Hoy, en ‘Una vida en diez líneas de Word’

Un héroe en su país, y de los grandes. Posiblemente, uno de los más grandes. Conoció su medio a muy temprana edad y de él no se separó hasta su muerte. Le dio todo: fama, gloria, reconocimiento, una mujer… Y también algún que otro desperfecto en el cuerpo. Pero todo valía con tal de defender el pendón de su país, que paseó por allá y acullá. Luchó contra lo más granado de la época y en casi todas las ocasiones -alguna perdió. No era infalible- salió victorioso. Años y años acumulando fama, atesorando experiencia, sembrando el terror entre sus enemigos, que le temían y respetaban por igual, tuvieron su culmen en uno de esos momentos que la historia destaca con mayúsculas; lo mejor de lo mejor atizándose hasta en el cielo de la boca. Una de esas ocasiones que, por mucho que se describan y se narren, siguen sobrecogiendo. En ella quedó su cuerpo, que no su gloria. Ésa es eterna.

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