Hoy, en ‘Una vida en diez líneas de Word’…

Encontró lo que tantos soñaban con ver hecho realidad; aquello a lo que el eterno poeta cantó y lo que tanto dolor y sufrimiento le costó al héroe infatigable.

Y lo tuvo que hacer él, que no pasó de ser un comercial cualquiera. Cogió el dinero que había ganado -que tampoco fue demasiado. Una cantidad modesta-, aprovechó su don para dominar lenguas y se fue en pos de una quimera. Dejó de trabajar, conoció, leyó, se formó. Estaba convencido de estar forjando las llaves que le abrirían dos puertas: la de la ciudad mítica y también las de la eternidad. La primera la encontró y asimismo otras tantas perdidas y olvidadas. Y tan grande fue su fama que despertó en los demás el interés y hasta el ansia de saber, de conocimiento; de averiguar qué pasó con aquellos grandes pueblos y civilizaciones del pasado, con sus ciudades. Ése fue su legado. Junto a la ciudad que quitó el sueño al eterno héroe y a la que cantó el inmortal poeta.

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