Hoy, en ‘Citius, altius, fortius’: los héroes de la Antártida

Uno de esos personajes por los que siento especial predilección. Hasta Mecano le dedicó una canción. Bueno, a él y a sus compañeros de aventuras. Uno tras otro la palmaron, pero él lo hizo tal que hoy hace 105 años. Y más mala suerte no pudo tener Robert F. Scott, capitán de la Marina Real Británica.

Scott comandó una expedición británica a la Antártida que recibió por nombre Terra Nova. El objetivo era alcanzar el Polo Sur, recoger pruebas científicas, analizar el terreno, tomar algunas fotos, etcétera. Para eso había que recorrer 2.842 kilómetros de ida y vuelta, que ya son kilómetros. Ahora, poneos en su piel hace 105 años, con el material de la época: nada de ropa térmica, impermeables y cortavientos. Por delante, además de la distancia, se encontraron lo que cantaba Labordeta: polvo, niebla, viento y sol, salvo que aquello no era Aragón, sino la Antártida. Es decir: mucho polvo en forma de nieve y más viento. De niebla andaría las cosas tres cuartas de lo mismo y sol, lo que se dice sol, sí luciría y tal según los días, pero sin apenas sentirlo con la media de 40º bajo cero que se estila por aquellos lares. Los Monegros no llegan a tanto.

La expedición alcanzó el Polo Sur después de una concatenación de desastres: los tractores fallaron por culpa del frío, muchos de los animales de carga fallecieron, al igual que varios miembros de la expedición… De la que, además del capitán Scott, quedaron en pie Lawrence Oates, Edgar Evans y Edward A. Wilson. Y cuando llegó allí resulta que otro explorador —un noruego, Roald Amundsen— se adelantó en el propósito casi en un mes. Y eso dolió. Mucho. Y lo peor es que había que volver…

La vuelta debió de ser para verla. Tanto, que Scott llegó a anotar en su diario: “El viaje de regreso va a ser terriblemente agotador y monótono”. Para ahorraros desgracias y pasar un mal rato, contaré que tras 21 días caminando entre penalidades de todo tipo esos cuatro valientes alcanzaron el glaciar Beldmore. Entre la cantidad de nieve del lugar, el frío y la escasez de provisiones, fueron cayendo como moscas. Evans, en febrero, fue el primero por la infección provocada en un corte en la mano; Oates, el 17 de marzo -el día de su cumpleaños— por salir de la tienda. “Voy a salir, quizás me quede fuera un tiempo”. Nunca más se le volvió a ver; y Scott, hoy hace 105 años. “Perseveraremos hasta el final, pero cada vez nos encontramos más débiles, por supuesto, y el fin no puede estar lejos. Es una pena, pero no creo que pueda escribir más. Por el amor de Dios, cuidad de nuestra gente”, dejó escrito en su diario, que permaneció enterrado un siglo en el hielo. Se quedó a tan sólo 18 kilómetros del campamento base y su cuerpo fue encontrado meses después, en noviembre de 1912. Citius, altius, fortius.

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