El vaso del ciego

Un ciego regalaba una sonrisa a quien depositara una moneda en el vaso que agitaba con vehemencia. No paraba de hacerlo, pero cuando intuía que alguien se acercaba ponía más empeño en la acción. Así venía haciéndolo en los últimos cinco años, desde que su vida se vino abajo.

Un despido, un divorcio, un desalojo y las estrellas como único cobijo. A ello unía el comedor social como refugio y la caridad del prójimo como manera de pagarse algún que otro vicio. Tabaco y un cartón de vino con el que pasar las horas. Y el vaso en una mano mientras se valía de la otra para sujetar el bastón que le guiaba por la vida. Advertido por un rápido taconeo proveniente de su izquierda, el vaso cobró vida por sí mismo. El sonido de las pocas monedas que contenía podía escucharse en toda la calle.

—¡Una caridad por el amor de Dios! ¡Una caridad!

clip_image002_thumb[5]Los tacones pasaron de largo. El ciego dejó de agitar el vaso, resignado. Caía el sol con fuerza. Ese día, según escuchó la noche anterior en la televisión mientras cenaba en el comedor social, haría mucho calor. Quizás se decidiera a comprar una botella de agua en lugar de otro cartón de vino. Su salud, algo delicada -sufría intensos dolores en las piernas y un costado del cuerpo le amargaba la existencia, sin tampoco mostrar mucho interés por conocer el origen de la dolencia-, se lo agradecería. En eso pensaba cuando escuchó un sonido similar al anterior, un par de tacones que se aproximaban a él por el lado opuesto de la calle. Puede que fuera la misma persona, intuyó; y que esta vez, para su suerte, se detuviera para echarle alguna moneda en el vaso.

Lo que ocurrió.

—¡Que Dios la bendiga por esta ayuda, buena mujer!

Él no podía verla, pero era guapa, muy guapa. Pelirroja, con el pelo corto, lucía un modelo ejecutivo de pantalón y chaqueta de corte diplomático. Y tacones altos, muy altos. Se protegía la cabeza con un sombrero de color claro.

—Debería ponerse a cubierto. Con este calor no se puede estar en la calle —le aconsejó ella.

—A estas alturas de la vida, el calor me da lo mismo.

La mujer le preguntó por su vida y él no tuvo reparos en contársela, como hacía con todo aquel que se lo pidiera. Sus recuerdos, su melancolía por los tiempos mejores, su desprecio por la vida…

Un ataque de tos sacudió al ciego que, sin querer, escupió al suelo. La mujer se sobresaltó.

—¡Por Dios, es sangre!

—Así llevo un mes. ¿Qué le parece?

—¡Debe ir inmediatamente a que le vea un médico!

Para qué, contestó él. Sólo pedía agotar lo poco que le quedara de vida en calma. Cenar esa noche, apurar sin prisa el cartón de vino tras la botella de agua que tenía decidido comprar y dormir al raso, soportando el calor de la madrugada y el rocío del amanecer. No había más planes. Un día tras otro.

—Le traeré una botella de agua. Al menos refrésquese la garganta.

El ciego despidió a la mujer que le regaló dos botellas de agua y que, además, le dejó pagada la cena en el bar donde compró senda botellas. Lo que pida, encomendó al dueño del establecimiento, y sorprendió al ciego, feliz por haber comido como no recordaba mientras encaminaba sus pasos hacia un banco de un cercano parque. El estómago lleno le ayudó a conciliar el sueño.

Del que nunca despertó.

Un coche de los servicios funerarios se hizo cargo del cadáver mientras los servicios de limpieza se deshacían de sus pertenencias, que arrojaron a un contenedor. Algunos vecinos hablaron con la policía. Un buen hombre. Solitario, algo gruñón, pero buena persona. Nadie tenía constancia de familiares o allegados. La mancha de un vómito reciente fue el único recuerdo que quedó de él.

Tiempo después no tardó en encontrar heredero su esquina. Un anciano desdentado, que permanecía buena parte del día sentado en una manta raída y que espantaba por su olor, aunque a él eso le diera igual. Cuando alguien pasaba, levantaba un vaso de plástico pidiendo limosna. Nadie le hacía caso, hasta que una mujer se detuvo delante de él. Era pelirroja, de pelo corto, y vestida al modo ejecutivo, con pantalón y americana del mismo corte y color.

Y no tardó en interesarse por el anciano.

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