Esas cosas que joden

Hoy, en ‘Citius, Altius, fortius’, una de esas que joden, pero bien. Nada de fastidiar, de qué pena y esas cosas, no. Jode. Punto. Y lo que voy a contar le debió de joder, y mucho, al protagonista de las siguientes líneas: Robert Falcon Scott.

De él he hablado en más de una ocasión, si recordáis, pero es justo volver a él en un día como el de hoy, 18 de enero, cuando se cumplen 106 años de su llegada al Polo Sur. ¿Y qué le ocurrió que tanto le jodió? Ver allí, plantada, la bandera de Roald Amundsen, que dejó cinco semanas antes el susodicho junto a una tienda de campaña. Para que te quede claro que llegué antes que tú, por si la bandera no te basta. Algo así.

Robert Falcon Scott.
Robert Falcon Scott.

Recapitulemos las cosas para dejar claro el escenario: Scott fue elegido para comandar una expedición británica a la Antártida que recibió por nombre Terra Nova. El objetivo, alcanzar el Polo Sur, recoger pruebas científicas, analizar el terreno, tomar algunas fotos, etcétera. Para eso había que recorrer 2.842 kilómetros de ida y vuelta, que ya son kilómetros. Ahora, poneos en su piel hace 106 años, con el material de la época: nada de ropa térmica, impermeables y cortavientos. Por delante, además de la distancia, se encontraron lo que cantaba Labordeta: polvo, niebla, viento y sol, salvo que aquello no era Aragón, sino la Antártida. Es decir: mucho polvo en forma de nieve y viento, y viento, y viento. De niebla andaría las cosas tres cuartas de lo mismo; y sol, lo que se dice sol, sí luciría según los días, pero sin apenas sentirlo con la media de 40º bajo cero que se estila por aquellos lares. Los Monegros no llegan a tanto.

Así alcanzó la expedición de Robert Falcon Scott el Polo Sur tal que hoy hace 106 años. En el camino, de todo: tractores que fallaron por culpa del frío, animales de carga que la espicharon de la misma manera que distintos miembros de la expedición… Todo para llegar allí, al Polo Sur, y encontrarte la banderita y la tienda de Amundsen. ¿Jode o no jode? Pues eso.

Y a Scott y compañía les quedaba lo peor, que era regresar. Y jodidos, para colmo. Asco de vida, desde luego.

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