El vendedor de nostalgia

«¿Por qué no», piensa Cristina, tras echar un último vistazo al escaparate ante el que se ha detenido.

Un escaparate pequeño, caótico en su composición. Llama la atención. Discos, libros, utensilios de dudosa utilidad… Años y años de criar polvo en cualquier altillo o trastero para acabar allí, a la vista de cualquiera.

Sin embargo, lo que ha terminado de atraer su atención son dos palabras escritas sobre un folio macilento pegado en el cristal con cuatro trozos de celo.

«Vendo nostalgia».

Eso reza el cartel.

Un olor extraño como recibimiento ya dentro de la tienda. Esa es su primera impresión. Una mezcla de lugar cerrado, papel añoso y polvo acumulado. Más que molestarla, le agrada. Puede que allí encuentre la máquina de escribir antigua que le ha prometido a Juan, su pareja. Para resumir, llevan dos años juntos, y Juan quiere retomar la escritura mientras se recupera en casa de un accidente de coche que ha estado a punto de mandarle para el otro barrio. Un capricho, y ella se lo quiere dar.

Pasea por los estantes, escruta en silencio, revisa aquello que llama su atención: revistas viejas, cámaras fotográficas que eternizaron puestas de sol, besos y viajes familiares, libros por los que ya nadie se interesa.

Levanta la vista y encuentra al dueño de la tienda.

Lee.

Es de los que se humedece la yema de un dedo con la punta de la lengua antes de pasar página. Cristina no lo sabe, pero él la viene observando desde antes de que entrara en la tienda; y sigue todos sus movimientos dentro de ella. La deja hacer.

Cristina no puede reprimir un grito de satisfacción cuando encuentra varias máquinas de escribir antiguas. Acaricia las teclas, el carro. Quiere saber el precio.

—¿Cuál de las dos le gusta más? —le pregunta el dueño de la tienda, adelantándose a su demanda. Sin mirarla. Sigue concentrado en su lectura.

—Pues… —balbucea ella, sorprendida—. Las dos parecen estar bien. ¿Cuál me recomienda?

El dueño posa la mirada en Cristina. Los quevedos que gasta amortiguan la mirada melancólica que destilan unos ojos pequeños y negros que ya han visto mucho, quizás demasiado.

—¿Qué va a hacer con ella? ¿Usarla como florero? ¿Presumir de ella ante las amistades? ¿Enseñarla como si fuera un trofeo de caza?

—Escribir. Es para mi pareja. Le gusta escribir.

—¡Ah! Escribir… —El dueño deja las palabras suspendidas en el aire. Suspira. Cierra el libro y lo deposita encima del escritorio que le sirve de mostrador—. ¿Es escritor?

—No, le gusta, nada más. Hace años escribía cosas, y ahora quiere retomar esa afición.

El dueño tuerce el gesto, disgustado.

—¿Considera escribir una afición?

—Como cualquiera otra, ¿no?

—¿Cuántos años tiene?

Cristina enarca las cejas. Otra pregunta que vuelve a cogerla por sorpresa.

—¿Yo?

El dueño lanza miradas en derredor.

—¿Ve usted a alguien más en la tienda?

—24.

—Demasiado joven para discernir entre afición y arte, entre pasar el tiempo y placer, entre entretenerse y hacer de las teclas de aquella máquina un universo en el que refugiarse.

Cristina sonríe. La suya es una sonrisa irónica e hiriente.

—Casi se mata por culpa de un accidente de coche. Esa máquina es algo más que una ilusión. —Su tono de voz se quiebra—. Alimentará sus ganas de vivir. ¿Entiende lo que le digo?

También sonríe el dueño de la tienda. Durante unos segundos se miran en silencio. Después, el dueño asiente.

—¿Sabe qué vendo en esta tienda? No, no abra la boca, por favor, no estropee lo que acaba de decir —le pide con un gesto sencillo. Amistoso y cariñoso. Luego posa la mirada en todas partes mientras prosigue—: vendo nostalgia. Todo lo que aquí ve es eso, nostalgia. Lo que fue y lo que apenas interesa ya. Si cada una de las cosas que vendo pudiera hablar contaría historias de sueños, de alegrías, también de penas y de tristezas. Cada uno de estos objetos tiene vida, posee alma, o al menos yo lo veo así. Si me dice que su pareja quiere cualesquiera de aquellas dos máquinas de escribir para pasar el rato, nunca le venderé ninguna. Pero si me dice que la quiere para alimentar sus sueños, para aferrarse a la vida, dígame cuál le gusta más y será suya.

Cristina sale de la tienda portando un estuche que pesa un quintal, pero que alegrará el día y puede que la semana y también el mes a Juan, que contempla la vida pasar postrado en una cama de la que no sabe si volverá a levantarse.

Le parece una miseria lo que ha pagado por ella si compara el precio con lo que sondeó por Internet antes de lanzarse a comprar la máquina que tanto desea su pareja. Echa un último vistazo al escaparate y al cartel pegado en él.

«Vendo nostalgia».

Y entiende por qué entra tan poca gente en aquella tienda. «Muy cara a ojos de quien no conoce su valor, pero muy barata para quien quiere extraer de ella todo lo que aún le queda».

Eso le dijo su dueño antes de abandonarla.

Cristina asiente con una sonrisa en los labios y se marcha llevando consigo la máquina de escribir. El dueño se ajusta los quevedos y la ve alejarse. Entonces también se permite una sonrisa antes de retomar la lectura que tiene entre manos, sin preocuparse por si volverá a atender a otro cliente en lo que queda de día.

—Nostalgia… —dice, sin más.

One Comment

  1. isabel buendia

    Nostalgia. A cierta edad ya tenemos recuerdos que destilan nostalgias. De lugares, olores, sabores, de personas que estuvieron.
    Dulce y triste nostalgia.

    Bonito relato, Víctor. Siempre me encanta lo que escribes.

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