Aquellos valientes soldados

Está delante de los hombres cuyo valor tanto le impresionó. Ahora que los ve tranquilos, allí, alineados, esperando sus palabras, apenas puede creer que sean los mismos que destrozaron a un enemigo al que tenían ganas. Y muchas.Lo son. Sus rostros no difieren en exceso del que lucían ese treinta y uno de agosto ya pasado: caras agriadas, sin afeitar, con ojos ahora relajados y entonces encendidos. Caras de mala hostia las de los que empuñaron sus armas para expulsar al enemigo. Españoles. Temibles. El tipo que los observa tiene tan vivo el recuerdo de lo que allí sucedió que sólo tiene que cerrar los ojos para volver a contemplar la escena que divisó desde una cercana atalaya: la niebla, un siniestro velo que amenazaba con echar por tierra sus planteamientos, las primeras descargas, el olor a pólvora. Y aquellos valientes soldados avanzando contra el enemigo con las bayonetas caladas.

Carraspea antes de hablar. Cuando lo hace, su voz resuena clara y serena. No es de emociones aunque el momento lo exija. Por fin, habla: «Guerreros del mundo civilizado: Aprended a serlo de los individuos del Cuarto Ejército que tengo la dicha de mandar. Cada soldado de él merece con más justo motivo el bastón que empuño”.

Las últimas palabras aún resuenan en las paredes del cuartel de Lesaca ese cuatro de septiembre, que es el día elegido para elogiar el valor de los hombres que forman delante de él. Pero sus pensamientos siguen en el cercano -y ya tan pasado- 31 de agosto. La visión de los enemigos huyendo, buscando despavoridos la protección de su tierra. Eso, los que siguieron con vida; los que tuvieron suerte de no caer despeñados ladera abajo empujados por los soldados a los que ahora dedica las palabras que pronuncia. Su valor. Su hombría. Los persiguieron desde Castilla, y en cuanto los tuvieron delante fueron a por ellos. El odio, que incendia el alma y enloquece al hombre.

El tipo vuelve a hablar: “Todos somos testigos de un valor desconocido hasta ahora; del terror, la muerte. La arrogancia y serenidad, de todo disponen a su antojo. Dos divisiones fueron testigos de este combate original sin ayudarles en cosa alguna y esto por disposición mía para que se llevaran una gloria que no tiene compañera”.

Está satisfecho, muy satisfecho. De todo lo conseguido. Atisba algunos de los rostros de esos hombres, los más cercanos. Sus palabras apenas hacen mella en ellos. Imperturbables, asisten al discurso que tiene preparado como quien oye llover. Han cumplido con su papel, parece pensar mientras los contempla. Anónimos hombres. Qué les deparará la suerte a partir de ahora. No lo sabe, pero confía en que sea la mejor. Lo merecen. Ahora esboza una pequeña sonrisa. Tiene que terminar de hablar. Se ha reservado la mejor parte del discurso. Toma aire. Quienes le escuchan se lo merecen: “Españoles: Dedicaos a imitar a los inimitables gallegos, distinguidos sean hasta el fin de los siglos por haber llegado en su denuedo hasta donde nunca nadie llegó. Nación española, premia la sangre vertida por tantos cides. Diez y ocho mil enemigos con una numerosa artillería desaparecieron como el humo para que no os ofendieran jamás”.

Con esta arenga pronunciada el día 4 de septiembre de 1813 en el cuartel de Lesaca, el tipo, que respondía al nombre de General Wellington, quiso recordar la valentía del Cuarto Ejército o Ejército de Galicia, que tal día como hoy hace doscientos dos años destrozó al francés en la segunda Batalla de San Marcial, en las cercanías de Irún, expulsando de España al ejército de Napoleón.

Batalla con la que se ponía fin a la Guerra de la Independencia.

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