Estampas extremeñas: Guadalupe

 

El viajero, absorto, escucha en la lejanía el sonido de unas campanas. Sus pasos siguen el sendero del corazón de la vieja Extremadura, escondido, casi oculto, entre la cara sur de las Villuercas y Altamiras. Doblan alegres las campanas. Su sonido se eleva, grave, y llena los cielos, limpios, con su tañir imperecedero. Al fondo, la Puebla de Guadalupe, que trata de esconder en su trazado, pero no puede, el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, santuario de la Patrona de esta hermosa tierra y Reina de las Españas.

Aún queda para llegar a su encuentro. Para ello, baja ”en medio de los más espesos y más frondosos bosques que en mi vida he gozado. Jamás vi castaños más gigantescos y más tupidos.  Y nogales, álamos y alcornoques, robles, quejidos, encinas, fresnos, almendros, alisos junto al regato, y todo embalsamado por el olor de perfumadas matas”. Así se lo recomendó Miguel de Unamuno y el viajero, que es respetuoso con los que saben, y se deja guiar por sus sabias palabras, lo hace y no tarda en alcanzar el caserío de La Puebla. Casas que se adaptan al abrupto terreno; paraíso de los adobes, de las maderas y de la piedra; voladizos y soportales que roban la luz del sol para jugar con ella, a su antojo, en un quiero y sí puedo de contrastes y sombras.

Lo que ve, le impresiona. Todo lo observa con ojos casi inquisitoriales, ávidos de belleza, que nunca se cansan de aprehender lo que no se puede aprehender, pues es eterno e inmutable. El Barrio de Arriba, de calles empedradas, plazoletas y recoletas fuentes; el Barrio de Abajo, un mosaico de soportales, pórticos y balcones que se suceden por sus calles viejas y solitarias; o los arcos de San Pedro, el del Tinte, el del Chorro Gordo y el de Sevilla. Le vienen vientos frescos, aromas a flores, variadas, por doquier, y un run run cantarín del agua, que abunda y suena clara. De cuando en cuando, y no lo sueña, le llega el dulce tono de una voz que canta. ¡Y cómo canta! El viajero, de nuevo embelesado, se detiene. Tiene que hacerlo. Oye esa voz y la escucha:

“Que me ronde o no me ronde

yo con él m’he de casar.

Y al otro día de casado

noh pusieron de cenar:

una poca ensalá verde

menudita y poco pan.

Y al otro día siguiente

a misa fue el animal;

por tomar agua bendita,

las manos se fue a lavar,

y al jincarse de rodiya

se le fue…

con grandeh gritoh,

lairán, lairán, lairán…”

Por el Arco de Sevilla, luego el viajero entra en la Plaza. Entonces, se queda callado y quieto. Ni escucha, siquiera, el rumor de la fuente. Levanta la vista y lo ve. Ante sus ojos, el Real Monasterio de Santa María de Guadalupe. Siete siglos de historia y vida lo contemplan. Sabe que en su interior reina la Virgen, ese icono románico que desde el siglo XII despierta la devoción de miles, millones de personas, y que guió a poderosos y a humildes, a ávidos de gloria y a los que escapaban de la miseria en sus lejanas aventuras. De ella se acordaban los conquistadores, espada al suelo, deleitándose de la inmensidad conquistada; a ella se encomendaban los forzados, galeotes y presos que daban con sus huesos en las cárceles del infiel, grande el Mediterráneo, o los que pagaban el castigo de su fe remando hasta la extenuación en los barcos y naves de La Sublime Puerta. El viajero la mira; siente respeto hacia esa diminuta figura negra que tanta pasión despierta y que a tantos corazones llena de esperanza. Aunque quisiera hacer lo mismo, no puede; hace tiempo que cejó en el empeño, pero la respeta y le guiña un ojo con complicidad. Por todos aquellos a los que proteje, que son todos sus paisanos, y muchos más.

Sin embargo, sí que se detiene en sus inmensos tesoros: el museo de libros miniados y de libros corales; las sobrecogedoras pinturas de El Greco, que también dejó su huella por estos lares; el claustro mudéjar con su templete gótico-mudéjar de planta cuadrada; la Sacristía, con sus ocho lienzos primorosamente ejecutados por Zurbarán; la Capilla de San Jerónimo; el Relicario

El viajero sale al exterior. La luz le recibe. La agradece, tras pasar un buen tiempo al abrigo de sombríos muros y de la soledad que le acompañó en su recorrido por el Monasterio. Ya se ha rebasado el mediodía. El sol, en lo alto, derrama calor, que por estas tierras, fuera de la protección de los voladizos y soportales de los Barrios de Arriba y de Abajo, se hace de notar. Le llegan olores de nuevo. Distintos, suaves, placentereros. Aunque se lo hayan dicho, sabe que aquí no se come nada mal. Se piensa meter entre pecho y espalda lo mejor de lo mejor. Por si, a la vuelta, no encuentra el camino y debe pedir a la Virgen sus favores y milagros. Como lo hacían los galeotes. Y más vale tener el buche lleno. Por lo que pueda pasar.

* Foto cortesía de Re-Moto.com.

