Era medianoche en Rangún

Era medianoche en Rangún. Aquella experiencia había durado demasiado y tenía ganas de darla por terminada. Un pasaje, un cielo estrellado por compañero y un barco anclado al puerto que lo llevaría hasta otro donde tomar el primer avión que encontrara.

Se marchaba y no quería dejar rastro ni huellas. Dos años era suficiente tiempo como para hacerlo en aquella ciudad abigarrada. Tomó un taxi. En el recorrido recordó caras, momentos e instantes. Y a ella. Sobre todo, a ella.

—Quiéreme.

—Nunca podré quererte lo suficiente.

–Vente y te lo demostraré.

—Nunca podré.

Se lo dijo la última vez que la vio, dos días antes de su partida. Un último intento. Bebió de su amor hasta que la primera luz del día entró por las rendijas de la persiana de su cuarto. Posiblemente nunca más vería ninguna mujer más bella.

—Aung.

Era su nombre. Ella lo pronunció con prisa el día en que le conoció, extrañada porque aquel extraño quisiera saber cómo se llamaba. Fue un encuentro rápido, casual. Él estaba solo en Rangún, donde apenas llevaba dos semanas. Vagó por las calles, entró en el local donde la vio y le preguntó por su nombre.

—Aung.

Dos semanas después ella lo pronunció con algo más de calma. Y con mucha más en su tercer encuentro, y más aún en el cuarto. Así hasta verse dos veces por semana, quizás tres. Todo dependía de él, de sus prisas, de su trabajo, que fueron perdiendo interés porque Aung pudo más. Dos años que pasaron entre sus brazos, en su cama de sábanas siempre alborotadas y una ventana con vistas al puerto.

—Me gustaría volar.

—Yo te compro las alas. Sólo te pido que me quieras.

—Nunca podré.

15556683_1253_he_cruzado_oceanos_de_tiempo_para_encontrarte_H001043_LEl barco hizo sonar su sirena. Por las pasarelas desplegadas subieron los primeros pasajeros. Muchos como él, residentes temporales, aventureros y solitarios en busca de nuevos calores que apagaran su soledad. Echó otro vistazo al reloj y luego a la muchedumbre. Aung no estaba allí. Quiso creer que sí. Apuró el último cigarrillo que se fumaría en Rangún y lo aplastó en el suelo. Ni rastro de sus ojos negros, de su melena azabache. Y lo entendió. En la vida hay que saber ganar y perder y la partida de Aung la tenía perdida. Demasiadas cosas. Subió al barco y caminó tranquilo buscando el pequeño camarote que había reservado. Un camarote con vistas al mar. Ese mar tan especial, trágico e intenso, suave e inquietante como Aung, que quería ver por última vez. Por delante, toda una noche de travesía y, una vez llegado a puerto, veinte horas de avión hasta su destino. Ya dentro del camarote, suspiró. Cerró la puerta con llave y manipuló la persiana lo justo para que por ella entrara la primera luz del día, que sería cuando volvería a pedirle a Aung que lo quisiera, una vez despierta y después de beberse todo su amor. Ya tendría tiempo de inventarse una historia para explicarle a su familia quién era aquella chica que nunca lo querría lo suficiente como cliente, pero sí como su compañera de viaje por la vida.

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