Hoy, en ‘Una vida en diez líneas de Word’…

Fue la luz. Una luz intensa y brillante, la que empapa el lugar que vio nacer al protagonista de hoy. Y fue allí, donde la luz se hace nombre, donde su vida dio un giro brutal. Todo lo anterior quedó anulado por la luz. Su viveza, intensidad, la de los azules eternos de la que se impregnaron sus ojos. Y esa luz fue la que le permitió que su nombre traspasara fronteras, que viajara de boca en boca por todos los rincones del mundo. Él era la luz, una luz que todos ansiaban conocer. Así, convirtió lo sencillo y cotidiano en universal. Además, trabó amistad con importantes hombres de su época, personajes con los que le unió algo más que el bosquejo del alma. Incluso hasta se permitió denunciar aquello que le molestaba, sin ambages. Sin embargo, cuando se habla de él, todo se reduce a la luz. Y si la infancia de Antonio Machado era un patio de Sevilla, la madurez del protagonista de hoy es el infinito azul y un suave rumor que todo lo calla.

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