Así comienza el relato ‘Del color del aceite’

Jaén, principios de febrero de 2016

—No me gusta.

—¡Qué más da! ¡Es para venderlo, para aliñar ensaladas, para freír un huevo, para…!

—¡Me da lo mismo! ¡Quiero que tenga ese color!

Martín resopló. Jesús, su hermano, estaba empeñado en que el nuevo aceite familiar —‘Flor de la Oliva’, era la marca. Una referencia dentro del sector—, tan apreciado en las cocinas y mesas de España, Europa y parte de Asia, tuviera un color concreto. ¿Cuál? Tampoco se lo quería decir. Era parte de su manera de trabajar, tan secreta como efectiva. Y efectista, pues nunca dejaba indiferente. Para bien o para mal, Jesús Galván estaba en boca de todo el mundo.

Martín removió con calma la copa que su hermano Jesús le tendió y la examinó al trasluz de la ventana, por la que penetraba un agradable sol. Se llevó la copa, que contenía un dedo de aceite, a la nariz y aspiró el aroma. Después, acarició los labios con el cristal y bebió parte del contenido. Regusto a avellana fresca y a alguna que otra hierba aromática. Hierbabuena, concretó tras remover el líquido en la boca. Su trago suave, agradecido, le convenció de que estaban ante uno de los mejores aceites que jamás había producido la almazara de la familia.

—O sea, que no está bien —le dijo a Jesús.

—Hasta que no tenga el color que yo quiero, no.

—Queda nada para la presentación.

—Si no tiene ese color, no se presentará.

—¡Hay que ser gilipollas…!

—¿Quién es Jesús Galván? ¿Tú o yo?

Fue pronunciar esas últimas palabras y abandonar aquél el despacho, en el que quedó su hermano Martín. Tan encantador como insoportablemente ególatra cuando lo quería ser. Así era Jesús. Y buena parte de la fama de la almazara de la familia, del aceite que producía, era debida a él. Su olfato, esa capacidad para extraer el mejor sabor y olor de la aceituna… Se levantó después de apagar el ordenador y abrió la puerta del despacho, en una nave pegada a la almazara. Antes de cerrarla reparó por última vez en la copa que acababa de abandonar sobre la mesa. Primero sonrió y después negó con la cabeza con vehemencia.

—Que no le gusta el color. ¡Tiene cojones la cosa!

La luz del sol le recibió en el exterior. Encendió un cigarro con calma y exhaló la primera calada de parecida guisa. Ante su vista se extendía el olivar de la familia. Un mar teñido de colores verde y ocre que engullía suelos y laderas. Su orgullo, fruto del trabajo de generaciones enteras dedicadas al olivar y a la producción de aceite. Premios, reconocimientos y honores por doquier, y una fama que obligaba a superarse año tras año. Quizás fuera eso lo que obsesionaba a Jesús; el acto de presentación del último aceite, al que siempre acudían autoridades locales, gerifaltes y acompañamiento de todo tipo que tuviera que ver con la provincia. Incluso la prensa, tanto generalista como especializada, ávida de las sorpresas que pudiera mostrarles Jesús Galván, ‘el Mozart del Aceite’, como le bautizó cinco años antes el dominical de un periódico de tirada nacional. El color, la reputación ganada. Nervios. Un mes quedaba para dicha presentación.

—Valiente gilipollas…

Martín masticó las últimas palabras con desdén, y no las escupió al suelo porque no podía hacerlo. Sí, admitió en silencio aplastando la colilla con la puntera del pie derecho. Además de ególatra, y cuando quería, Jesús podía ser muy gilipollas. Pero que muy. Abrió la puerta del todoterreno con el que se movía por la finca, y de su presencia en el lugar sólo quedó una nube de polvo que se disipó conforme los olivos engulleron la silueta del vehículo.

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