Hoy, en ‘Citius, altius, fortius’…

Alguno dirá que desde que el hombre es hombre tiene querencia a darse hasta en el cielo de la boca para dirimir cualquier cuita. No obstante, y antes de serlo, también lo hacía. Habría que ver a aquel Australopithecus afarensis, rama en mano, endiñando palitrocazo va palitrocazo viene al semejante por una baya de más o de menos. Somos así, lo llevamos en los genes, pero la que viene a continuación es de traca.

 
La tuvieron franceses y mexicanos hace cosa de 178 años a cuenta de unos pasteles. Sí, pasteles. Tal cual. La cosa fue así: tras la independencia de México, algunos franceses comenzaron a asentarse en el país y se dedicaron a lo que cada uno buenamente pudo: comercio, industria, artesanía, y algunos incluso ingresaron en el ejército nacional, que no era poco. Buena camaradería, buen clima, negocios que funcionaban bien, etc. Hasta que pronto algunos empezaron a reclamar a París que en México no todos los perros se ataban con longaniza.
 
pastelesUno de ellos fue un pastelero llamado Remontel, dueño de un restaurante de Tabucaya, que le fue al embajador francés en México, el barón Deffaudis, para reclamarle ayuda a comienzos de 1838: unos oficinales del ejército mexicano se comieron unos pasteles y se marcaron un sinpa como Dios, y que a ver quién le pagaba esos pasteles y tal. Deffaudis le contestó que aquello era intolerable, que si tal y cual, y que reclamaría al Gobierno mexicano el importe de la afrenta sufrida por su paisano. Y fue con el cuento al suyo, al francés, para que actuara con energía en éste y otros casos similares. Un pastizal, porque como el pastelero había más franceses damnificados. 600.000 pesos en total, entre otras exigencias. Y los mexicanos contestaron aquello de “¡eeeeh Macarena, aaay!”. Ni un peso, vamos.
 
Ni corto ni perezoso, el barón se marchó para Francia y no tardó en regresar con la compañía de diez barcos de guerra franceses para exigir al Gobierno mexicano el pago reclamado. El vodevil fue para verlo: los barcos franceses fondeados delante de Veracruz y bloqueando todos los demás puertos del Golfo de México, los mexicanos diciendo que por uno les entraba y por otro les salía, los franceses pidiendo el refuerzo de otros veinte barcos, reuniones por aquí y por allá… Y se lio la que se tenía que liar. Cañonazo va cañonazo viene sobre Verazcruz, los mexicanos defendiéndose como gato panza arriba, bajas por doquier…
 
Hasta que el presidente mexicano interino, Santa Anna, en un ataque de cordura, vio que lo mejor era llegar a un acuerdo con los franceses, pagarles y que se marcharan por donde vinieron. Y así, tal que hoy hace 178 años, se firmó un tratado de paz por el que México se comprometía a pagar los famosos 600.000 pesos exigidos. En cómodos plazos, eso sí. Y se puso fin a la Guerra de los Pasteles.
 
¿Tela o no?

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