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Misión cumplida

Mi muy caro Rey:

Me es grato comunicaros que nuestra campaña, aquella en la que tomaron parte vuestros mejores y más leales tercios, ha finalizado victoriosa para los intereses de nuestro Rey. Si muchas han sido las batallas que hemos tenido que librar, más gozoso sabe ahora el triunfo, que libamos como si se tratara de la más dulce de las ambrosías jamás imaginada. Debíais ver, señor, las caras de triunfo de todos vuestros soldados; rostros cansados, sudorosos, pero henchidos de orgullo y de felicidad. Cierto es que la batalla final, la más temida, tuvo lugar contra las tropas de vuestro enemigo Guillermo de Orange, pero puede nuestro Rey presumir de tener las tropas más entusiastas, leales y aguerridas nunca vistas. Si dura fue la contienda, mayor es la recompensa.

No tema, no hubo derramamiento de sangre; ni por una ni por otra parte. Sí una desaforada lucha, un combate sin tregua que cayó de nuestro lado, como debía ser, pues nadie más, sino vuestras tropas, fueron las que más ahínco demostraron, más ganas pusieron y más altas las picas y banderas clavaron. No se trataba de conquistar nuevas tierras con las que hacer más inmensas las posesiones de nuestro Rey, no; se trataba de daros la mayor de las glorias posibles, que no es otra que haceros el Rey absoluto del mundo. Porque sabed que ahora sí que lo somos. Nadie volverá a ultrajarnos ni a faltarnos al respeto; nadie, nunca más, podrá doblegar ese ímpetu que inunda vuestros tercios, si no es en buena lid, en lucha de igual contra igual. Pues sabed, mi señor, que desde este preciso momento nos ganamos el respeto y la gloria para futuras gestas venideras, que habrá muchas por ver aún, Dios lo quiera así y nos permita verlo. Y podremos recorrer cualquier campo, cualquier escenario, por hostil y aguerrido que sea, con la cabeza bien alta y con porte altivo.

Mi señor, nuestro Rey, vuestros tercios os han regalado la gloria, la mayor de las glorias que nunca podríais imaginaros. Yo, únicamente, he querido transmitíroslo.

Escrito y firmado en las tierras del Cabo de Buena Esperanza.

Vuestro, Don Fernando Álvarez de Toledo, tercer Duque de Alba

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Cuento para cuentacuentos y demás cuentistas

Hola, hijo, buenas noches.

La verdad es que no quería volver a contarte más cuentos por un tiempo. Me apetecía más que durmieras con tus sueños y tus ingenuidades. Pero no puedo evitarlo. De vez en cuando, y eso lo comprobarás cuando seas mayor, dentro de mucho tiempo, nosotros, los mayores, no necesitamos más que una palabra, un recuerdo, un comentario, para que se nos despierten los demonios que llevamos dentro. Y ayer, casualmente, a papá lo llamaron para hacerle una encuestra telefónica sobre la situación económica y política. Y, claro, papá dijo lo que pensaba.

De la primera poco más te puedo decir. La cosa va como va. Y punto. Cuándo saldremos de este lío, si salimos, o si nos vamos a hundir aún más, es algo que nosotros no podemos decidir y, por lo tanto, por mucho que opine, lo mismo te va a dar. Sin embargo, de lo segundo, sí que te puedo hablar.

Se suele decir que cada pueblo tiene los dirigentes que se merece. A veces, razón no le falta al dicho. Hay cada cosa por ahí… Y, en lo tocante a lo nuestro, tenemos lo que tenemos, que ya es bastante. Ya sabes que los políticos son, dicen ellos, los que mandan y dirigen este país. Suele ser gente muy preparada, versada en muchas cosas y con una gran visión, la que se necesita para gobernar a mucha gente, como es nuestro caso. Ya aprenderás en el colegio cómo desde la antigua Grecia, donde había gente que sabia, y mucho, y de donde procede casi todo nuestro conocimiento, existía una elite, es decir, los mejores hombres, que se encargaban de dirigir al resto de hombres, mujeres y niños que vivían con ellos. Eso, con el tiempo, fue evolucionando en distintas formas de gobernar, unas mejores que otras, más o menos eficaces, pero, en todos los casos, establecidas para dirigir a miles, millones de personas.

Aquí, en España, hemos pasado por todo. Hemos tocado todos los palos: dictaduras, es decir, que manda uno y todos obedecen; repúblicas, con gobiernos presididos por una figura elegida por el pueblo, es decir, nosotros; o monarquías, que, dependiendo del monarca, o sea, del rey, gobernaban según le fuera el aire a éste, es decir, sin hacer caso a nadie, o como hace nuestro rey ahora, dejando todo el poder a unas personas que son elegidas por todos nosotros, que se encargan de decidir por todos, y quedando él como una figura meramente representativa.

Y, claro, cuando acabó la dictadura, cuando murió ese señor bajito que gobernó este país tantos años sin que nadie se atreviera a toserle, vino la democracia, que es el gobierno de todos. En este caso, el pueblo, nosotros, somos los que elegimos a los que nos gobiernan. Y, durante un tiempo, hubo gente que se dedicó a eso, a gobernar, a hacer el bien. También hubo alguno que se aprovechó, pues listos nunca han faltado, pero la gente estaba contenta: por fin volvíamos a decidir quiénes tenían que gobernarnos.

