El anciano del promontorio

—¿Qué cojones los meterá el viejo en la cabeza?
 
—Tonterías… Te lo digo yo.

El mar acariciaba con suavidad la arena de la ancha y larga playa. Soplaba un ligero viento de levante, y en el horizonte el sol apuraba sus últimos minutos de luz antes de ocultarse tras un manto en llamas. Dos tipos, con los brazos pegados a la barra de un chiringuito, donde sendas jarras de cervezas casi vacías anunciaban nueva compañía para sus estómagos, observaban la escena que se desarrollaba encima de un pequeño promontorio cuya base las olas lamían con calma.
 —¡Me hierve la sangre! —volvió a la carga el primero—. ¡Todo el santo año aguantando la tontería del mocoso! Que si la nueva consola por aquí, la nueva consola por allá. Se la regalamos por haber aprobado el curso, venimos a la playa… ¡Y ni puto caso a la puta consola!
 
—Pues al mío le pasa lo mismo…
Desde ese punto se podían escuchar las voces de un grupo de cinco chavales. Reían, gritaban, levantaban los brazos y se quitaban la palabra los unos a los otros… Y cuando no, el silencio sólo lo rompía el mar rociando de espuma la dura roca donde se reunía el grupo.
 
—Hace una semana me pidió diez euros. —El primer hombre apuró su jarra de cerveza, y con una leve inclinación de cabeza pidió dos más al camarero—. No me quiso decir para qué, hasta que ayer entré en su cuarto. ¿Adivinas que encontré?
 
—¿Un libro? —replicó el otro.
 
—Ya ves, un libro. ¡Eso se compró con los diez euros!
 
—Te digo yo que el cabrón del viejo no tiene ideas buenas…
 
Los dos clavaron la mirada en el promontorio. Los cinco chavales rodeaban a un hombre de pelo cano y larga barba de idéntico color que lo mismo se incorporaba para señalar un punto, que se sentaba, abría los brazos, o movía uno u otro para indicar tal o cual lugar.
 
—¿No será un pederasta de esos? —apuntó el segundo después de dar la cálida bienvenida que merecía la nueva jarra de cerveza pedida por el otro.
 
—No tiene pinta…
 
—¡Fíate tú, que esos son los peores!
 
El grupo se deshizo, y los chavales saltaron desde la roca. Unos corrieron por la arena, y otros se metieron en el mar en busca de las aventuras que pregonaban a voz en grito. El anciano bajó con calma y se aproximó al chiringuito. Allí pidió una botella de agua al camarero.
 
—¿Le parece bonito sorber el coco a los críos como lo está haciendo? —le preguntó el primero, de sopetón.
 
—¿Perdón? —respondió, sorprendido, el anciano.
 
—Sí, con esas matracas que les mete en la cabeza. Que si Simbad el Marino, que si Jasón, Ulises y la madre que los parió a todos.
 
—¿Les molesta?
 
—Sí —replicó el que mantenía la conversación con él—. Vienen de vacaciones, a jugar, a desparramar, y no a hacer luego preguntas sin descanso.
El anciano sonrió.
 
—Pues sí, me parece lo más bonito del mundo, y más viendo lo que algunos de ellos tienen en casa…
A la carrera llegó el hijo de uno de los tipos de la barra al ver cómo su padre y el amigo conversaban con el anciano.
 
—¡Papá! ¡Mañana Ismael nos va a llevar a una roca desde la que
se ve el Cabo Trafalgar! ¡Y nos va a contar la batalla con un libro que narra lo que allí pasó! ¿Me dejas ir?
 
El crío se alejó del trío con la alegría de haber recibido un ‘sí’ que el padre dejó caer como quien tramita un expediente para quitárselo de encima.
 
—Y más viendo lo que algunos tienen en casa…
 
El anciano volvió a repetir la última frase con la vista puesta en el crío, que entró en el agua a la carrera. Un crío de parecida edad a la de su nieto, al que cada día leía libros de aventuras, narraba epopeyas, y le hacía imaginarse dueño del mundo gracias a su enorme biblioteca. De la que hubiera disfrutado como nadie si una moto no le hubiera apartado de su lado meses antes, sumiéndole en una infinita tristeza que sólo los cinco chicos que conoció a comienzos del mes de agosto le aliviaban cada día al atardecer, encima del pequeño promontorio que el mar lamía con calma.
 
—¡Asco de vida! —maldijo tras dar un buen trago a la botella de agua y los ojos clavados en el inmenso mar.
Atardecer playa blog víctor fernández correas

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