Edith Giovanna Gassion

Decía ver la vida en rosa, pero, pobrecita mía, no vio más color que el negro, pero negro negrísimo. Que fue nacer y decirle a la madre: «Señora, ha parido usted a una desgraciada»; que se lo pudieron haber dicho a su madre. Pero muy tranquilamente. Voz angelical, embriagadora y todo lo que queráis, pero desgraciada a más no poder. Eso fue Edith Giovanna Gassion, nacida tal que un 19 de diciembre de 1915.

Lo de que ha parido usted a una desgraciada se lo pudieron decir a la madre en el hospital donde dio a luz a la criatura —así reza en el certificado de nacimiento—, o bien el gendarme que la atendió en plena acera, por donde se paseaba con una curda de ovación y vuelta al ruedo —eso cuenta la leyenda—, y bajo la luz de una farola; y que quedó al cuidado de su abuela materna dada la incapacidad de la madre y del padre —más preocupados en andar agarrados todo el santo día a la botella— para hacerlo. Abuela que, según cuenta también la leyenda, le atizaba a la cría unos biberones de vino mezclado con leche para que dejara de darle la tabarra. Pues se podía haber hecho cargo de ella la paterna, seguro que estaréis diciendo. Pues no, que la mujer bastante tenía con tener controlado el prostíbulo que regentaba. Así que, de color de rosa, la vida de Edith Giovanna Gassion tiene poco. Un rosario de desgracias, de amores no correspondidos, de borracheras de ser sacada a hombros de la plaza y saludar al respetable con júbilo.

Para empezar, una meningitis la dejó medio ciega durante una temporada a sus cuatros tiernos años; siguiendo con que el padre se la llevaba de feria en feria, titiritero alehop, como canta Serrat, con el que participaba en sus acrobacias en las calles para sacarse unas perras. Perras que se escapaban más en alcohol que en comida —cuentan muchos biógrafos, además de la leyenda—; y pariendo a una niña cuando apenas tenía 16 años, y que la palmó a los dos por culpa de una meningitis. El parto la incapacitó para tener más hijos. Calma, que seguimos para bingo.

Cantando en una avenida de París en 1935, un empresario llamado Louis Lepleé la contrató para trabajar en su bar. Le fascinaba su voz. Lo primero que hizo fue cambiarle el apellido, que eso de llamarse Gassion no vendía. Mejor Piaf —pequeño gorrión en francés—, que además de ser comercial, reflejaba lo que veía la peña: una cosica —1,47 de altura— muy pequeña, pero con un chorro de voz que te mueres.

Lepleé la convirtió en una estrella. A su local acudía todo Cristo atraído por una voz única. Al fin un poco de suerte, estaréis diciendo. Pero va Lepleé y la palma al poco tiempo. Para colmo, la policía la barajó como sospechosa de la muerte. Y, claro, para pasar el trago, venga a empinar el codo y a meterse para el cuerpo todo lo que se pudiera meter una, y más. Hasta que un letrista, Raymond Asso, la sacó de la mierda que era su vida; con el que parió La vie en rose o Je ne regrette rien, entre otras muchas. La hostia, vamos. Es decir, pasta para aburrir. Pasta que se pulió en amantes y ayudando a todo el que se lo pidiera.

En 1945 conoció al amor de su vida, el boxeador Marcel Cerdan, gloria nacional francesa, pero no fue hasta 1948 cuando se produjo su primer encuentro. Que había que ser discretos, porque el gachó resulta que estaba casado y tenía tres churumbeles. Pero, como ocurre siempre con estas cosas, un periódico los descubrió, y el tipo se fajó duro para evitar el divorcio pero sin dejar de ver a Edith. Como anécdota, Cerdan perdió por primera vez un combate y la prensa la acusó de gafe, con lo que arrastraba la colega. Menos mal que, poco después, se convirtió en campeón del mundo de los pesos medios, y aquí paz y después gloria.

Entonces Cerdan se dedicó a boxear por aquí y por allá, y ella le echaba de menos. Que si extraño tu calor, que si tal. Total, que Cerdan le hizo caso, cogió un avión y se fue directo para el otro barrio sin escalas. Venga, que casi estamos a punto de cantar bingo.

Otra vez a las andadas, a beberse el Sena, el Ródano y el Pisuerga juntos, a meterse lo que no está en los escritos, y a pasarse por la piedra toda presencia masculina que se preciara de serlo. Especialmente le gustaban los hombres de ojos azules. De aquella época se pueden rescatar bastantes nombres: Eddie Constantinn, Yves Montand, Georges Moustaki y Charles Aznavour, o el cantante Jean-Louis Jaubert y el actor John Garfield; a los que pedía que la abofetearan o maltrataran sin recato. A cambio, les fue infiel a todos, salvo con Montand.

En fin, que en 1959 le detectaron un cáncer que no dejó escapar la presa. Un año antes de morir se casó con su peluquero, un joven con ambiciones cantoras llamado Théo Sarapo —mejor que llamarlo Theophanis Lamboukas, su verdadero nombre, ¿o no?—. Él, 26, y ella 44; enfermedad que se la llevó por delante en 1963, en París. A su entierro asistieron más de 40.000 personas. No la había palmado una cualquiera, sino una gloria nacional. Había muerto Edith Piaf.

Aún hoy se pueden encontrar siempre flores frescas en su tumba del cementerio de Père Lachaise, en París.

 

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