, lo han encontrado y regresan con él a pueblo. Regresan con ‘El Perdío’.

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Sobre coleccionables

Me encanta el mes de septiembre. Lo juro. Debo ser un bicho raro. Pues sí, para qué lo vamos a negar. Y que conste en acta que siento lo mismo que cualquier españolito de a pie que, jurando en arameo, se dirige al curro el primer día de trabajo tras dos semanas sin saber lo que es madrugar, y acostándose, como muy temprano, a la misma hora que el despertador acaba de recordarle que tiene sitio reservado como galeote en su puesto de trabajo. Faltaría más.

Me encanta septiembre porque, como todos los septiembres, es el pistoletazo de salida de los coleccionables. A mi amigo Juanma, quiosquero para más señas, se le ponen los pelos como escarpias cuando llega el momento. Ni que decir tiene que le entiendo y le comprendo. El año pasado me dejé caer por su quiosco y, verdaderamente, era para que se te abrieran las carnes. Para comprar una revista, poco menos que tuve que equiparme como Edurne Pasabán en sus ascensiones a cualquier ocho mil. Piolet por aquí, pisada de crampón por allá y, tras mucho esfuerzo, conseguí pagarle los tres euros que costaba tras dejar atrás lo más granado del fondo editorial.

Y es que, desde luego, estas colecciones son apasionantes. Y picas. Vamos que si picas. Aunque sólo por curiosidad, y por por tener en tus manos la plancha izquierda de la tercera hélice del Titanic. La misma pieza que, 670 entregas después, ni se reconocerá en la maqueta completa. Pero ya has picado. Y hay más; a saber: muñecas de todos los colores, tamaños, materiales y vestimentas; sellos, monedas, billetes y fichas técnicas que aseguran que todos ellos han existido en algún momento determinado de la historia de la humanidad; o la parrilla completa del campeonato del mundo de motociclismo desde que el motociclismo es lo que es. Por poner varios ejemplos, nada más.

Sin embargo, este año hay un coleccionable que me ha llamado la atención. Y mucho. De esos que te hacen preguntarte: “¿A quién narices se le ha ocurrido esto?”. Pues haberlo, haylo. Y el spot televisivo que lo anuncia es de no te menees. La cosa arranca con un pájaro, siento no acordarme de la especie, y un tipo que, de repente, imita su canto con un reclamo. ¿De qué va la colección? ¡Bingo! Reclamos de pájaros. Tropecientos reclamos para salir al campo y llamar la atención de mirlos, golondrinas, totovías y chovas piquigualdas, entre otras especies que alegran sus campos con sus trinos, y que seguramente se ciscarán en la madre del dueño de la cabeza pensante a la que se la ocurrido lanzar esta colección. Al tiempo. Ya veo los campos de este país llenos de aprendices, advenedizos y curiosos con el reclamo de turno intentando atraer a un mochuelo común antes de que éste, con una pachorra de tres al cuarto, se mueva en su rama y mire hacia otro lado disimulando, mire usted, pasando del gachó, por no echarse un vuelecito y obsequiarle con un recuerdo de esos que te entran ganas de soltar el reclamo, agarrar una escopeta de cartuchos y liarse a tiros con el susodicho pajarillo.

Es lo que tiene.

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Tierra de conquistadores

Siempre es un placer compartir mesa y mantel con los amigos. Especialmente si ese amigo es J.V. Serradilla Muñoz. Hace un par de años tuve el inmenso placer de que presentara en el Monasterio de Yuste mi primera novela y, desde entonces, fomentamos una amistad que ha ido creciendo con el paso del tiempo. Serradilla, ya jubilado tras una ardua vida como periodista, sigue pergeñando obras e investigaciones relacionadas con nuestra tierra, La Vera, y con distintos personajes históricos que le han despertado interés a lo largo de su intensa vida como periodista y escritor.

La semana pasada acudi a verle a Collado de la Vera, precioso pueblo enclavado en la cacereña comarca de La Vera en el que abrió hace unos años un negocio hostelero, y donde pace y descansa, que no es poco. Entre charla y charla me desveló la procedencia de un gran camión aparcado en el exterior y que servía para transportar caballos. Su establecimiento fue uno de los elegidos para alojar a los miembros del equipo de producción, en este caso, a los especialistas, que desde hace un mes ruedan por toda la comarca una nueva serie que ya publicita Antena 3, y que no emitirá hasta el otoño: Hispania, la historia de la conquista romana de la Península Ibérica. Que ¿por qué rodar en estas tierras, si Tarraco está a mas de 900 kilómetros de distancia, con el juego que podía haber dado, o en Sagunto o en las tierras más cercanas a Cádiz? La leyenda, que nunca pone de acuerdo a nadie, sitúa por estos lares el lugar de nacimiento, andanzas y aventuras del guerrero lusitano Viriato, vencedor en diversas batallas contra los romanos hasta que tres de sus compañeros, Audax, Ditalcón y Munaro, decidieron cortarle la cabeza y llevársela a sus enemigos, quienes agradecieron su gesto con la histórica frase ‘Roma no paga a traidores’.

