Que la eternidad le sea leve, Don Leonard

Ya ve, Don Leonard, que me ha dado por escribirle; una despedida sencilla, tampoco se vaya a creer. Me lo pedía el cuerpo. Desde el mismo momento en que me enteré de que había llegado la hora, ahora sí, de reunirse con Marianne. Algo me olía cuando lo soltó hace un par de semanas así, de sopetón, mientras presentaba su último disco; que lo fue. Siempre tan irónico usted. Que luego lo trató de arreglar como pudo, bien es cierto, pero las palabras quedaron ahí. Como ese disco del que sólo he podido escuchar un par de canciones y que huele a testamento que asusta. Por si quedaban dudas.

Le decía que me enteré de su partida esta mañana, de buena madrugada. Sí, a esas horas. Un tema personal que me tiene ocupado más de la cuenta y me obliga a trabajar a deshoras, o cuando buenamente puede uno. Y sentí una desazón muy grande, se lo aseguro; algo parecido a una parte de ti que se escapa por el caño de los pesares. Y a borbotones. Fue la segunda noticia del día del periódico que leía mientras desayunaba, la primera del informativo de radio que sintonicé al comenzar a trabajar. Que nos había dejado usted a los 82 años. Bien vividos, desde luego. ¿O acaso me lo va a negar? Esa sonrisilla le delata.

Porque usted y yo nos conocimos a finales de los ochenta. En el 88, si no recuerdo mal. La culpa la tuvo una canción, Take this waltz. Un homenaje a Federico García Lorca, ese poeta al que usted decía deber tanto. Los compases iniciales, ese sintetizador, esa voz profunda. Y el vídeo que lo acompañaba. Ese mirador de San Nicolás con Sierra Nevada al fondo, encendida con la puesta del sol, y ese Palacio de la Alhambra. Sus muros bañados por la última luz del día, como la que impregnaba las calles del Albaicín de una tonalidad especial, única. Granada. El acabose, vamos. 820 pelas de la época pagué por la cinta de casete -que todavía conservo. Una reliquia- en cuya portada  aparecía usted con gafas de sol y comiéndose un plátano. Y sí, escuché una y mil veces Take this waltz. Y Everybody Knows, y First, we take Manhattan, y…

Y empecé a conocerle mejor. Desde entonces supe que existían partisanos que huían a las montañas con la muerte en los talones y una cálida despedida en los labios; que Marianne era la mujer más dulce del mundo, con la que ansiaba estar en todo momento -ya lo ha conseguido, truhan-, y que podía competir con otra chiquilla, Suzanne, que también andaba por ahí, esperando su momento; que se podía bailar hasta el fin del mundo si uno lo quería. Basta una canción, una compañía y amor que gastar; que se podía gritar Aleluya sin que a uno le miraran con cara rara; que…

Tantas cosas. ¿Y sabe lo peor? Que me fastidia que se haya largado ahora. Tengo esa espinita clavada de, por unas cosas u otras, no haberle visto en persona, en directo. Ya ve, qué se le va a hacer. Hubo alguna oportunidad, pero nada. Lamentable, lo sé. E irreparable.

Sí, acabo. Que Marianne le reclama. Ande usted con ella, que le estaba esperando con ganas. Me basta con ver su cara. Y también la suya. Parece que la eternidad no le tratará mal. Confío en que así sea.

¡Ah! Y aquí abajo fue un placer, al menos por mi parte. Que lo sepa. Quedan sus canciones, su recuerdo. Una gozada.

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