Hoy, en ‘Una vida en diez líneas de Word’…

El hambre le pudo, y quiso escapar de él imitando a su padre para superarlo. Sin duda que lo logró. Más que eso: el padre no pasó de cierta fama, bastante limitada. A él el destino, a cambio de llevárselo antes de tiempo, le otorgó el don de la eternidad. Bien ganada, a pulso, durante los años que vivió. Un grande le dio el beneplácito para dedicarse a lo que más le gustaba, y lo glorificó como pocos. De él se dice que llegó a ser perfecto en un momento de esa pasión que lo devoraba y que le permitió codearse con lo mejor de su época. Hizo de la improvisación un arte y algo cotidiano parar el reloj siempre que se lo proponía. Quizá por eso, porque ya había conseguido todo lo que quería, quiso poner fin a una pasión que le tenía reservada una sorpresa fatal. Así lo quiso el destino. Una tarde, una ciudad y el morador de una isla. Las puertas de la eternidad quedaban abiertas para él.

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