Hoy, en ‘Una vida en diez líneas de Word’…

En sus ojos, el infinito azul y una pena muy grande en el corazón. Se fue porque no le quedaba más remedio, porque le asfixiaba el aire de una tierra que era suya, pero que le arrebataron quienes no podían verle ni en pintura. Fue como fue, y lo pagó. Seis mujeres le acompañaron en los primeros compases de la vida, ésos que marcan. Y vaya si le marcaron. De cómo era su espíritu valga como dato que cambió la piedad de Dios por los burdeles, donde se ganó la vida como pudo. No tardó en empaparse del arte y hacer de él la ocupación de su vida. Y lo bordaba. Los teatros donde actuaban se caían cuando se plantaba en el escenario. Pero vino lo peor. La oscuridad, el miedo, el dolor. Conoció en su carne el odio cainita de su tierra, y puso tierra entre ella y él. No tardaron en reconocer su arte al otro lado del Atlántico, donde aquella por la que tanto lloraron no quiso que se marchara jamás de su lado.

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