Pero, de un tiempo a esta parte, a papá, y a otra mucha gente, le da como igual todos esos que gobiernan, o dicen gobernarnos. Creo que me habrás escuchado decir que desprecio a todos y que, por desgracia, tampoco voto, pero respeto a todo el que lo hace, pues hubieron muchos y muchas que murieron para que en este país hubiera libertad y democracia. Y todos ellos sí que merecen respeto y consideración. Los demás, los que se aprovecharon de ellos, sólo desprecio. Y te preguntárás el porqué; pues porque no sé a quién hacerlo. Antes, había distintas opciones, ideas, acciones, hechos… Variedad. Ahora, no hay nada. Bueno, sí: chorizos, aprovechados, listos, muy listos… Los mismos perros, pero con distintos collares, que decía la abuela. ¿Te acuerdas que te dije antes que en la antigua Grecia gobernaban los mejores, los más preparados? Aquí gobierna incluso gente que no sabe lo que es pisar una universidad, la cuna de todos los saberes, y se comportan como si sólo ellos poseyeran la verdad absoluta; gente más preocupada por sí misma, por sus intereses y por quienes les rodean. Más que por los gobernados. De servidores del pueblo, han pasado a servirse a ellos mismos. Y, como comprobarás, raro es el día en el que no aparece en los periódicos uno que dicen que se ha beneficiado de su cargo para llevarse dinero, o bien se ha llevado alguna prebenda tras favorecer a quien le diera la gana… Si tengo que poner la mano en el fuego por alguno, creo que algún dedo me quemaría.

Gente con inmensos privilegios y dispuesta a hacer lo que haga falta para no perderlos. El tío Manolo, que tiene 64 años, está deseando que llegue el año que viene para jubilarse. Y sabe que, tras 37 años de trabajo, de partirse el lomo todos los días, casi de sol a sol, le va a quedar una pensión más que discreta, que a duras penas le dará para mantenerle a él y a la tía Vicenta. Después de toda una vida trabajando, repito. A esta gente, en cambio, les basta ocho años, sí, a esos que ves en el congreso, cuando van, por ejemplo, para tener un sueldo vitalicio, para toda la vida. Un sueldo que ninguno de nosotros verá cuando nos jubilemos, y para entonces, ni siquiera habrá ya nada legislado para pagarnos esa jubilación. Por eso tanta insistencia en que nos hagamos planes de pensiones privados. Que ya ven las orejas al lobo. Y menos mal que nos avisan. Un gesto a agradecer, sin duda.

Y me tengo que callar para no empezar a envenarte la cabeza, que aún eres muy pequeño y hay cosas que no entenderias. Por eso, cuando crezcas tendrás tus propias ideas, aprenderás a ver quién te dice la verdad y quién no. Pero, quizás, también te des cuenta de porqué papá desprecia a toda esta gente, de la que no quiere saber nada. Entonces, serás mayor para decidir por ti mismo qué te interesa. Y espero que aciertes bien, porque te hará falta. Cuídate de aquellos que te prometen el oro y el moro durante quince dias y luego se tiran cuatro años olvidándose de esas promesas, de quienes le votaron y de la madre que los parió a todos, con perdón.

Un beso, hijo, y buenas noches.

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Estampas extremeñas: Hervás

“Malato está el hijo del rey
Malato que non salvaba,
siete doctores lo miran,
los mejores de Granada.
Malato está el hijo del rey
Malato que non salvaba,
siete doctores lo miran,
los mejores de Granada”.

Suena la voz dulce, suave, melodiosa, de una mujer que acompaña en el camino. Las aguas del Ambroz discurren tranquilas a la vera de Hervás. Otras aguas, igual de tranquilas, surcan sus regueras de piedra y funden su canto con esa voz que clama volver a lo que fue suyo. No lo hará; nunca volverá, pero su doliente recuerdo recorre sus estrechas calles y callejuelas. Su cuerpo se separó de ella hace siglos. Mora enterrado en tierra extraña. Extraña porque no es la suya. Su alma, en cambio, está ahí, en esas calles que sí quedaron impregnadas de su luz, dolor y calor. Por toda la eternidad.

Si lo desea, la tonadilla puede acompañar al viajero en su paseo por Hervás, allá en la Alta Extremadura, entre bosques de robles melojos y castaños y bajo la imponente vigilancia del pico Pinajarro. Ejemplo de cientos de años de convivencia entre cristianos y judios. El Duque de Béjar supo ser generoso y tras las persecuciones que tuvieron lugar contra los segundos en diferentes puntos de la Peninsula en 1391, los acogió al tiempo que les permitiá poseer propiedades. Más de lo que pudieron soñar, siendo los tiempos que corrían. Luego vendrían peores.

