Hoy, en ‘Una vida en diez líneas de Word’…

El protagonista de hoy se quedó a las puertas de la gloria. Vio cómo otro saboreaba esa miel que estaba reservada para él. Maledicencias, dijeron. Que no era el momento de abrirlas, vamos. Eso lo consiguió gracias a las mujeres, de las que supo sacar lo mejor. Y es que no pudo tener mejor escuela que su propia casa, donde aprendió todo lo necesario para lo que quería ser. De hecho, ya dio muestras de su dominio, de su don, incluso antes de dedicarse a lo que le daría fama e inmortalidad. Que fue cuando dio rienda suelta a su imaginación. Todo lo que pasaba por sus manos alcanzaba la gloria, el reconocimiento. También algún hombre a pesar de las maledicencias, del susurro que iba de boca en boca a su espalda. Lo que se la traía al pairo. Porque vivió mucho, y tuvo tiempo de dejar constancia de su arte casi hasta el final de su vida. Llegado ese momento, se le reconoció como lo que es: uno de los grandes de la gran máquina de crear sueños e ilusiones.

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