A raíz de dicha conversación salió a relucir el, por desgracia, manido tema del atraso extremeño, la lenta burocracia que marchita los sueños de emprendedores y la dejadez que todo lo consume. Y, sin saber cómo, a la luz de Viriato salieron a relucir los nombres de Pizarro, Hernán Cortés, Pedro de Valdivia… Hombres como el mítico guerrero luso, llenos de sueños y de ilusiones, en unos casos, o deseosos de escapar del hambre, de la desesperación y de una tierra sin futuro, en otros. Admirados por unos y detestados, por no decir odiados, por otros. Protagonistas de una de las mayores epopeyas nunca realizadas por el ser humano, como fue la conquista de un imperio más grande de lo que pudieran haber soñado jamás para mayor gloria de reyes, validos y gente con pocos escrúpulos y menos vergüenza. Pero también responsables de las mayores tropelías conocidas en la humanidad y autores de los genocidios más aberrantes, para mayor honra de una corona que languidecía a marchas forzadas, por mucho que, allende los mares, las riquezas no tuvieran fin. Conquistadores, en suma. Hombres con sueños, deseos y ambiciones, que marcharon hacia lo desconocido en busca de un futuro, ya fuera lleno de gloria o masacrado por las envenenadas flechas de las tribus que se negaban a ser sometidas a sus nuevos dueños.

Todo eso nos despertó el recuerdo de Viriato. Luego, un silencio de pesadumbre nos invadió. No tanto por lo que supusieron esos hombres y sus hazañas, sino por el futuro de esta tierra. Quiza sea verde, esperanzador, como ese color que se enseñorea en la bandera extremeña; o negro, como el mismo que también que luce dicha enseña, un recuerdo perenne de lo que fue, no es y, posiblemente, no será. Recordamos al guerrero luso, que luchó por la libertad de su tierra y su sueño nos llevó a aquellos que nunca se atrevieron a imaginar lo que harían y descubrirían. Después, quedamos invadidos por el vacío, por una inmensa desazón en la que la dejadez, la falta de oportunidades y la desmotivación arramplaban con todo y con todos.

Eppue si mouve, dijo Galileo ante la Santa Inquisición, negándose a creer lo que no creía. Aún se mueve, sí, esa tierra extremeña, la tierra de conquistadores. Lo que no sabemos, lo que nadie sabe, es hacia dónde…

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Estampas: San Juan de Duero

“Atad los perros, haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas”.

A primera vista, el viajero, que tiene en mente las palabras de Gustavo Adolfo Becquer, uno de los muchos genios de las letras españolas que se dejaron caer por estas tierras, no puede evitar quedarse boquiabierto. Por lo que ve arriba, abajo, a la izquierda y a la derecha. Arriba, el Monte de las Ánimas, que Becquer inmortalizó en una leyenda. Aunque no se atreve, ni tampoco tiene ganas de hacerlo, dicen los del lugar que en la noche de difuntos el viento arrastra los lamentos de Álvaro, asediado en dicho monte por aquellas que atrapan sin remedio a quienes osan a adentrarse en sus dominios. Sus gritos, según los lugareños, que de leyendas saben un rato, se cuelan por entre los arcos y llegan hasta el Duero, que los arrastra en su fría corriente. No es lo único que arrastra; los gritos y lloros de Beatriz, tras descubrir la cinta ensagrentada que dejó perdida en el monte, y cuya búsqueda encargó a Álvaro, bajan desde el caserío, arriba Soria, y también son arrastrados por el río. Unos y otros nunca escucharán lo que se dijeron pues el Duero, cuyas aguas todo lo llevan, todo lo arrastran, evita que los enamorados sepan qué fue de ellos.

Arriba, el monte de las ánimas; abajo, San Juan de Duero, el motivo de la visita del viajero. A izquierda y derecha, el Duero, que aquí no canta, recita. Lo quedó escrito Gerardo Diego:

“Quien pudiera como tú,

a la vez, quieto y en marcha

cantar siempre el mismo verso,

pero con distinta agua”.