El viajero levanta la vista y contempla un trozo de cielo azul, limpio. Un trozo apenas, poco más. Es lo que le dejan ver los voladizos que sobresalen de las casas. La luz se filtra por ese exiguo espacio e ilumina tenuemente las sombrías calles de su Judería, quizás la mejor conservada de toda Europa. Aquí se dice todavía aquello de ‘en Hervás, judíos los más’. Tenga o razón el dicho, se llega a la plaza, lugar que era de encuentro entre unos y otros, cristianos y judíos. Desde allí, que cada cual trace su camino según le plazca. El judío, si lo desea, hasta los confines de la villa que marcan el río Ambroz y su Puente de la Fuente Chiquita. El viajero lo imita. En dicho camino, el adobe y el granito se mezclan en una suerte de arquitectura especial, propia, con la madera de castaño, que hay mucha y por todas partes. Los balcones asoman a la calle orgullosos y vigilan sus pasos, internándose por sus calles como quien busca lo que desea encontrar: paz, quietud y sosiego. Si quiere algo más, ya tendrá tiempo de encontrarlo cuando abandone la Judería.

Rabilero, Cofradía… Los nombres de las calles tienen sabor propio. El viajero cruza por delante del número 19 de la calle Rabilero. La tradición oral dice que aquí estaba situada la sinagoga. Se paladean los silencios, sólo rotos, si se aguza bien el oído, por los gritos de los hombres, los sollozos de las mujeres y los llantos de los niños antes de abandonar estas tierras en 1492, tras el edicto de expulsión de los Reyes Católicos. Portugal es el destino para los cuerpos de muchos; su alma, desgarrada, no marcha con ellos, pues se queda en Hervas. Otros, sin embargo, harán votos a lo más divino y decidirán quedarse en estas tierras, en su tierra. Formarán la Cofradía de Conversos, nuevos cristianos de aparencia, judios de sentimiento y corazón. Gente apegada a su tierra. Tan judíos los unos como los otros. Dios lo sabe.

El viajero abandona la judería y llega al Puente de la Fuente Chiquita, la antigua entrada a la villa desde la Vía de la Plata romana. Decide bajar y mojar sus manos en la corriente del Ambroz. El sol ilumina su cara. El agua le trae de nuevo cantos, sonidos y melodías que le devuelven al pasado, a esa judería por la que pena el alma de la muchacha que nunca quiso marcharse. Pasea su pena tranquila, sin prisa. Tiene toda la eternidad por delante. Suena su voz clara y limpia. El viajero la escucha, con las manos dentro del agua y los ojos cerrados. Relajado. Y la escucha:

“Malato está el hijo del rey
Malato que non salvaba,
siete doctores lo miran,
los mejores de Granada.
Malato está el hijo del rey
Malato que non salvaba,
siete doctores lo miran,
los mejores de Granada”.

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Cuento para cuentacuentos y demás cuentistas

Buenas noches, hijo.

Sí, ya sé que esta noche te apetecía más que terminara el cuento de anoche. Pero creo que los tres cerditos pueden esperar. Además, es un cuento imperecedero y siempre te lo podré leer todas las noches. pues te resultará igual de bonito, pase el tiempo que pase. Ya, ya lo sé, me estoy poniendo pesado con los otros cuentos que, de vez en cuando, te explico. Pero lo hago por tu bien, para que, poco a poco, vayas sabiendo en qué mundo vives y qué gente te rodea. Y, como te dije hace dos noches, con el tiempo me lo agradecerás.

Ya sabes que papá no trabaja. Mamá sí, gracias a Dios, pues hasta que a Papá no le empiecen a pagar el paro hay que pagar muchas cosas y los bancos no te regalan la hipoteca, por poner un ejemplo. Y esta mañana se ha encontrado con muchos problemas para ir a trabajar. Mamá tarda bastante en llegar a su trabajo, pero esta mañana unos señores han decidido que ella y otros muchos más entraran más tarde a trabajar, si es que conseguían hacerlo. Esos señores, en todo su derecho, reclaman que no les pueden bajar el sueldo que ganan y, para ello, han decidido protestar. Y como son los que conducen los trenes en los que mamá y otros muchos como ella viajan para ir a trabajar, esta mañana han dicho que no los conducían y que cada cual se buscara la vida.

Como te he dicho, todo el mundo tiene derecho a protestar cuando le bajan el suelo. Papá lo hizo hace un año, cuando le bajaron mucho más el sueldo que a esos señores que conducen los trenes, pero le dijeron que, o aceptaba, o a la calle. A ellos no les van a echar, por ahora. Pero como son los que conducen los trenes, han decidido dejar de conducirlos como protesta. Así, dicen, quieren impresionar a los que les quieren bajar el sueldo, para que vean que tienen el poder y que pueden hacer lo que les dé la gana.  Para asegurar que la gente como mamá fuera a trabajar, tenían que haber conducido algunos trenes. Los que les quieren bajar el sueldo les obligaban a sacar la mitad de los que funcionan todos los días, pero ellos dicen que no, que son muchos,  y que, ya cabreados, no sacan ninguno. Y hasta que ellos quieran la cosa seguirá así.

