El fin de la suerte de una familia, y también de la máquina de hacer Antonios

Donde antes hubo silencio, ahora había ruido. Donde antes las respiraciones casi se contenían, los pasos se ralentizaban y las palabras no eran más que calculados gestos, los gritos reverberaban en las paredes, las patadas derribaban puertas y paredes y las órdenes se sucedían piso a piso. Hasta que los encontraron. Un chivatazo, un colaboracionista. O simplemente que la suerte, la que los protegió hasta el día de hoy, ya no supo cómo seguir haciéndolo. La estantería cedió. Tras ella, la puerta. Y detrás de la puerta, esos judíos de los que se decían que malvivían escondidos en una casa junto al canal. Unos hombres apuntaron con sus armas al interior. Más voces. Los ordenaron que salieran con las manos en alto. Alguno e los escondidos miró hacia atrás, con pena. Ese Achterhuis asfixiante, tal y como lo había descrito una de las niñas de la familia en un pequeño diario, y que sirvió de guarida hasta el día de hoy. Lo echarían de menos. Sabían que el destino que los esperaba sería infinitamente peor. La madre suspiró mirando de reojo a sus vástagos. El padre le acarició suavemente la mano izquierda con la suya y se miraron por un instante, rendidos. Hicieron todo lo que pudieron. Sin dejar de apuntarlos, los hombres les ordenaron que salieran al exterior. El final comenzaba a escribirse con letras negras. Las que llenaron las páginas del diario de una familia que fue detenida por la Gestapo hoy hace 71 años. Su destino, los campos de exterminio nazis.

Y más de alemanes. Lo que les gusta la marcha. Da igual la música que suene. Bailan a su son como nadie. Como en el caso anterior, el mismo, el de la guerra. A las nueve de la mañana de hoy hace ciento un años cruzaron la frontera oriental de Bélgica, que era país neutral. Una violación más. El ejército alemán aplastó al belga como quien deja el recuerdo de lo que fue una mosca impreso en la pared. Un millón y medio de civiles huirán de las barbaridades de la guerra y del terror alemán. Expertos profesionales sus soldados. Saben lo que hacen en todo momento. La población, digo, huyó. Donde fuera. Países Bajos, Francia, Gran Bretaña… Y el Reino Unido, avisado del percal que se preparaban en el continente, declaró la guerra a Alemania en el acto. La pequeña Bélgica bastó para desencadenar una contienda que, según militares y analistas, no iba a pasar del invierno de ese mismo año, 1914.

Y sumamos dos fechas más al resumen del día: hoy hace doscientos veintiséis años la Asamblea Constituyente francesa abolió el régimen feudal, y con él sus privilegios fiscales, diezmos y derechos señoriales sobre las personas. El Antiguo Régimen pasaba a ser historia. Sólo en Francia. Pasarían bastantes más años para verlo caer en otros países, especialmente en alguno vecino más allá de los Pirineos; la otra fecha, hoy hace trescientos once años. Pongámonos en situación: Guerra de Sucesión. Carlos II murió sin descendencia y dejó vacante el trono de España. Para Francia, lo mejor era situar allí a un Borbón y eligió para ello a Felipe de Anjou, el futuro Felipe V. El emperador Leopoldo I del Sacro Imperio Romano Germánico también reclamó su derecho al trono español. Y en medio, Países Bajos e Inglaterra, que no venían con buenos ojos la unión de las coronas española y francesa, por lo que apoyaron una tercera vía, la del elector José Fernando de Baviera, que previamente fue elegido como sucesor por el mismísimo Carlos II sabiendo que moriría sin descendencia. El de Baviera la palmó antes de tiempo, y los derechos de sucesión pasaron a Felipe de Anjou, que accedió al trono como Felipe V. Y a resultas del jolgorio que se montó y que metió a Europa en otra guerra que comenzó en 1701 y que duraría cuatro años, vino lo de hoy. Y lo de hoy es que hace trescientos once años, una escuadra inglesa ocupó Gibraltar. Apenas ochenta hombres lo defendían. La ciudad fue saqueada, sus templos profanados y aprisionados sus habitantes. Las tropas españolas llegadas para recuperar el peñón intentaron echar a los ingleses, pero no pudieron. Y ahí siguen.

De nacimientos y defunciones también viene surtido el día. Tal que hoy hace cincuenta y cuatro años nació Obama, y uno antes Zapatero. Los astros, que tienen estas cosas. Y un tipo que también nació hoy, aunque hace ciento catorce años, en el seno de una familia pobre de Nueva Orleans. Aprendió a tocar la trompeta y poseía una voz grave y desgarrada. El jazz sería lo suyo. El género que convirtió en eterno a Louis Armstrong.

Palmarla, hoy, tres: Antonio Machín hace treinta y ocho años. La máquina de hacer Antonios dejaba de funcionar, y también de cantar. Muchas canciones para el recuerdo; un tipo que escribió cuentos y que se marchó de este mundo hoy hace ciento cuarenta años. Y no lo hacía mal. De su fértil mente surgieron cuentos atemporales: El patito feo, El soldadito de Plomo… Y muchos más surgieron de la imaginación de Hans Christian Andersen; y ElCano, Juan Sebastián de nombre, que la palmó hoy hace cuatrocientos noventa y ocho años en las Islas Molucas. Le cupo el honor, una vez muerto Fernando de Magallanes, de ser el primer hombre que circunnavegó el mundo.

Feliz martes para todos.

Ana Frank

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