El viajero decide entrar en el monasterio. San Juan de Duero, extramuros la ciudad de Soria, aquella “fría y pura, cabeza de Estremadura”, levantado en la margen izquierda del gran río castellano, que rara vez se asoma a las ciudades, pero con Soria, y también con Zamora, decide hacer una excepción. El viajero contempla maravillado el Claustro, adosado a la fachada meridional de la iglesia y compuesto por cuatro arquerías diferentes. Entiende lo justo de arte, lo que conoce por libros y lo que le enseñaron en sus años mozos, pero se deja llevar por su belleza, que es infinita. Los arcos se entrelazan, se buscan los unos a los otros en una agonía de piedra que los une por toda la eternidad. Mudos testigos del paso de los tiempos, que todo lo apaga y diluye. Los mira una y otra vez, pasa por sus huecos, dobla sus esquinas y los recorre temiendo, y a la vez deseando, que los Caballeros de la Orden de Hospitalarios de San Juan de Jesusalén, quienes levantaron el monasterio, aparezcan en cualquier momento sobre sus caballos. Se detiene. Por un momento, le ha parecido escuchar cascos de caballos. Vuelve a la cabeza, entre miedoso y sorprendido. El momento se desvanece; no eran cascos de caballo. Una lata de refresco, pues algunos son muy desconsiderados a la hora de romper lo que el silencio domina, ha impactado contra el suelo y destroza los sueños del viajero.

A un lado queda la iglesia, sencilla, rural, muy románica. Del siglo XII, le explican. Le sorprende el interior, sobrio, y dos templetes, en los laterales del arco del triunfo, que comunica la nave con la cabecera, y que adosaron los Caballeros Hospitalarios. Una suerte de adornos, seres fantásticos y pasajes bíblicos. Los libros de quienes no sabían leer, pues sólo creían en lo que veían.

El viajero sale de nuevo al exterior. Agradece el tibio sol soriano de otoño que le reconforta tras abandonar la fría y áspera atmósfera de la iglesia. Retorna al Claustro, que venera por última vez antes de marcharse. Levanta la vista y contempla ese monte que las ánimas se apropiaron, según Becquer, para siempre y, después, echa un postrero vistazo a los arcos. No le duelen prendas decirlo pero, tras su tierra, que es la Extremadura, es de los rincones que más aprecia y quiere de esta piel de toro ajada, pero viva.

Conforme se aleja, la arboleda oculta la vista del monasterio. Bajo sus pies, cruzando el puente, el Duero fluye tranquilo. Oye su recitar, pues eso es lo que hacía según Gerardo Diego, y tras una pausa encamina sus pasos hacia la pequeña y tranquila Soria, donde pacerá entre el Collado y la Plaza Mayor, y se dejará caer por el Tubo y Herradores antes de rendir, con la atardecida, el sentido homenaje que se merece el Olmo Seco, esa ruina de árbol a la que Machado, Don Antonio, cantara agradecido:

“¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento”.

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Los Tudor

Es, sin duda, una de las sorpresas de la temporada veraniega. Y ya sabemos todo lo que significa esta época para el que comete la osadía de encender la televisión: bazofia, basura enlatada, afortunadamente con fecha de caducidad, y demás pestiños infumables con los que entretener al incauto que disfruta de sus vacaciones. Y es una sorpresa porque, agárrate, que vienen curvas y son peligrosas, se trata de una serie histórica. Sí, histórica; no de los tiempos de maricastaña, que se vuelve a reponer una y otra vez, como Verano Azul o similiares, sino basada en hechos históricos. Y esa serie es Los Tudor. Y la emite La Primera, en horario de máxima audiencia. Con un par.

Mientras el resto de cadenas se decanta por repetir series con la sana intención de enganchar al que huyó de ellas como del demonio el resto del año; se atreven a programar películas de muy dudosa calidad, tanto argumental como del elenco interpretativo; o van a degüello con lo de siempre, basura por aqui, basura por allá, la televisión pública se descuelga los jueves por la noche con esta serie ambientada en la Inglaterra de Enrique VIII, personaje interpretado por Jonathan Rhys-Meyers. Reúne todos los ingredientes para que se convierta en la mejor elección para el jueves por la noche: historia (que nunca viene mal aprender cosas en esta vida), intriga (especialmente de la mano del Cardenal Wosley, magníficamente interpretado por Sean Neil) o sexo (¡y que no paran, oigan!), por resaltar algunos de sus principales ingredientes, se suceden durante dos horas, una por cada capítulo, para relatar una de las épocas más importantes de la historia de Europa, el siglo XVI. El emperador Carlos V, el rey Francisco I de Francia… Personajes de gran calado en la historia del viejo continente se entroncan en una trama que relata las vivencias, tejemanejes y azarosa vida de un ser tan complicado como fue uno de los monarcas ingleses más significativos, sino el que más.

Para el que no conozca su existencia y lo que dio de sí, que fue mucho, y para el que haya oído hablar de él alguna vez, le recomiendo que siga esta serie que emite la Primera los jueves por la noche. Sobre todo porque, como diría aquel, no se vayan todavía, que aún hay más. Y ese más cuando ya aparecen por el horizonte Ana Bolena y las sospechas que tiene Catalina de Aragón, esposa de Enrique VIII, de una posible petición suya de divorcio… Y más, mucho más.

El que quiera saber más, a ver la serie o, si es un avezado entusiasta de la historia, no tiene más que teclar Enrique VIII en Google y se enterará de quién fue el gachó. Aunque, si te dan la oportunidad de verlo en la pequeña pantalla, como para desperdiciarla…

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