El problema es que los que conducen los trenes son muchos, pues aparte de los que los conducen están los que venden los billetes, los que limpian los vagones, etc. Mucha gente, como verás. Y esa gente necesita alguien que les represente ante los que quieren bajarles el sueldo. Y ahí está el problema. Esa gentre, hijo, son personas que pertenecen a unas asociaciones llamadas sindicatos. Hace muchos pero que muchos años, cuando la gente moría trabajando, unos señores pensantes decidieron organizarse para mejorar la vida de los trabajadores. Y ganaron poder, y también mejoraron, y mucho, la vida de los que trabajan. Luego, hubo momentos en los que esos señores sufrieron persecuciones por parte de los que mandaban, como ese señor bajito con bigote que se llamaba Franco, que los traía por la calle de la amargura. Y muchos siguieron luchando, cada cual a su manera: unos desde la cárcel, otros desde el exilio, fuera de España, otros desde la clandestinidad. ¿Te acuerdas de ese señor mayor que te presentó el tío de Guadalajara? Sí, ese señor de pelo blanco con jersey de cuello vuelto. Marcelino se llamaba. Pues este hombre luchó mucho para que los trabajadores tuvieran condiciones dignas y pudieran decidir por sí solos lo que concernía a su trabajo, porque el señor bajito con bigote no les dejaba pasar ni una.

Pero, con el tiempo, esos señores ganaron más y más poder, sobre todo cuando llegó la democracia a este país. Y dominaron a los trabajadores, que era lo que querían. Y acabaron llevándose bien con los que más mandan que, encima, les pagan un dinero al año para mantenerlos. Y se meten en las empresas con personas para dirigir a los trabajadores, controlarlos o moverlos a su antojo. Esas personas, lo que son las cosas, son las que mejor viven de todos los trabajadores, porque tienen horas libres que no tienen que explicar, beneficios, etc. y todo ello supervisado por el sindicato. Y, encima, ni les pueden echar, porque son del sindicato. Luego, cuando el sindicato no está contento con la marcha de las cosas, o cuando quiere protestar por algo, les pide a estos señores que azuzen a los trabajadores, que les pongan en contra de la empresa o que se declaren en huelga. Así, pueden seguirle sacando dinero a los que más mandan, y mucho, mientras hacen y deshacen a su antojo en las empresas.

Sí, hijo. Ya sé que papá dice que cada vez hay más gente que les hace poco o ningún caso. Pero por eso he decidido contarte este cuento: para que veas lo que te rodea y para que entiendas porqué mamá se ha tenido que venir andando desde su trabajo hasta el tren esta tarde, mientras uno de esos que se llama sindicalista amenazaba a un compañero de trabajo con represalias por querer volver a trabajar, sujetándole del cuello y a punto de pegarle. Algunos de esos son los que defienden a los trabajadores.

Hazme caso, hijo, nunca te fíes de ellos. De ninguno.

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Cuento para cuentacuentos y demás cuentistas

Querido hijo:

Hoy te voy a contar otro cuento. ¿Que si va a ser como el de la otra vez? Parecido, sí, no te voy a engañar. Ya, ya sé que a ti los que te gustan son los de Pulgarcito, Blancanieves y los Siete Enanitos y parecidos. Incluso los de miedo, esos que te cuenta papá en noches de tormenta. Bueno, pues, aunque esta noche no haya tormenta, ni suenen truenos ni los relámpagos iluminen tu habitación, te voy a contar un cuento que, con el tiempo, cuando tengas capacidad de pensar y de razonar, te parecerá una auténtica historia de miedo. No te preocupes, te dormirás pronto, no me extenderé mucho. Además, caerás en un profundo sueño a medida que te lo vaya contando. Tienes aún por delante muchos años de ingenuidad, de lo cual me alegro. Por eso, sigue siempre los consejos de papá: disfrútalos.

Papá quiere que sepas que hace poco unos que mandan mucho, bueno, en realidad hacen lo que les mandan otros que mandan más que ellos, aprobaron una cosa que se llama reforma laboral. Esto supone, hijo, que papá ahora tendrá más posibilidades de encontrar trabajo, según los que mandan, pues ya sabes que papá se quedó sin trabajo hace algo más de un mes. Y, ¿por qué dicen eso? Porque decían, bueno, se les decía, que costaba mucho dinero echar a la gente que lleva muchos años trabajando. Menos a papá, que aún ni le han pagado por el despido, ni creo que lo hagan. Y, además, también decían que había que flexibilizar el mercado laboral. Esta es una palabra, hijo, que oirás mucho cuando seas mayor, pues vale para muchas cosas. En este caso, viene a decir que, a partir de ahora, al que trabaja, si la empresa marcha mal, como decia el jefe de papá, se le podrá echar mucho más fácilmente, y el jefe le paga una parte del despido y el estado, otra. Y se podrá contratar más fácilmente al que esté en el paro para que pueda trabajar otra vez.

Pero, claro, hecha la ley, hecha la trampa. Ya sabes, como te he contado en otras ocasiones, que hay empresarios muy buenos. Incluso, los hubo. Como el amigo de papá de fuera, que tuvo que cerrar su empresa porque no le pagaban por los trabajos que hacía y, entonces, no podía pagar a los que trabajaban con él y se quedó con muchas deudas, que ahora tiene que pagar trabajando casi de sol a sol y todos los días de la semana. También el tío de Toledo, que aguanta como puede con sus trabajadores, porque llevan muchos años con él y se siente responsable de ellos y de sus familias. Pero hay otros a los que la gente no les importa nada, sólo ellos. Como el jefe que tenía papá. Y por eso lo de la trampa que te decía antes.

