Silencios

Llevaban un par de minutos sin abrir la boca. Se miraban retándose, uno frente a la otra. Porque decidieron sentarse y hablar.

 
—Tanto tiempo sin hacerlo… —se lamentó ella al comenzar la conversación.
 
Y era cierto. No había empezado a hablar ninguno de los dos cuando los ojos de la mujer adquirieron una tonalidad acuosa que precipitó varias lágrimas por sus mejillas. Lágrimas de rabia, de dolor. Pero también de hartazgo, de repugnancia. A sus cuarenta años aún era guapa. Había sabido cuidarse bien, y un nuevo y reciente corte de pelo dotaba a su pelo castaño, rizado, de una imagen renovada, más joven. A él las canas también lo dotaban de un aire muy atractivo a sus cuarenta y pocos. Y la mirada gris, fiera, que apenas concedía respiro cuando se encendía o se mostraba a la defensiva. Y ahora lo estaba. Lo segundo. Ella lo intimidaba porque nunca la había visto así. O quizás porque nunca la vio así; o se olvidó de conocerla tal y como era. Diez años resumidos en torno a una mesa, las manos de ambos sobre el tapete y el silencio por compañero.
 
a cenando anochecerSe miraban sin decirse nada. El par de minutos se transformó en uno más, y las miradas, traviesas, desviaban su atención al centro de la mesa. Minutos que sucedieron a un diálogo intenso de reproches, de lamentos, de preguntas que sonaban a adiós y de respuestas que pedían una oportunidad más. El reloj colgado en la pared del pequeño salón donde transcurría el encuentro podría decir que así estuvieron más de una hora, en la que se dijeron de todo. Cirugía rápida, si es que todavía querían salvar su matrimonio. Se querían con locura, ninguno de los dos lo ocultaba, pero un inmenso muro los separaba. Un muro compuesto de diversos materiales y en desigual proporción. Un muro grueso.
 
Siguieron mirándose en silencio, pero también desviando la vista al centro de la mesa. Y al quinto minuto en silencio un atisbo de sonrisa asomó por la comisura de los labios de él, que se contagió a los de ella. Una pequeña esperanza, un camino que se podría recorrer de nuevo si los dos quisieran. Por todo lo vivido, por lo sentido y querido. Por tantas cosas que les unían. Minutos de silencio que animaron a la reflexión, cada uno recomponiendo sus ideas, sus pareceres, la manera de ver la vida y de comprender al otro. Valiosos minutos que cayeron en silencio.
 
Se miraron de nuevo al acercarse la aguja del minutero al que hacía quinto minuto. Y también posaron la vista en el centro de la mesa. Las manos de ambos temblaban, sobre todo la derecha. Dedos que tamborileaban, que percutían sobre la dura superficie componiendo una rítmica sucesión de golpes. Más miradas a los ojos, a la mesa, labios que se abrían pero que no decían nada…
 
—¡Mía! —gritaron los dos a la vez.
 
Y se lanzaron a por la última cerveza de las varias que había sobre la mesa, la única lata que aún permanecía cerrada. Que bebieron a sorbos mientras hablaban. El alcohol, que ejerce de poderoso analgésico si se toma en dosis adecuadas. Y los dos se pasaron con la dosis. De ahí el silencio, las miradas, las posteriores risas. Y pugnaron por la cerveza como cuando se conocieron, cuando los días duraban un suspiro y un beso era un tesoro por descubrir. Cerveza que ella abrió y bebió hasta que él la detuvo para besarla. A ese beso, largo y demoledor, le siguieron otros de parecida intensidad camino del cercano sofá.
 
Donde las miradas, antes frías y silenciosas, ardieron más que cualquier palabra que osaran articular.

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