Cinco toques de campanilla

—Cuatro tañidos de campanilla, y así en cada esquina.

Dos hombres compartían café en la terraza de la plaza de un pequeño pueblo de la serranía. El camarero, que a la vez era el dueño, miraba en derredor para pasar el tiempo. Alguna que otra nube emborronaba un cielo azul, brillante y soplaba una ligera brisa muy agradable. Un buen día de primavera. Y los tañidos de la campana los emitía un hombre de avanzada edad, rostro anguloso y apergaminado. De las cuatro esquinas que tenía la plaza sólo le faltaba una, y a ella se dirigía tras dar los cuatro toques preceptivos en la tercera.

—O sea, que siempre cuatro…

—Salvo… —precisó el que comenzó la conversación. Dio un sorbo a su café.

—¿Salvo?

El otro suspiró.

—Si viene la muerte —prosiguió—. Entonces, son cinco.

—Si viene la muerte…

—Sí.

—¿Y ha tocado muchas veces la campanilla cinco veces?

—Que yo sepa, no —aclaró—. Hasta ahora, claro.

—Hasta ahora…

Siguieron hablando durante unos cuantos minutos más. Se veían una vez a la semana cuando sus ocupaciones respectivas los llevaba a aquel pueblo. Un café, una conversación, y así desde hacía cinco años. Uno, el que informó al otro sobre los tañidos de la campana, médico rural. Varios pueblos, habitantes de avanzada edad en todos ellos y muchos kilómetros al cabo de la semana. El que preguntó, repartidor de bebida con tantos o más kilómetros a cuestas que su compañero de café.

—Pues tengo que subir al otro bar. Espero que no me siga con la campana y dé los cinco toques… —apuntó el repartidor.

—Sería mala suerte —sonrío el otro apurando su café.

Tras despedirse, el repartidor se subió a su camión y dio la vuelta a la plaza. El otro bar estaba dos calles más arriba, pero por ellas no cabía el vehículo, así que no tenia más remedio que dar un rodeo. En cada esquina, un frenazo para doblarla. Estos frenos, masculló el repartidor, que aparcó el camión delante de la puerta del bar. Las dos primeras cajas de bebida acordadas con el dueño las transportó sin problema; la tercera se quedó en la caja del camión, con las manos agarrándola y el tipo mirando fijamente al anciano de rostro anguloso y apergaminado apostado en una esquina.

Acababa de hacer sonar cinco veces su campanilla.

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