Porque eso que te he dicho que se llama reforma laboral permite al que tiene una empresa, en caso de que vaya mal durante un tiempo, echar a la gente que considere oportuna para intentar salvarla. Pero, para eso, hay que presentar unas cuentas muy bien explicadas para que todo sea verdad. Y, claro, los hay que aprovecharán la circunstancias para presentar cuentas que no son verdad, pero como si lo fueran, para echar a los que deseen o los que les sobren. ¿Que cómo se hace eso? Pues como hizo el jefe de papá, que desde años atrás se dedicó a llevarse todo el dinero que pudo, falseó las cuentas, cobró dos veces por el mismo trabajo y, al final, dijo que la empresa no podía seguir adelante y había que echar a gente. Y uno de ellos fue papá. Pues lo mismo. Es lo que toca. Esto lo paga siempre el mismo, o sea, papá y todos los que son como él.

Vivimos tiempos difíciles, lo sabemos, pero también no lo están poniendo difícil para vivir. Y, claro, los que tienen que ayudarte, los que dicen que son los representantes de los trabajadores, no se mueven porque les mantienen los que mandan, y cuando deciden moverse, más por vergüenza que por otra cosa, ven que ya nadie les hace caso, que están hartos de ellos y que sólo quieren trabajar sin problemas. Incluso, dicen que en septiembre quieren hacer una huelga general, lo que viene a significar, hijo, que nadie debería trabajar ese día, según esos señores que defienden a los trabajadores. Pero, como te digo, nadie les hace ya caso y ese día irá a trabajar mucha gente. Hasta papá, si pudiera, con tal de no contentarles, porque a papá esa gente no le pagan la hipoteca con el dinero que les dan los que mandan para mantenerlos, por ejemplo. Y muchas cosas más que entenderás con el tiempo, si es que esos señores que dicen defender a los trabajadores siguen existiendo. En fin…

Ahora duerme. Duerme hijo, aprovecha, tú que puedes. Tus sueños aún son vírgenes y nadie ha entrado en ellos. Sé feliz, no sé por cuánto tiempo. Espero que mucho. Papá, mientras, te irá contando algunos cuentos por la  noche para que vayas viendo el mundo en el que te tocará vivir. Espero que sea mejor que el mío, pero, por desgracia, me da por pensar que no lo será…

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El Tipical Spanish

O, para los que frecuentamos el garito cuando el cuerpo y el tiempo nos lo permiten, y hago uso de la definición porque a mi me da la gana, EL TEMPLO. Así, con mayúsculas, para resaltar su grandiosidad y magnificencia.

De entrada, la grandiosidad queda para otros recintos con mayor énfasis arquitectónico. No es el Madison, Dios me libre, pero en poco más de sesenta metros cuadrados, a lo sumo, que tendrá el garito se arraciman más de 200 almas ávidas de la música cañí por excelencia, como poco; desviados de la causa que rehuyen de lo comercial y que claman por lo auténtico, por las raíces propias de esta desvalida Piel de Toro que tanto une como separa; rostros cariacontecidos al entrar en su interior y encontrarse de bruces con una irrealidad real, desconocida, poco dada al efectismo pero sí a la efectividad. Señoras y señores, la música española de toda la vida, esa de la que renegamos al entrar en la veintena, los menos avezados, y al rebasar la quincena, los más atrevidos, para abrazar corrientes nada autóctonas, experimentales o vaya Dios a saber, que de todo pulula por los universos musicales.

Y es que eso es el Tipical Spanish: un viaje en el tiempo con permiso para experimentar las más brutales y olvidadas sensaciones musicales, con curvas imposibles, aceleraciones de vértigo y un final de viaje demoledor. Da igual que Cogeigen decida cortar el aire acondicionado y sumir a las masas en un infierno de calor y humanidad; da lo mismo la inicial incredulidad ante un tema desconocido, pues, aunque no se sepa quién tuvo las santas narices de perpetrar tamaña osadía musical, la concurrencia la jaela y comparte como si de un megahit se tratase. Que, haberlos, haylos. De otras épocas, lejanas, añoradas, recordadas, pero haylos.

Este es, en definitiva, el encuentro con lo auténtico. Alguno dirá que es el mayor antro de caspa habido y por haber, con permiso de la sala El Cangrejo de Barcelona, que describiré en posteriores entregas. Seguramente, pero estos viajes siderales por el pasado y por la autencidad musical bien valen una sesión en la que tienen cabida, atención, agárrense los machos: Raphael, Los Tres Suramericanos, Olé Olé y Vicky Larraz, Raffaella Carrá, el Miguél Bosé del Paleolítico inferior, Francisco (¡Sí, existe!), Bertín Osborne, Las Hermanas Goggi (demoledor su ‘Bailando’ en pleno éxtasis colectivo), Camilo Sexto (¡Qué decir de ese ’Vivir así es morir de amor, que las voces, ya desgarradas, claman al cielo como un himno), Lolita Sevilla… Tantos y tantos temas, tantas y tantas experiencias que, abruptamente, concluyen con una agradecida y emocionada Lina Morgan conminando a la atronadora concurrencia a abandonar la sala, no sin antes darles las gracias por su asistencia y participación en tal demostración de sonido cañí. Sonido auténtico donde los haya. Lo juro.

