El petardazo del Mont Pelée

Estamos aquí de paso, que no se le olvide a nadie. Y a la naturaleza, tan sabia ella —y ahora más, que la tenemos muy cabreada—, le gusta recordárnoslo de cuando en cuando. Esos momentos épicos que se resumen en apenas unos segundos, y que dejan como consecuencia destrucción, desolación y muerte.

Pues algo de eso ocurrió tal que hoy hace 117 años en la Isla de Martinica, en el Caribe. Sol, playas, palmeras, etcétera. Y un volcán, el Monte Pelée —montaña pelada en francés—. Feo como él solo, todo hay que decirlo, que los hay estéticamente mucho más bonitos, pero volcán al fin y al cabo. Y tal día como el de hoy de hace 117 años, se llevó por delante la vida de cerca de 30.000 personas en cuestión de segundos. En un abrir y cerrar de ojos. Chas, chas, y adiós. Vamos al lío.

Que los habitantes de Saint-Pierre, capital de la isla, sabían que vivían a la sombra de un volcán es un hecho. En esto ya hemos avanzado algo; que no se quedaron pasmados, como los pompeyanos, con el inicio de la erupción del Vesubio. Que si hala, que si humo, que si fuegos artificiales, y luego pasó lo que pasó. En Saint-Pierre, digo, ya estaban avisados. Lo que pasa es que —atención, que vienen curvas— no se interpretaron correctamente los signos que emitía el volcán, que estaba a punto de desatar una fantástica fiesta que ni la de Rafaella Carrá.

¿Qué signos? Desde llenarse la capital de serpientes y demás alimañas que huían del bosque sabedoras de lo que se avecinaba, hasta ríos de agua hirviendo descendiendo por las laderas del volcán; amén de que se avecinaban elecciones, y al capataz —perdón, gobernador Loius Mouttet— no se le ocurrió más brillante idea que todo lo que decían los expertos presentes en la isla no eran más que patrañas para asustar a la población y obligarla a abandonar la capital. Incluso el colega llegó a montar una comisión pseudocientífica para demostrar que no existía peligro de erupción inminente. Angelito.

El más cuerdo en todo este panorama fue el capitán del vapor Orsolina. Leboffe, se llamaba el tipo, y era napolitano. Fue ver la pinta que tenía el Monte Pelée el día anterior a su erupción y decir para quien quisiera escucharle: “Si el Vesubio tuviera la pinta que tiene ese volcán, zarparía ahora mismo de Nápoles”. Dicho y hecho. Se largó con medio cargamento aún a la espera de ser cargado en sus bodegas. De tonto, ni un pelo.

Total, para no haceros perder más tiempo, el Monte Pelée pegó el petardazo tal que hoy hace 117 años. Una nube ardiente —a unos 1.000 grados de temperatura, grado arriba grado abajo— se desplomó ladera abajo como alma que lleva el diablo —traducción: a cerca de 600 kilómetros por hora—, y barrió Saint-Pierre. Sólo tres personas de las cerca de 30.000 que vivián en la capital sobrevivieron, y que quedaron reducidas a cenizas en un chas y aparezco a tu lado. Una de ellas, Loius-Auguste Cyparis, preso recluido en la prisión de Saint-Pierre, que lo pudo contar gracias a que las paredes eran gruesas de verdad, de las de toda la vida. Eso sí, le quedaron como recuerdo unas preciosas quemaduras que luego paseó de circo en circo, sacándose el hombre unas perrillas.

Pues eso, que como dice mi colega Paco Gómez Escribano, no somos nada.

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