Aquella rica villa junto a la montaña

Pongamos que se llamara Flavio y que tuviera unos veinticinco años. Joven y apuesto ―pelo rubio rizado, ojos del color del mar, piel morena―, se las llevaría de calle sin tan siquiera abrir la boca. Pongamos que llegó cuatro días antes a la pequeña villa costera por la que ahora paseaba. Una villa afamada en todo el imperio, bulliciosa, alegre, llena de vida, con calles llenas de puestos que exhibían toda clase de mercancías procedentes de Egipto, Persia o de la rica Hispania y que arribaban diariamente a su puerto. Una villa rica, rodeada de tierras en las que las cosechas crecían hasta tres y cuatro veces por año. Un paraíso que atraía a ricos y nobles, desarrapados y gentes con esperanzas de labrarse un porvenir. Pongamos que el sol calentara con fuerza aquel mediodía en que Flavio, alertado por un sonoro zambombazo, levantó la cabeza tras recuperarse del susto. Aturdido, miró la montaña, la enorme montaña junto a la que se levantaba la villa. La miró sin pestañear. Él y muchos más. Pongamos que toda la población de la villa; una columna de humo ascendiendo con fuerza hasta el cielo, que tiñó de una siniestra negrura. Pongamos que eso sucedió así porque nadie, ni Flavio, ni ningún otro de los habitantes o visitantes de aquella villa costera llamada Pompeya, tenían repajolera idea de lo que era un volcán. Que eso era el Vesubio, la montaña que bramó escupiendo ceniza durante horas. Y pongamos que Flavio sólo se dio cuenta del peligro que corría cuando, desde el cielo, le cayó un fragmento incandescente en la cabeza. Y a su lado, decenas más de ellos, quizás centenares; cada vez más grandes, más sólidos, más asesinos. Entonces, Flavio y el resto de habitantes y visitantes de aquella villa comenzaron a gritar enloquecidos, a buscar refugio, a correr hacia el mar protector que, aliado con la montaña, también se revolvía furiosos contra ellos. Pongamos que, conforme avanzó el día, un velo aterrador sumió a la villa en una perpetua oscuridad de la que tardaría siglos en salir. Pongamos que Flavio, en su loca carrera por mantenerse vivo, miró a todas partes: hacia arriba, para evitar los incandescentes proyectiles escupidos por la montaña que lo mismo mataban a cualquiera que destrozaban tejados o derribaban columnas; hacia delante, para no caer derribado por los que caían heridos o tropezaban en su desesperada huida; hacía atrás, para contemplar con espanto lo que aquella montaña guardaba en su interior: nubes piroclásticas ―una mezcla de fuego, gas y cenizas barriendo todo a su paso a una velocidad de quinientos kilómetros por hora― que reducirían a pavesas a los pompeyanos. Una, dos, tres… Hasta seis en las siguientes veinticuatro horas. Pasadas las cuales, pongamos que Flavio siguiera con vida. Dado el caso, puede que él y los pocos supervivientes ―unos dos mil de los veinte mil habitantes que tendría la villa―, escrutaran la yerma llanura cubierta de ceniza en la que se levantaba la rica villa de Pompeya arrasada por el Vesubio tal que hoy hace mil novecientos treinta y seis años; con ojos consternados y el cuerpo arrasado por la tragedia. Ese día Flavio aprendió que la naturaleza hace y deshace a su antojo, pues ella es la dueña de todo y de todos. Y también supo para siempre lo que es un volcán.

Así empieza este repaso a un veinticuatro de agosto que, unos centenares de años más adelante, mil seiscientos cinco, tuvo que ver cómo el rey visigodo Alarico entraba en Roma como quien abre la puerta de su casa, se quita los zapatos y los cambia por unas pantuflas. Alarico quería la gloria, y por eso dejó que sus soldados se pusieran las botas y saquearan la ciudad a su gusto, sin remilgos.

Por lo demás, la cosa nos deja increíbles hazañas. Como la de Alonso de Ojeda, que hoy hace quinientos dieciséis años descubrió el Lago de Maracaibo en compañía de Juan de la Cosa y Américo Vespucio. El lugar sería para verlo: casas abiertas a canales por los que navegarían los indígenas en sus rápidas embarcaciones. Ojeda lo tenía claro: aquel lugar se llamaría Venecia al recordarle tanto a la ciudad italiana. Con el tiempo, dicho nombre se extendería al resto del país. Ese que ahora se llama Venezuela.

Y también la de Orellana, que hoy hace cuatrocientos setenta y tres años alcanzó el Atlántico tras navegar por el Amazonas. Nombre con el que bautizó al río tras sufrir el ataque de mujeres guerreras en su curso. Puede que la escena recordara a Orellana a las protagonistas de la leyenda griega, y de esa manera quedó bautizado dicho río.

Y dos nacimientos a destacar, dos hombre de letras, cada uno a su manera. Uno, argentino, Jorge Luis de nombre y Borges de primer apellido, que nació hoy hace ciento dieciséis años en Buenos Aires. Ensayista, poeta, cuentista… Se dice que tuvo los santos cojones de dictar una conferencia sobre la inmortalidad en Buenos Aires a la misma hora en que Argentina debutaba en el mundial de 1978, el que ganó en casa. Al menos eso se cuenta.

El otro es el del dominico español Fray Bartolomé de las Casas, que vio la primera luz tal que hoy hace quinientos treinta y un años. Todo un símbolo de la lucha por la liberación y dignidad de los indios.

Ya de vuelta, feliz lunes y mejor semana para todos.

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