Parafraseando a Roy Batty, el replicante Nexus 6 que Rutger Hauer borda en Blade Runner, “yo he visto cosas que vosotros no creeríais”. Desde luego, no he visto atacar naves en llamas más allá de Orión, pero una visita al Tipical Spanish puede dar para más, pero para mucho más. Dónde va a parar…

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Estampas: Cabo Vilán

 

 Al frente, la inmensidad del Atlántico, que en días despejados se funde con el cielo para crear un velo sin comienzo ni final. Es una de las estampas más sobrecogedoras de la Península, en una, ya de por sí, sobrecogedora tierra. Es la Costa da Morte, allí donde lo conocido deja de existir para dar paso a lo desconocido; la antesala de la nada, reinos en los que sólo los valientes se atreven a entrar. Una tierra que penetra en el mar, agreste, dura, y que, a su vez, consiente que el mar la horade, se ensañe con ella muchas millas adentro para crear esos brazos de agua, las rías, en las que vida surgió para quedarse.

Son muchas las estampas que ofrece la Costa da Morte, esa que, algunos, dicen que va desde Muros hasta Malpica, frente a las Islas Sisargas, y otros la extienden más allá de A Coruña, cerca de Cedeira, donde las almas que no lo han hecho en vida acuden en peregrinación, en medio de la bruma, a San Andrés de Teixidó, donde o vas vivo o vas muerto. Una de esas estampas es la de Cabo Vilán, cerca de Camariñas.

Alguno dirá que es un faro más, como tantos otros que jalonan estas tierras; puntos de luz salvadores, ángeles de la guarda de barcos y marineros que miraron, miran y mirarán estas luces para dar gracias a Dios y a la Virgen, si es que regresan a puerto, o las tendrán como referencia para no estrellarse contra estos farallones de piedra. Porque, de eso, en Cabo Vilán, o Cabo Vilano, como lo llaman los del país, saben mucho. No lejos, en el Cementerio de los Ingleses, moran las almas de los que perecieron en el naufragio del Serpent, en 1890. Desde entonces, los barcos ingleses que pasan delante de él gimen por los muertos con sus bocinas. Es la señal de duelo y de homenaje, pero también de respeto. Y por otras tantas naves, grandes o pequeñas, que conocieron el mismo sino. Es la Costa da Morte. ¿Alguien dudaba aún por qué se le llama así?

Respeto por un pedazo de la misma tan bello como asesino. No sólo es la costa; lo es tan bien lo que la rodea. Esas agujas, promontorios y rocas que emergen de las aguas como antesala de la destrucción. La muralla de piedra no lo es más que el Vilán de Fora, que, surgiendo del mar, no avisa, como traidor, de lo que hay detrás de él cuando las brumas se adueñan de todo y de todos. Incluso los piratas, que haberlos también los hubo por estos lares, los llamados raqueiros, supieron sacar provecho de lo que la naturaleza les ofrecía para sus malas artes. Para ello, encendían fuegos en las proximidades del antiguo faro, cuyos restos pueden aún contemplarse, y atraían a los barcos engañados para asaltarlos una vez fueran a estrellarse contra las rocas.

En este enclave se levanta el faro eléctrico más antiguo de España, de 1933, con una curiosa manga que conecta el edificio con el mismo faro para que, en días de temporal, el farero acceda a él sin soportar las inclemencias del tiempo, que son muchas. Quizá aún recuerde la ola de casi veinte metros de altura que en mayo de 2008 levantó las ariscas aguas del Atlántico y las precipitó contra este ingenio que los hombres levantaron para ayudar a quienes osan luchar contra ellas por arrancarles el sustento suyo y de sus familias. Allí, en los días de quietud, se pueden ver pasar los barcos, oscuras manchas de día, lánguidos puntos de noche, que surcan sus aguas, van y vienen, de todas y ninguna parte. Por eso, cuando el sol tiñe con sus últimos rayos el horizonte, pareciera como si la sangre de los marinos subiera al horizonte y lo impregnara con su recuerdo, antes de que la oscuridad lo envuelva todo con su negra y estrellada alfombra. En la Costa da Morte, en uno de sus faros, el de Cabo Vilán.

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La Colina de las Piedras Plancas

Hace no mucho tiempo anuncié en esta página el lanzamiento al mercado de la nueva aventura literaria de mi querido paisano José Luis Gil Soto, La Colina de las Piedras Blancas. Si con su primera novela, La Traición del Rey, alcanzó un éxito considerable y el interés unánime de la crítica, su segunda novela, La Colina de las Piedras Blancas, va por el mismo camino. O más.

La Colina de las Piedras Blancas narra las aventuras y desventuras, y nunca mejor dicho, de un hidalgo toledano, Rodrigo Díaz de Montiel, quien, tras diversas campañas militares para mayor gloria del rey Felipe II, decide embarcarse en ese despropósito histórico que vino a llamarse la Armada Invencible. Con una agilidad narrativa que para sí quisieran muchos otros, Gil Soto nos adentra en la formación de tan inmensa flota, los avatares de la misma desde su salida de Lisboa, tragedias en forma de tomentas y tempestades a lo largo del camino y el combate que terminó con la vida, sueños e ilusiones de miles de soldados. Los restantes, los que tuvieron la desgracia de sobrevivir, y para comprobarlo sólo hay que leer las impresionantes descripciones que realiza Gil Soto, supieron que el infierno del mar no era nada comparado con el que les esperaba en tierras irlandesas, a cuyos acantilados fue a parar una buena parte de las naves que componían la gloriosa armada española.

