El cigarrillo de Marcial

Su sonrisa, amplia, iluminaba un rostro en el que los ojos, abiertos como los de un niño en la mañana de Reyes, hablaban de la alegría que le invadía. Circunstancias, momentos que la vida pone en tu mano, que te permite disfrutar cuanto quieras pues sólo tú tienes el privilegio de disfrutarlos. Y ese era especial.

¡Qué pena de circunstancias!, se lamentó. Pero lo real, lo que le importaba, es que la persona que tenía delante era su ídolo, la persona a la que más admiraba; la persona con la que creció, con cuyas gestas soñó y se emocionó; el ser que siempre quiso ser y cuyo ejemplo le empujó a superarse cada día. Era él, sí, aunque su aspecto desaliñado y su rostro avejentado fueran la sombra de lo que fue. Por eso, al verlo, se acercó a él y le saludó con el respeto que siempre le tuvo:

―¿Marcial? ―articuló con tono dubitativo― ¿Marcial Aguirre?

El aludido le miró con ese pozo de profunda y oscura resignación que eran sus ojos y asintió antes de dejar escapar un susurro que, en su profunda voz, sonaba a lamento:

―Sí, lo soy… ―El aludido bajó la vista la suelo y chasqueó la lengua antes de suspirar―. Bueno, lo era…

El que preguntó emitió un grito de alegría que asombró a todos los que contemplaban la escena; hombres que, como el protagonista de su emoción, estaban sentados en el suelo, cabizbajos los unos, resignados a su suerte los otros. ¡Marcial Aguirre!, volvió a chillar enardecido el interrogador. ¡La de tardes que le tuvo entretenido junto a la radio, soñando con sus goles, con sus fintas, con sus regates! Al día siguiente esperaba a su padre, que venía con la prensa bajo el brazo, y devoraba las crónicas que hablaban de él, de ‘El Mago de Pasaia’. ¡Era su ídolo, y estaba ahí, junto a él! Nervioso, miró a un lado y a otro para cerciorarse de que nadie le veía, y le ofreció un cigarrillo. El otro sonrió brevemente y aceptó el ofrecimiento con una ligera inclinación de cabeza. La primera calada le supo a gloria. ¡Llevaba tanto tiempo sin saber a qué sabía un cigarrillo…! Y todo por culpa de aquella maldita guerra. Se cumplía el segundo año del alzamiento de los militares. Los sublevados pronto controlaron las principales ciudades, pero la resistencia de la población impidió que su avance fuera mayor y lo que parecía un paseo, se convirtió en una guerra de resistencia. La guerra detuvo el tiempo, partió vidas e interrumpió la carrera de Marcial Aguirre, que se alistó en el bando opuesto. Hasta que fue detenido junto a una decena de compañeros y trasladado al campo en el que se encontraba. Donde aquel soldado rubio, regordete y de mirada clara se rendía ante él lo mismo que, años atrás, lo hicieron estadios enteros.

Marcial y el soldado departieron mientras el cigarrillo se consumía entre los dedos del primero. Partidos, jugadas goles…

―La primera vez que fui al fútbol fue por verte a ti. Mi padre me llevó con ocho años. Siempre que venías a mi cuidad iba a verte.

La confesión humedeció la mirada del futbolista, cuya respuesta fue una media y silenciosa sonrisa. ¡Qué tiempos aquellos!, exclamó el soldado. Después de mi padre, la persona a quien más admiré fuiste tú. Eso le confesó.

―¡Cuántas veces soñé con que llegara este momento! ―se ufanó, orgulloso, el soldado.

A su espalda ambos oyeron una voz. Alguien reclamaba la presencia de hombres. Uno de ellos era el del soldado que departía con el futbolista. Le abandonó momentáneamente para atender la orden de su superior, que señaló al grupo de personas entre las que se encontraba Marcial para después indicar otro punto distinto, más alejado. Órdenes, gestos mecánicos, habituales. La costumbre. Los citados marcharon hacia el lugar donde se encontraba el grupo y el soldado se encaró con Marcial Aguirre. Éste volvió a sonreír. Ahora fue la suya una sonrisa irónica y resignada. Los ojos del soldado empezaban a llenarse de lágrimas mientras cargaba el fusil con las balas recién recibidas. Goles, regates, fintas… Tardes de emociones, de recuerdos. Todas ellas protagonizadas por su ídolo, Marcial Aguirre. El hombre al que le habían dado la orden de matar.

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