Hoy, en ‘Una vida en diez líneas de Word’

La vida es así. Naces humilde, conoces gente y acabas intimando con reyes, que confían en ti con fe ciega.

Eso le pasó al protagonista de hoy, que saltó de un reino a otro detrás de su señor hasta darle el mayor poder que nunca pudo imaginar en sus manos. Pero ocurre lo de siempre, que cuando tocas poder, y si ese poder tiene que ver con el dinero, te llueven los insultos, las acusaciones, relucen las envidias… Y eso que el tipo, para ser sinceros, hizo cosas muy buenas. El ejército, sin ir más lejos, le tiene en alta estima, y también más de uno y de dos cierto día del año en particular. Se le podría reconocer por todo lo bueno que hizo, que fue mucho, pero pasó a la historia por un quilombo que le costó el puesto, eso sí, cargado de reconocimientos. Los enemigos de la modernidad, que vieron la oportunidad perfecta para quitárselo de en medio; al fin y al cabo, querían lo de siempre: que nada cambiase. Por cierto, seguro que se partió la caja a gusto desde la distancia cuando, pocos años más tarde, sus enemigos salieron del país por la puerta de atrás.

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