A partir de ese momento, comienza un impresionante relato que combina la maravillosa descripción de las tierras irlandeses con la de sus gentes, conflictos y realidades, en el que sobresale la imperiosa necesidad de sobrevivir de un hombre y de tantos y tantos compañeros, como él, abandonados a su suerte en tierras indómitas y acechadas por las tropas inglesas, las mismas a las que el propio Rodrigo Díaz de Montiel y otros miles de soldados vinieron a aniquilar en tan arriesgado como mal planificado combate.

Amor, pasión, celos y desgracias, muchas y variadas, se sucederán en los dos años que penó Díaz de Montiel desde su llegada a Irlanda hasta su vuelta a tierras españolas. Páginas en las que se puede sentir la desgraciada vida de las tropas, carne de cañón para mayor gloria de su rey, la amistad y camaradería que preside las relaciones entre los soldados, pero también las traiciones, envidias y rencores. Y un siniestro personaje, Martín Ledesma, al que dan ganas de darle una buena ración de toledana en todo momento. Aunque, como todo en la vida, cada cual tiene su destino…

En definitiva, una preciosa novela histórica que combina una buena y documentada dosis de historia, con una gran descripción de las tierras irlandesas y una sucesión de personajes (Idíaquez, Francisco de Cuéllar, ‘El Carbonero’, Álvaro de Mejía) que ejemplifican lo que fue el siglo XVI: una época de dolor y gloria protagonizada por valerosos soldados que, por encima de todas las cosas, ansiaban defender a su rey y a su patria. Gente valerosa, con honor y agallas, muchas agallas. Las que no tenían otros, en cuyas manos empezaba a la languidecer la grandeza de un imperio.

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Ya no hay más Pelotas

Perplejo. Reconozco que me quedé perplejo tras conocer la decisión de TVE, la ‘televisión de todos’, de no renovar el contrato a la productora de la serie Pelotas. O sea, tras dos temporadas, se acabó lo que se daba. Lo han confirmado sus directores, Corbacho y Cruz. Las razones: su bajada de audiencia. En la televisión pública, que se financia con el dinero de las demás televisiones, tras abandonar el formato publicitario. Por bajada de audiencia. ¿Pero no decían que no les importaba la audiencia y sí una televisión de calidad? Con dos pelotas, sí señor.

Os pongo en antecedentes. Es una serie que se emitía los lunes, hasta este lunes, en la que las vidas y tramas de gente diversa, normal, como la vida misma, giraban en torno a un club de fútbol, La Unión. Un club de fútbol de barrio, de los de toda la vida, sin sus Cristianos, sin sus ferraris, sin sus tonterías. Pero se dejó de emitir este lunes. Y es una lástima, una verdadera lástima. La serie podría gustar más o menos; los guiones seríán mejores o peores, más o menos elaborados y las tramas, facilonas o interesantes, según como lo mire cada uno, que sobre gustos no hay nada escrito. Pero, al menos, era una serie fresca, distinta a las demás. Una serie sobre gente normal, sobre cosas normales, el día a día de gente como yo, como tú y como todos nosotros. Nada de millonarios enseñando sus casas, para que todos nos mordamos las uñas y deseemos tener un muñeco de vudú cerca para desearles lo peor; nada de pijas, pero pijas tontas, tontas, tontas, diciendo que se van a gastar un porrón de dinero, el que un millón de familias de este país no tiene ni para comer ya, en una manicura o un lifting, que desde hace un mes no se retocan el cuerpo; ni de gavilanes, superhéroes caseros y anónimos, ni de amores revueltos tras la Guerra Civil. Nada de nada. Gente normal, vida normal. Pero lo normal no vende. ¡Ay, la normalidad! Asco da, desde luego. Que para vulgaridades ya tenemos el día a día, habrán dicho los lumbreras de TVE. Como para, encima, dedicarle una serie.

Porque, desde luego, sus personajes eran normales. Nada de rubias despampanantes dispuestas a utilizar subterfugios para eliminar a sus posibles rivales en pos del macho de turno, ni potentados que se hacen respetar por todos. Ese Flo, presidente del club de fútbol en el que se basa la serie, interpretado por un inmenso, en todos los sentidos, Ángel de Andrés: tan inmenso, tan mordaz, tan soez. Ese Mejuto con el palillo siempre en la boca, ese Javi, el propietario del bar del club… Gente normal. No vende.

Ni siquiera sus valores: amistad, solidaridad, apoyo, sencillez, familia. ¡Y la vara que se ha dado en este país con lo de la defensa de la familia! Tampoco. No cuela. Las series normales no cuelan. No venden. Venden la que nos enseñan mundos imposibles, ilusos e irrealizables. Mundos en los que podamos soñar con vivir, que nos mantengan alienados. Que nos hagan borregos.

Esos son los mundos que venden. Lo normal nunca vende. ¿Lo han entendido ustedes, señores Corbachos y Cruz?

Pues eso.

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