Edward H. White

La vida se compone de momentos, de instantes. Ese beso, esa cerveza siempre en la mejor compañía, ese reencuentro en el lecho, con sus fuegos artificiales —lo dejó ahí, que ayer algún menor me confesó, en la feria del libro, que lee estas líneas de cada día. Sí, que ya saben latín y tal, pero mejor prevenir por mi parte—, sus después y sus abrazos. Momentos. Que luego pasa lo que pasa, que se pierden en el tiempo como lágrimas en la lluvia, como declama Rutger Hauer en ese grandioso monólogo que pone fin a Blade Runner. Momentos.

Y para momentazo, el que se pegó Edward H. White tal que hoy hace 54 años. ¿Qué hizo el colega? Darse un garbeo espacial. Y durante veinte minutos; que no fue eso de ahora vengo, que voy a buscar tabaco. Cierto es que la inmensidad espacial tampoco invita a demasiadas aventuras, porque con eso del desconocimiento y la gravedad lo mismo te vas pero no vuelves. Así que se dio el mismo paseíto que —¡oh, desgracia fatal— se pegó Aleksei Leónov unos años antes, en 1965. Pero, lo que cuenta para el asunto, lo que se conmemora hoy, es que Edward H. White fue el primer norteamericano que se pegó el gustazo de recorrer aquello que estará siempre vedado a la inmensa mayoría de la humanidad —siempre habrá un millonario que se pegará el gustazo. Siempre—.

En consecuencia, no sólo se convirtió en el primer norteamericano en dar aquel paseo, sino que también formó parte de la primera misión que aguantó más de 24 horas en el espacio. Y como el paso ya estaba dado, ahora se trataba de ir a por el siguiente reto: la luna. Por entonces, como subir el Galibier y el Tourmalet con una bicicleta sin cambios. Hors de categorie. Pruebas y más pruebas.

Y en unas de ellas encontró la muerte Edward H. White apenas un año y medio después de la hazaña que os acabo de relatar. Lo voy a dejar en que tanto él como los compañeros que iban a componer la misión del Apolo I —Virgil I. Grissom, Edward H. White y Roger B. Chaffee— perecieron en un incendio durante una prueba de lanzamiento. Murieron calcinados y asfixiados dentro de la cabina. ¿La culpa? Uno o varios chispazos en el sistema eléctrico de la nave. El resultado, el incendio ya descrito, que se propagó con rapidez por la cabina, repleta de oxígeno puro.

Una pena.

 

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