El sabor de la muerte

—La muerte sabe como tú quieras que sepa.

—Pues yo no sé a qué sabe la muerte…

—Yo sí —volvió a contestar la persona que habló en primer lugar.

—Pero estás viva —replicó la que dialogaba con ella—. No acierto a comprender cómo…

—Eso es lo que tú ves.

mediterraneaSiguieron dialogando bajo el tórrido sol de agosto. A lo lejos se podía divisar una pequeña franja azul entre dos colinas de poca altura. Brillaba tanto que hacía daño, pero era tan intenso su atractivo que no se podía despegar la vista de dicho escenario. El Mediterráneo parecía más pequeño de lo que realmente era entre esas colinas. Bastaba con rodear cualquiera de ellas para contemplarlo en toda su extensión. Y hacia una, la de su izquierda, se dirigía la pareja que mantenía tan peculiar diálogo. Él era periodista, aparentaba menos edad de la que decía tener y le gustaba el riesgo. Le atraían las balas, el olor que dejaba la muerte a su paso. Cada cana que lucía era el recuerdo de algún conflicto que cubrió, y ya eran demasiadas las que blanqueaban su cabeza. Incluso había perdido ya la cuenta del número que hacía el que lo había llevado a una tierra que nunca conoció la paz. Ella decía ganarse la vida. En lo que fuera. Lo mismo servía de intérprete –manejaba varios idiomas con soltura para hacerse entender– que aliviaba tensiones con su cuerpo. A gusto del cliente.

—Tres hermanos, uno de ellos no se puede mover. Desde los 10 años está en una cama. Los otros dos son pequeños.

—¿Y tus padres?

El silencio, doloroso de por sí, no le causó tanto daño como la mirada que ella le dirigió a modo de respuesta. Fría y agresiva, daba por sentado que, de buenas, podía ser el mayor de los paraísos. A las malas, ni el peor de los demonios se jugaría los cuartos con semejante tormento hecho carne.

—Se fueron. Quedamos nosotros.

Él conocía el conflicto. Demasiadas décadas, por no decir siglos, y nulas ganas de resolverlo. Aquella tierra se desangraba, y todos parecían contentos de que lo hiciera. Por eso le habían enviado allí. En las últimas semanas la tensión había aumentado. Un par de reportajes y entrevistas serían suficientes, le pidieron. Una vez en la isla contrató a la chica que caminaba a su vera. La vio en el puerto, se ofrecía para lo que fuera. El precio lo acordaron de inmediato.

—Por eso lo del sabor de la muerte.

—Puede –dijo ella con tono glacial, parecido al de sus ojos.

En la colina se encontraba el pueblo al que se dirigían. Allí los esperaba el líder de una facción rebelde, la que controlaba esa parte de la isla. Un señor de la guerra. Pocos habían logrado entrevistarlo y la suerte le concedió ese privilegio al periodista. Ella lo ayudaría durante la conversación.

Los detuvieron a la entrada del pueblo. Tras el pertinente registro fueron conducidos a una de las pocas casas que quedaban en pie. Dentro encontraron al tipo que los citó en ese lugar. Alto y pasado de peso, lucía una larga barba. La entrevista no llegó a la hora, y una vez acabada salieron de la casa con la sensación de haber malgastado el tiempo hablando con un asesino. Tema que dio para una larga conversación conforme la pareja se alejaba del pueblo.

—¡Es un mentiroso! —bramó ella, muy enfadada.

—Es el que manda.

—Ya no.

Terminó de decir la frase cuando, a su espalda, al periodista lo alarmó una explosión. La posterior humareda salía de la casa donde entrevistaron al líder rebelde. Alrededor de los escombros todo eran voces, disparos, ruido. Iba a dirigirse a la muchacha cuando la vio esbozar una sonrisa mientras le mostraba un pequeño detonador.

—¿Cuándo…? —quiso saber él.

No logró averiguarlo. Ella sólo sonreía. Quizás lo estaba esperando para concretar los planes que tenía en la cabeza. Miles de preguntas asaltaban la del periodista, que vio cómo la muchacha encendía un cigarrillo y lanzaba la primera calada al aire con un gesto de satisfacción. Sin apartar ambos la vista del lugar donde la espesa columna de humo ocultaba el azul del Mediterráneo, la oyó decir segura, impertérrita:

—Ahora ya conoces por qué sé a qué sabe la muerte.

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